Llegar a las manos

Posted on 24/08/2007

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Hace algún tiempo, mi madre me contó – medio en broma medio en serio – su teoría de porqué los bolivianos éramos (insisto, éramos) tan pacíficos. Según ella, la sal de mesa consumida por todos acá, procedente del Salar de Uyuni, contenía altos niveles de litio, mineral que se usa como tranquilizante para los esquizofrénicos.

Aparentemente, con el cambio de siglo, las empresas que recogen y empacan la sal de mesa han adoptado métodos para separar el litio del cloruro de sodio, pues de un tiempo a esta parte hemos aprendido a ser mucho, pero muchísimo más violentos.

Lo que pasó el miércoles 22 en el congreso, si bien no es el primer ni el último pugilato que se vaya a dar en ese escenario, ha sido más violento que nunca, o al menos no recuerdo haber visto una pelea campal tan espectacular – y, debo admitir avergonzado, tan divertida – en  el hemiciclo. Pero esa es solamente una muestra.

Las marchas y medidas de protesta, que solían tener como límite a su violencia alguno que otro carajazo y eventualmente doña Vilma Plata dándole de cucharonazos a los policías, han pasado en algunos casos a enfrentamientos francos y abiertos, llegando a veces a los muertos y heridos. Y no estoy hablando solamente de víctimas de la represión, que también las ha habido, sino de bandos contrarios de civiles que se agarran a puñetes, a pedradas, a dinamitazos o incluso a bala.

Igual de preocupante es el tema de la delincuencia. Bolivia solía ser un país tranquilo, en el que la delincuencia si bien era campante se trataba más de hurtos e ingresos a casas vacías. Hoy te acogotan por un celular, te golpean hasta la invalidez por un par de zapatos, te drogan y abandonan en un barrio perdido por un aro y una cadenita… Debo admitir, por primera vez en mi vida, siento miedo de salir de noche.

Y encima, la respuesta del público es la Ley de Linch. No es broma, en persona he escuchado escandalizado a un oficial de policía decir que al final esa era la mejor solución.

¿A que viene todo este lamento? Bueno, en las teorías más elementales de derecho público, se le asignan tres misiones elementales al Estado: proteger al ciudadano de la naturaleza, protegerlo de los demás ciudadanos y protegerlo del propio Estado. Si no va a cumplir ninguna de las tres, como es el caso boliviano, mejor que desaparezca. ¡Oh! Y ahora… ¿quién podrá defendernos?

 Esteban

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