Zombis (Por Rosa Montero de El País para La Razón)

Posted on 31/01/2007

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Qué fácilmente te puedes buscar la ruina cuando eres joven e inculto e inmaduro; cuando estás lleno de frustraciones personales y eres demasiado cobarde para enfrentarlas; cuando eres débil y dócil y necesitas ser dirigido por una voz de mando. Pensaba yo en todo esto mientras leía las noticias sobre el asesinato de Dink, el periodista turco; y mientras veía las imágenes de ese descerebrado, Ogün Samast, que confesó haberle disparado: ´Leí que había dicho ‘Soy de Turquía pero la sangre turca está sucia’ y decidí matarlo´. He aquí la bicha del nacionalismo en todo su extremismo y su monstruosa estupidez. Y he aquí un adolescente de 17 años, casi un niño, que en un segundo de obediencia fatal segó la vida de una persona y mandó al garete su propia existencia.

Y hablo de obediencia porque, por mucho que Samast insista en que actuó solo, es evidente que no es más que el ejecutor, el zombi penoso de unos individuos mucho más inteligentes y malignos. ¿Quién le dio el arma a ese pobre necio? Y aun en el improbable caso de que no actuara compinchado con alguien, ¿quién cargó su pistola? Es decir, ¿quién llenó su precaria cabeza de basura y le volvió una fiera? Esos jueces turcos que condenaron a Dink, esos políticos y dirigentes que hacen del nacionalismo una excusa para aumentar su poder, son los culpables. Incluso los sistemas más perversamente ideologizados, como el nazismo, terminan siendo una añagaza utilizada por unos cuantos miserables para medrar. Y así, el inmenso horror del genocidio judío no se entiende del todo si no tenemos en cuenta que también sirvió para robar a las víctimas.

Los promotores en la sombra, no se manchan las manos ni se arruinan la vida. Utilizan a seres medio hechos (o medio deshechos), gente desarraigada e ignorante, débiles incapaces de vivir por sí solos y necesitados de alguien que les diga qué hacer. Como Samast, como los islamistas que se inmolan, como los jarrais dispuestos a ser etarras. Chicos jóvenes que se destruyen, mientras los promotores del infierno cabalgan en el miedo que azuzan. Una tragedia.

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