Semblanza del clasemediero paceño

Posted on 13/03/2007

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El oligarca. Tiene todo a su favor. Su fortuna se calcula con números de siete o incluso ocho cifras. Es el dueño de una de las pocas empresas grandes que hay en Bolivia, pero muy rara vez es su fundador: o la heredó o la compró. A los costaditos tiene, simplemente a modo de diversión, varias aventurillas empresariales, de las que ha quebrado ya a varias. Pero para él el dinero no lo es todo. También son importantes el apellido, la reputación y el poder. Es miembro del Club de Tenis, del Club de Golf, del Hípico y del Club de Caza y Pesca. Los paparazzi locales lo persiguen como en Europa persiguen a la monarquía o en California persiguen a las actrices. No pertenece a ningún partido político, los partidos políticos le pertenecen a él. ¿Qué lo hace clasemediero entonces? Nada, solo que él mismo se autodenomina de clase media porque se ve feo declararse jaila.

El nuevo rico. Su padre tenía un negocito. Su abuelo llegó del campo – o de algún país europeo muy pobre en la época – sin un duro en el bolsillo. Él hizo fortuna aprovechando todo vacío legal o institucional con que se haya topado. Su sentido de la ética es “si todo el mundo lo hace”: en efecto, su fortuna suele ser mal habida, cometiendo desde pequeños pecaditos hasta francos delitos. Tiene mucho y lo demuestra de todas las formas que sean posibles. El problema es que tendrá la fortuna, pero no tiene el gusto. Su casa tiene columnas doradas, maneja una vagoneta transformer, su esposa es más fabricada que Cher, tiene réplicas en yeso de la Pietá y del David aunque no tiene idea de quién fue Miguel Ángel, tiene un piano de cola con una estatuilla de Beetoven pero escucha Reggaetón. Y definitivamente, nunca, pero nunca será aceptado entre los oligarcas.

El choloburgués. Su fortuna se hizo también con un sentido laxo del cumplimiento de las normas. No es del todo ilegal, pero tampoco es del todo legal. Suele ser comerciante o transportista, o ambos. Esto de ilegal no tiene nada. Pero para optimizar sus ganancias recurre con mucha facilidad al incumplimiento de reglas que él considera de menor importancia. La gran diferencia con el nuevo rico es que hace todo por disimular su fortuna. Su casa no tiene fachada, sus muebles son de lo más barato que se puede conseguir. Eso sí, cuando se trata del Gran Poder, casi siempre lo eligen preste y gasta miles y miles de dólares en la fiesta. El choloburgués no cree en el sistema. Todo lo hizo fuera de él y le ha dado frutos. No ahorra en el banco, le presta a sus amigos (con altos intereses, claro). No paga tributos al Estado, los paga a los dirigentes de su gremio. No tiene más registro que su carnet de identidad: el bajo perfil es su modus vivendi. Y cuando requiere de los servicios del Estado, invariablemente se pone en la posición de la víctima. Es más, es el primero en renegar contra la falta de gobierno, cuando es precisamente eso lo que le ha permitido ser exitoso.

El cosmopolita. Este ha estudiado demasiado. Conoce más países que el Canciller. Tiene diplomas como para llenar un cuarto, pero está tan especializado que no sabe hacer absolutamente nada más. Conoce qué es ser pobre en París, morir de hambre en Praga y dormir en la estación del metro en Nueva York, y consecuentemente su realidad está en esas ciudades. No le queda otra, por tanto, que vivir de consultor. En efecto, su vida es una feroz competencia con sus similares, donde el ganador se hace de un contrato de veinte mil dólares mensuales con el Banco Mundial y el perdedor vive todo el año intercalando contratitos de tres meses con cinco meses de buscar el siguiente contratito. Al contrario absoluto de los anteriores, su gran virtud es su saber vivir: tiene muy buen gusto, una enorme cultura general, es abonado de la sinfónica y de la cinemateca, sabe que donde mejor se come es en los “huequitos” de Sopocachi. Su gran defecto, sin embargo, es que no sabe dónde está Chijini, nunca ha viajado en camión a los Yungas ni sabe cuánto cuesta el kilo de hueso blanco.

El hincha. Este es el paceño por excelencia. Casi siempre es funcionario público. Si no lo es, es porque se quedó sin trabajo en el último cambio de gobierno. Tiene una rutina inviolable: el viernes de soltero, el sábado de deportes para curar el ch’aki, invariablemente seguido de cervezas y choripán, el domingo almorzar en la quinta, también con mucha cerveza, y directo al Estadio. Es fanático de su equipo, sea Bolívar o The Strongest, de cuyos posters, banderas y demás parafernalia decora su living. Llora con las películas de Pedro Infante, se emborracha escuchando mariachis y se ríe a mandíbula batiente con Cantinflas, pero a penas y sabe dónde queda México: lo más lejos que ha ido en su vida es a Arica, a pesar de que odia visceralmente a los chilenos. Claro que su sueño es vivir en Virginia, donde su prima la Pocha se fue hace años. Esta vida suele causarle el divorcio o en su defecto la cuasi inexistencia de su relación con su esposa. Pero no crean que es porque es malo, en realidad él es la víctima: su esposa deja chiquitita a Doña Florinda (también parte esencial de su cultura). Ella suele andar todo el día en bata, con ruleros y la cara con crema de palta, es autoritaria, malhumorada, odia el sexo, desprecia a su marido y pone a sus hijos en su contra, hijos que son mimados, contestones, bulliciosos y malcriados. Visto desde este ángulo, la rutina del fin de semana se entiende, de otro modo los días de descanso para él serían el peor castigo posible.

El sobreviviente. Se da modos para ganar algo de plata. Siempre apenas para comprar algo de comer. Le debe a la tendera, al dueño del boliche, al banco, al amigo que le prestó para pagar al banco, al dueño de casa, al colegio de los chicos, al dueño del minibús que maneja… Está tan endeudado que cuando se muera le van a rematar el cajón. Y no aprende. Se compra al crédito cualquier porquería que le vayan a ofrecer al laburo, siempre cae en la trampa de los que venden enciclopedias, y cuando al fin logra un margencito de dinero para él, va corriendo a chupárselo. Pero se niega tozudamente a admitir su pobreza. Para él, solo es un clasemediero con mala suerte.
Esteban
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