Estos carnavales… (c) Roxana Pinelo – La Prensa

Posted on 12/02/2007

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Entre un “niño” hiperactivo e irreverente, una coyuntura con la garganta seca de tanto parlotear y un regionalismo ancho y nada bonachón, el carnaval 2007 pasa por el callejón de la angustia hecho al desentendido, haciendo ojos ciegos y oídos sordos a tanta afrenta. Obstinado e intransigente alista trajes, ensaya música y coreografías nuevas, revive pepinos matasuegra en mano con los ch’utas y los “viudas” de compinches en La Paz y convoca piyos y yarituses en Santa Cruz. En el resto del país revive personajes, leyendas y tradiciones al compás de una identidad seductora que hace ojitos y “boca de trucha”, exquisita manera de coquetear, a quienes intentan adueñarse de ella, pero que a la hora de las definiciones soslaya, dejando con los “crespos hechos” hasta a los más lacios. Esta amorosa con el cuerpo exuberante, y rasgos indiscutibles de mezclas y juntucha, de complacencias y pasión, asume compromisos y asegura fidelidades que luego no cumple porque no tuvo, no tiene ni tendrá dueño. Alimenta fantasías e inspira bandos recordando a la bisabuela europea, a la madre originaria y a la nodriza mestiza que le dio el pecho sólo para hacerla crecer cada día más deseada y escurridiza. Hecha de brillos y corcova, de tradición, zaguán y alcoba, de banda, erke y tamborita, de socavón y alegoría, fueron brotando sus formas que año tras año pone al descubierto del brazo del carnaval entre “lo oscurito” y lo formal.

Por si fuera poco, el carnaval, eternamente calumniado, soportará excesos y desbordes, cargando en su haber estadísticas agobiantes de hechos de agua y de sangre, de colisiones y desencuentros, de nacimientos no deseados, de amplia varieté de tufos, de encontronazos, de zafarranchos y “peladas de cable”, que podrían ser traducidos como episodios de locura temporal, saturación y empachos, incluso gástricos que no ceden ni con litros de Arocarbol.

Para colmo de mascaradas, el 2007 estos carnavales quien inventaría tiene que lidiar con la intolerancia cultural que intransigente y paradora, y a nombre de una identidad propia y única, y por tanto frágil y predestinada a morir encerrada en sí misma, manda a la cola a comparsas de collas que antes bailaban alegres en el carnaval cruceño, por decisión de cuatro almas que no representan el sentir de un pueblo. En un retroceso y desconocimiento de las diferencias que se envalentonaron al calor de estereotipos y prejuicios que hoy desfilan sin que sea aún carnaval, a vista y paciencia de una democracia pálida de susto.

Pero ni así se desanima la fiesta. Probablemente porque nació con una cualidad especial que permite cambiar etiquetas y personalidades durante cuatro días logrando que se disfrace de pepino, malcriado y atrevido, quien nunca dio nota de su persona, que se tire por la ventana de la vida al recato y la prudencia, que se dé rienda suelta a la vitalidad y efervescencia con ritmo propio, que se cambie la mueca por la máscara, la tristeza por la algarabía, la languidez por la pasión, ojalá nunca hecha alevosía.

¿Expresión o experiencia? ¿Canal o “rienda suelta”? ¿Más bien mágico y valedero derecho a disfrutar en libertad? ¡Que el Carnaval sea siempre su exponente máximo! Y que los excesos se los cargue en cuenta propia y no a su costa, cantando en la “previa”: “Estos carnavales, quién inventaría” en vez de reventarse el pecho al compás del tarde piace. No hay que ser tan “este” che.

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