La difícil tarea de ponerle nombre a un auto

Posted on 03/01/2008

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En general, los europeos no se hacen mucho drama a la hora de bautizar sus nuevos modelos de autos. Una serie de números y letras que hacen referencia a la categoría (o segmento del mercado al que se dirige), la cilindrada del motor y la plataforma base serán suficientes en la mayoría de los casos. A veces, además del código, los fabricantes le ponen un apodo adicional, sobre todo a los deportivos. Usan nombres de animales salvajes o referencias a la idea de victoria o de conquista. Más excepcionalmente, usan algún nombre mitológico o incluso el nombre de alguna persona (como el inovidable Enzo Ferrari).

Los autos americanos, en cambio, muy rara vez usan un sistema de códigos. Es más, como se estructuran las empresas americanas (que son grandes consorcios que manejan varias marcas), la distinción del segmento de mercado objetivo se realiza más por la marca. Por ejemplo, del consorcio Ford, un comprador de pocos ingresos comprará un Ford (propiamente dicho), uno más acomodado un Mercury y uno al que la vida realmente lo ha tratado bien comprará un Lincoln, sin darse cuenta que los tres están comprando esencialmente el mismo auto con diferente nombre y diferente nivel de equipamiento. Ahí los encargados del marketing deberán bautizar no a uno sino a tres nuevos modelos con nombres distintos. Usarán nombres de animales salvajes o caballos (nunca mascotas), alguna referencia a lo que hace el vehículo (Explorer, Navigator) o, en alguna rara ocasión, algo más extraño como alguna palabra en latín o griego, o incluso como veremos a continuación referencias astronómicas. A veces hubo metidas de pata, como el famoso Chevrolet Nova (en consonancia con otros modelos “astrales”, como el Vega) que en América latina se convirtió en Chevrolet “no va”, debido a la reputación de mala calidad de esa marca.

Pero los que no solo siguieron, sino exacerbaron hasta lo ridículo esta tendencia a ponerle nombres que no siempre hacen mucho sentido fueron los japoneses. El auto más vendido del mundo, por ejemplo, tiene un nombre que muy pocos entienden. Corolla es, en latín, la aureola o corona de luz que se pone sobre la cabeza de los santos y los ángeles. El nombre tiene su historia, pues este modelo se concibió originalmente como una versión más modesta y pequeña del Corona (o Crown en el mercado japonés), que era un auto ejecutivo y cuyo nombre por tanto tenía mucho sentido. Como en la cultura japonesa no hay ni santos ni cosa parecida, aparentemente los marketeros de Toyota supusieron que ese aro dorado que salía en estatuas y cuadros era una corona pequeñita (que en realidad vendría a ser una tiara). Muy lógico.

También los japoneses tuvieron metidas de pata, algunas groseras. Fue el caso del 4×4 estrella de Mitsubishi, ganador del rally de Dakar, cuyo nombre en español era tan grosero que tuvieron que cambiarlo exclusivamente para el mercado latinoamericano: de Pajero a Montero. Ninguno de los dos significa nada en ningún idioma, salvo el significado groncho del primer nombre por supuesto.

Otras anécdotas simpáticas (y lecciones de marketing) son las que derivan de visiones muy distintas del mundo. Como muchos se imaginan, los autos japoneses, sobre todo los pequeñitos que son su especialidad, tienen frecuentemente nombres inspirados en mascotas o montruitos tiernos tipo Pokémon. Para el comprador japonés, tiene mucho sentido comparar un auto que se llame Sunny o Starlet o cualquier otro nombre de mascota. Sin embargo, para el comprador americano, para quien el auto es símbolo de libertad y de independencia, o para el comprador latinoamericano masculino, cuyo auto debe ser tan “macho” como él. Por suerte, el comprador latinoamericano la mayor parte de las veces tampoco entiende el nombre.

Finalmente, hay muchísimos casos en que los autos japoneses tienen nombres que no tienen ningún sentido. Los nombres se ponen porque suenen a algo, no porque lo signifiquen. Impreza sugiere la idea de emprendimiento, esfuerzo. Terios sugiere la idea de algún ser mítico griego. X-Trail sugiere la idea de un sendero desconocido que hay que explorar.
En cualquier caso, y a manera de diversión, recomiendo a cualquiera que tenga unos minutos de ocio (en el minibús por ejemplo) fijarse en la parte trasera de los autos y tratar de resolver el misterio de los nombres con que se bautizan los autos. Es una excelente manera de pasar el tiempo perdido en le transporte público.
Esteban
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