La colonización aymara

Posted on 03/07/2007

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La historia de la humanidad, según las teorías materialistas, es la historia de la relación dominante-dominado. Desde el nivel microeconómico hasta las relaciones internacionales, la dialéctica entre el más fuerte y el más débil resulta ser el motor de esa historia.

Es por ejemplo evidente que el proceso de colonización española a las indias, el dominio de la corona por trescientos y más años, la rebelión criolla y la consecuente creación de las repúblicas liberales solo pueden explicarse por esa relación de dominación y su posterior ruptura. A la distancia del tiempo, ni el más fanático defensor de la hipótesis del “encuentro de dos mundos” podrá negar que el motivo de estos sucesos fuera la dominación y la posterior rebelión del dominado para, a su vez, convertirse en el dominante.

Pero resulta mucho más difícil identificar estos procesos cuando son contemporáneos a su análisis. Por ello, lo que propongo acá es una simple hipótesis, que el transcurso del tiempo se encargará de verificar o descartar. ¿Estamos viviendo un proceso de colonización aymara al resto de las culturas bolivianas?

Los elementos de la forma más primitiva de dominación a niveles societales, la colonización, suelen ser los siguientes:

  1. La creencia de la sociedad colonizadora en una superioridad cultural o racial respecto de los que serán colonizados (justificación);
  2. La necesidad de expansión territorial a raíz de un agotamiento de los recursos o de un aislamiento geográfico (motivo);
  3. La mayor fortaleza bélica o influencia política (medios); y
  4. Un quiebre histórico que de la oportunidad de invertir el rol de dominado a dominante (oportunidad)

Mi objetivo aquí es demostrar que la nación aymara cuenta con estos cuatro elementos constitutivos del impulso colonizador.

Elemento 1: Justificación

La visión purista y radical del indianismo expresa sin trapujos su desprecio por las otras culturas: los descendientes de europeos (k’aras) son según ellos una sociedad putrefacta, profundamente corrupta, conspiradora y saqueadora, y los mestizos (mist’is) sus cómplices y encubridores; los pueblos indígenas del oriente son simplemente incivilizados (chunchus); y la nación quechua es respetada, es más se la considera un aliado en el sentido más utilitario de la palabra, pero con reparos pues esa cultura no habría sido capaz de recuperar su imperio de las manos de los dominadores.

Por supuesto, esta es la interpretación más irracional, y también minoritaria, de las cosas. Sin embargo, de manera mucho más sutil y elegante, los dirigentes políticos aymaras y más aún sus bases consideran que ha llegado el jach’a uru, el gran día, en el que los aymaras retomarán el liderazgo que consideran les corresponde.

Elemento 2: Motivo

El real motivo, a pesar de las apariencias, no es tanto la reivindicación de un pueblo oprimido y la rebelión contra el opresor, sino la evidencia de que las tierras de cultivo del altiplano se han agotado, las minas están expeliendo su último suspiro, no existen recursos energéticos o es muy caro explotarlos en la serranía… Dicho de otra manera, las tierras altas que han sido el dominio del aymara ya no ofrecen riquezas suficientes para mantener a una población creciente, y es necesario expandirse a tierras más fértiles, a los yacimientos minerales e hidrocarburíferos, en fin, ahí donde está la riqueza.

La evidencia de esta afirmación es abundante: La toma de tierras por los MST, la toma del parque Madidi y la TCO de los Lecos, o incluso el origen del Presidente en sus tiempos de campesino cocalero demuestran que la migración de los aymaras –por las buenas o por las malas- hacia tierras más fértiles es un fenómeno que viene produciéndose ya hace varios años.

Elemento 3: Medios

No siempre nos damos cuenta del significado que tiene la pervivencia de la cultura aymara a pesar de los sucesivos imperios que han intentado –sin éxito- absorber a la “raza de bronce”. Por sí solo, este fenómeno ya demuestra en gran medida la tenacidad y alta capacidad de resistencia de este pueblo. Pero a ello se suma una organización muy elaborada, consistente no solamente en la existencias de caciques –fenómeno que se presenta en casi todos los grupos originarios de las américas- sino en consejos de ancianos, sacerdotes, jueces, jefes militares, instituciones tradicionales, o en su caso recientemente creadas a título de “recuperación de la cultura ancestral”…

Uno de los elementos de esta organización es el ejército de los “ponchos rojos”, ciertamente mal armados y equipados, pero cuyas masas, tácticas de guerrilla y capacidad de desaparecer entre la multitud hacen que el resto sienta un genuino temor a lo que despectivamente llaman “la indiada”.

Pero más que su capacidad militar, la enorme influencia política conseguida en los últimos siete años, expresada tanto en el Presidente aymara como en la burguesía chola de La Paz, El Alto y Oruro, en su enorme capacidad de movilización y en sus redes de comunicación le dan una gran ventaja sobre las antiguas élites blancoides del occidente, desorganizadas e incapaces de movilizarse, y sobre las restantes etnias, incluso la mayoritaria, que prefieren aliarse con este nuevo poder como método de supervivencia.

Elemento 4: Oportunidad

Hasta diciembre del 2005, el fenómeno expansivo aymara era básicamente un movimiento subterráneo, discreto, en el que la cooptación de los espacios productivos y de poder se hacía bajo el manto de una supuesta pobreza general. Esto no es decir que no hay pobreza entre los aymaras, nada más alejado de la verdad, sino que existen élites aymaras muy pudientes que se camuflaron entre los pobres de su mismo origen. Esto cambió profundamente con el advenimiento al poder de Evo. No se trata pues del primer presidente indígena utilizado como símbolo de inclusión, como él pretende, sino de la toma del poder político de parte de la nación aymara.

Es cierto que las cabezas visibles del gobierno masista son, en su gran mayoría, k’aras. Sin embargo, las masas que sostienen al gobierno, la legitimación misma de su existencia, se basa en el soporte militante y comprometido de esa insurgencia de octubre 2003, fundamentalmente alteña. El “proceso de cambio” pregonado por el gobierno no es más, para la nación aymara, que el advenimiento del Pachakuti, así de mesiánico.

Ahora bien, si esta es la situación, ¿cuáles pueden ser las consecuencias? Como la historia no tiene deontología, no corresponde acá hacer juicio de valor alguno. El fenómeno no es bueno ni malo por sí mismo. Sin embargo es necesario advertir que estos puntos de inflexión histórica, el cambio de dominado a dominante no suelen suceder de manera pacífica y democrática. Suelen ser procesos traumáticos, pues el antiguo dominante desea mantener su poder tanto como el antiguo dominado desea obtenerlo. Lo que es más grave, la oportunidad de hacer una transición institucional y ordenada mediante la Asamblea Constituyente amenaza con fracasar rotundamente. No quiero ser alarmista, especialmente cuando hasta ahora hemos sabido aplazar el enfrentamiento abierto con soluciones políticas así sean solo temporales, pero las opciones se van acabando. No tengo nada contra un dominio ayamara, mosetén o menonita, pero sí valga la advertencia, ya reiterada, de que un cambio de los equilibrios de poder puede más fácilmente degenerar en dictadura o guerra civil que crear un Estado más incluyente y democrático.
 
Esteban
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