XXV

Posted on 10/10/2007

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El 10 de octubre de 1982, tomaban juramento como Presidente Constitucional de la República a don Hernán Siles Suazo. Como yo tenía entonces siete años (seis en realidad, cumpliría siete unos pocos días después), lo que a algunos les parece que fuera ayer a mi me parece una eternidad.

Tengo muy pocos recuerdos, casi ninguno de hecho, de lo que había pasado antes, salvo que vivíamos en Boston desde 1980 porque García Meza había cerrado las universidades y mis padres se quedaron sin trabajo. Y que cuando el golpe de Natusch teníamos que dormir bajo las camas y poner los colchones en las ventanas, aunque este es un recuerdo de esos que uno tiene de cuando es muy chico, una mezcla de realidad, sueño, mito y testimonios de los “grandes”.

En otras palabras, soy uno de los “hijos de la democracia”, a pesar de haber nacido en pleno gobierno de Banzer. Ciertamente, los primeros recuerdos claros que tengo (a diferencia de los borrosos que antes mencionaba) son de las largas caminatas desde el Franco hasta mi casa por algún paro de transportes, de la hiperinflación que se sentía también en la cafetería del colegio (Con $b. 10.000 comprabas una hamburguesa un día y al día siguiente solo media docena de hostias), o el haber reclamado, airada e inocentemente, a mi profesor de gimnasia el porqué exigía comprar el short del colegio cuando la crisis económica nos tenía fregados a todos (esa misma tarde mi mamá secándome las lágrimas me explicó que tampoco estábamos tan mal como para no poder comprar un short).

Y que se jodan los pesimistas, la verdad que estamos mucho, pero mucho mejor que entonces. Entonces uno de los grandes placeres de viajar a Cochabamba a casa de mi abuelita era poder tomar leche de verdad, porque en La Paz sólo había esa asquerosidad reconstituida que vendía la empresa estatal. El pan, cuando había, teníamos que untarlo con margarina, lo cual hoy es una de las cosas que más odio. Hoy existe gran variedad de oferta en los lácteos, de gran calidad, y eso repercute también en mucho mayores ingresos para los productores (un saludo a Abraham Borda, a propósito).

Mencionaba que a veces –más que eso, frecuentemente- debía caminar de mi colegio a casa. Hoy tenemos una sobreoferta de transporte, aunque probablemente con el sistema más ineficiente del mundo, pero ciertamente el más eficaz. No hay barrio en La Paz al que no llegue al menos una línea de minibús. El problema es que todos confluyen al mismo kilómetro cuadrado del centro paceño.

También la tecnología ha jugado un rol enorme. Recuerdo que sólo habían dos canales cuando yo era chico, el estatal y el universitario, ambos aburridísimos y que vivían de programas viejos donados por la TransTel. Hoy tengo en casa más de 90 canales, y contrariamente a lo que debería decir cualquier intelectual que se respete, creo que no todos son tan malos. Pero sobre todo, hay una enorme variedad de canales nacionales, desde los más halagüeños del gobierno hasta los más críticos, formadores de opinión en todos los medios escritos y audiovisuales, el Internet llega a lugares insospechados, un tercio de la población total tiene celular, lo que equivale más o menos a cuatro quintas partes de los adultos… A pesar de algunas limitaciones por los altos costos, los bolivianos hoy vivimos plenamente en la sociedad de la información, que probablemente sea lo más democrático de la democracia.

No debiera sorprender que un indio sea Presidente, que un terrorista/guerrillero (usted escoja el término que prefiera) sea Vicepresidente, que la derecha conservadora sea oposición. Creo que es natural, y muy saludable. Veinticinco años en democracia nos han enseñado a perder el miedo a los poderosos, y también a los revolucionarios. Que el poder no necesariamente se reproduce a perpetuidad, pero sobre todo que no tenemos porqué aguantarle huevadas a nadie.

Hemos avanzado mucho, sí, pero aún queda muchísimo por hacer. Creo que el mayor desafío hoy, a 25 años de ese 10 de octubre de 1982, es conquistar el Estado de Derecho. Democracia tenemos, pero si estamos bajo el yugo del poder circunstancial no sirve de mucho. Establecer una institucionalidad que cubra los vacíos de poder hoy llenados por sindicatos, fraternidades y clubes deportivos es hoy un deber ineludible. Por eso creímos en la Constituyente. Por eso lloramos su agonía.

Pero como dije antes, que se jodan los pesimistas. Hasta ahora, así, con la dialéctica del materialismo histórico expresándose en todo y por todo, y no solo en la lucha de burgueses vs. proletariado (que no hay propiamente ninguna de esas dos en Bolivia), con el constante tensionamiento del Estado, con la manifestación nuestra de cada día, es bueno mirar en retrospectiva cuánto hemos logrado.

 
Esteban
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