TRAS EL DERRUMBE DE LA MESURA – Cecilia Salazar de la Torre

Posted on 21/02/2007

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Basada en la negación de los principios democráticos, la consigna de la mayoría absoluta y el “no” a las autonomías, condujeron a una aventura estrepitosa e irresponsable, a la que los grupos populistas del MAS han conducido al movimiento indígena, haciendo que refloten los sentimientos atávicos de la colonización, y que el proceso de transformación se descomponga a través de la violencia regresiva.

¿Qué perdió el MAS con ello? A mi juicio, su potencialidad hegemónica que, de haberla manejado con tino político, hubiera dado lugar a una transformación basada en la universalización de los  valores indígenas por vía del convencimiento, dejando claro que, ciertamente, esta puede ser una nación con identidad. Pero los sectores aventureros y populistas del MAS basaron su accionar en la espontaneidad de la masa detrás de la cual, sin embargo, guarda celoso verticalismo el mando que hoy habita en la plaza Murillo. Por eso, la culpa de la derrota no la tienen los indígenas, sino la dirección política del MAS y, entre medio, su cúpula intelectual. Dos fracasos vislumbro en este sentido. Primero, la imaginación fantasmal de esta cúpula que confundió hegemonía con autoritarismo, poniendo el ojo en la continuidad de la gestión presidencial, a toda costa, y que hoy está puesta en entredicho irremediablemente ante una derecha en la que han encontrado cobijo los principios democráticos y, a partir de ello, ha logrado legitimarse. Segundo, la separación “catastrófica” de la economía respecto a la política y el uso unilateral de ésta, lo que atestigua una fervorosa adhesión idealista en este grupo cupular, mientras se acalla a sus sectores progresistas y se invisibilizan los interesantes logros conseguidos por éstos en la economía, base material de la voluntad general.

Sin embargo, como diría Negri: “tras el derrumbe de la mesura, sólo puede sobrevenir la pasión de la creación”. En honor a ello, si Evo Morales está decidido a ser el mejor presidente de nuestra historia, como es su aspiración, necesita saber qué es lo que quiere hacer con el país y, en especial, con sus sectores desposeídos. Y si esta aspiración tiene un halo socialista, su primera tarea consiste en estar advertido de que su liderazgo  si bien tiene que estar comprometido con el presente, debe hacerlo sobre todo con el mañana, plantando la huella por la que la nación encamine su futuro. Por eso, de la segunda cosa que debe estar advertido es que populismo no conjuga con socialismo, a no ser para la impostura.

Dicho así, un programa socialista no observa otra ruta de transformación que no sea la organización de la sociedad a través del trabajo. Lo planteo no sólo como un recurso de reproducción material, sino también cultural, en tanto no cabe la menor duda que la mayor riqueza que nos legaran nuestros antepasados es  su organización laboral y, como consecuencia de ello, su traducción en una monumental manifestación simbólica que aún atesoramos. Pero eso debe hacerse pensando que este es el tiempo del siglo XXI, considerando los cambios fundamentales de la economía mundial, la tecnología y la cultura universal, que han transformado al indígena en un sujeto de legítimas aspiraciones modernas, incluida la individualidad.

Si esto es así, el gobierno tiene la obligación de convertir a la sociedad indígena en una sociedad de trabajadores, modernos y creativos, dándoles la oportunidad de socializarse no en el ensimismamiento racial, sino en las interacciones económicas constructivas, materiales y simbólicas y, por esa ruta, transformarlos también en portadores de la cultura nacional, como les corresponde. En ese ciclo, importa transformar las contradicciones en un recurso virtuoso, sobre el que puede diseñarse la anhelada redistribución, lo cual implica, a su vez, fomentar todo emprendimiento productivo honesto, formal o informal, y más aún si es de gran envergadura y con proyección en el mercado externo.

Ese hecho supone, a su vez, reconstruir el sentido de la cultura nacional. Y para ello, qué mejor que la educación, hasta ahora motivada por apasionamientos pre-políticos, sin darle norte al país e instrumentalizando negativamente las figuras más elevadas de la educación boliviana, Elizardo Pérez y Avelino Siñani, que le dieron a la nación uno de los frutos más extraordinarios de lo que en la Escuela-Ayllu de Warisata se llamó “la ley del esfuerzo”, valor inexcusable en un país pobre como Bolivia. Cultura nacional y ley del esfuerzo debieran converger en la formación de niños y jóvenes para transformar moralmente a la sociedad a través del ejercicio de la voluntad.  Sin negar el papel que cumplen en la actualidad, habrá que verse si eso se logrará tan sólo distribuyendo computadores, abandonándose la cultura del libro. Habrá que verse si el bilingüismo, especialmente en el campo de la escritura, es un recurso para ello, o si son suficientes improvisados programas de alfabetización – o de deletreo, como diría alguien- que no resuelven el problema fundamental de la educación. En otros ámbitos, debiera inculcarse en los funcionarios públicos y privados la cultura nacional a través de la afición por el libro. Debieran crearse bibliotecas en cada lugar de trabajo, y ceder a los trabajadores un tiempo diario y obligatorio para la lectura. Al mismo tiempo, las instituciones debieran elegir a sus más esforzados trabajadores, y rendirles homenaje nacional cada primero de mayo. Las brigadas juveniles del MAS debieran estar preparadas para socorrer a los damnificados por desastres, mientras los universitarios apunten a cultivar relaciones productivas con la sociedad. En las interacciones de género, la cultura del trabajo debería promover el reconocimiento objetivo a las labores domésticas, en un grado tal que nadie considere que son denigrantes porque no son pagadas. Debiera tenderse a que los intelectuales hagan trabajo manual y que los trabajadores manuales hagan trabajo intelectual, con el objetivo de igualar a la sociedad de manera constructiva. En las comunidades, el centro de la cultura del trabajo debiera ser la escuela y premiar a las que muestran mayor voluntad y esfuerzo de sus pobladores. Debieran formarse coros de niños trabajadores, centros teatrales en los barrios y en los pueblos. Toda construcción pública debería tener un sello artístico de gran envergadura, de modo que el trabajo estético también sea reconocido a través del salario y, por ese camino, enriquecer subjetivamente a la sociedad.

Aparte de ese breve recuento hay más, mucho más que hacer para darle cohesión al país. Para ello el presidente Morales debiera considerarse el primer trabajador de la nación, y observar en su imagen la de hombres y mujeres cuyas aspiraciones no pasan por estar tirando piedras y recibiendo otras, ni estar corriendo de un lado a otro, huyendo de la muerte, sin poderse llevar un pan a la boca, menos a sus hijos, o estar abandonado a la suerte de un tiempo inclemente, o al autoritarismo del caciquismo sindical que rememora las peores y más venales épocas del MNR. El presidente Morales debiera saber que el límite del sacrificio indígena es su propio gobierno y que por lo tanto pedirle mayor sufrimiento a la sociedad agraria es éticamente inaceptable. Que hacia delante sólo le queda ser un líder con grandeza o ser condenado por un pueblo que, a pesar de todo, tiene una extraordinaria capacidad para prevalecer, porque día a día le rinde tributo al esfuerzo, por encima de los arrebatos de los aventureros que, además de intentar arrastrarnos a la demencia colectiva, están envileciendo a la democracia de los de abajo.  
 
¡Gracias Pepe Zelada por el artículo, y gracias Cecilia Salazar por permitirme usarlo!
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