Travesía del Colca

Posted on 06/02/2008

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I’m back! Saludos de nuevo a todos. Después de una demasiado corta vacación (uno siempre acaba deseando más) he regresado a La Paz, a la oficina y al ajetreo. En todo caso, he vuelto con las pilas cargadas después de una semana de arena, sol y mar, y de un viaje de ida absolutamente espectacular que justamente quiero compartir con ustedes.

En efecto, por tercer año consecutivo me fui a las playas de Camaná, a comer como cerdo, tomar litros de cerveza con los amigos arequipeños y a respirar ese tan sano aire salado, pero a diferencia de los otros años hice con mi familia un desvío de dos días por el fabuloso cañón del Colca. Es ese desvío que les quiero contar, a ver si alguno se anima a hacer el viaje, ¡vale la pena!

Día 1. Salimos de La Paz en la mañana, no demasiado temprano para no tener que esperar en Desaguadero a que abran la frontera. Después de haber tenido alguna dificultad para salir de El Alto, pues la carretera a Laja está cortada para la construcción de un puente y es necesario salir por Río Seco y seguir unas calles de tierra bastante maltrechas para encaminarse hacia el lugar de la fundación de La Paz, llegamos a la zona del lago Titikaka bastante rápido. Luego de mostrar nuestras identificaciones en el puesto militar de Guaqui, hacer el trámite de migración y el permiso de circulación del carro, volver a mostrar nuestra identificación en el lado peruano de Desaguadero y de nuevo en Zepita, bordeamos el lago mayor pasando por Juli (donde fallamos en tomar la vía de evitamiento), Puno (donde de nuevo fallamos en tomar la vía de evitamiento, y encima acabé en la misma esquina donde me multaron hace dos años, por suerte esta vez en el sentido correcto de la vía) y Juliaca (que junto con El Alto y Oruro es una de las ciudades más horribles que conozco). La carretera hasta aquí variaba entre regular y mala, sobre todo entre Puno y Juliaca donde es necesario tener una gran habilidad para esquivar baches. En Juliaca sí tomamos correctamente el evitamiento, en este caso la Av. Circunvalación, porque llevé una foto satelital de Juliaca para que me sirva de mapa, y esto porque las dos anteriores veces que pasamos por ahí acabamos en pleno mercado. Una vez dirigidos hacia Arequipa, la mejora de la carretera fue realmente notoria. Seguimos por este camino hasta una pequeña población llamada Tambo Cañaguas, pasando por el hermoso parque nacional de Salinas – Aguada Blanca. Si bien esta vez las vicuñas estaban más tímidas que de costumbre – no sería su hora de pastar, supongo – sí vimos un grupo de pariguanas o flamencos rosados en una orilla del lago Lagunilla (que no entiendo porqué se llama así, si es nomás grandecito).

En Pampa Cañaguas salimos de la carretera a Arequipa y doblamos por un camino alterno que va hacia Cuzco. Me sorprendió que este camino esté asfaltado – según mi mapa vial era camino afirmado – aunque de manera bastante rudimentaria. Este camino asfaltado nos llevaría hasta Chivay, puerta de entrada al Colca, pasando por una cumbre ubicada a 4860 msnm. El descenso a Chivay tiene una serie de miradores que permiten ver de arriba el valle del Colca, de un verde brillante por las centenares de charcas apretadas por todo el valle, y las antiguas terrazas agrícolas construidas por los incas hace seiscientos años y que siguen en uso hoy en día.

Chivay es un pueblo mucho más grande de lo que pensaba, de unos cuarenta mil habitantes, y dedicado por entero al turismo. En cada cuadra había un hostal e incluso hay dos hoteles de tamaño completo, así que encontrar alojamiento para la noche no fue ningún problema. Yo hubiese querido quedarme en un hostal instalado en una casa de piedra que debe tener al menos ciento cincuenta años, pero era un poco muy rústico para estar ahí con los chicos, así que nos decidimos por uno un poco más equipado. Eso sí, como en todo pueblo dedicado a atender turistas, la comida era bastante cara. Pagamos cerca de sesenta Soles por una pizza (unos ciento cincuenta Bolivianos). Era un típico bolichito para mochileros, con muy buena música, poca luz y mesas de madera lavada, en el que mis hijos se divirtieron mucho viendo las traducciones al inglés del menú – el Spaghetti Alfredo era “Spaghetti Alfred”, el spaghetti con picante era “Spaghetti Peppery” y una taza de mate de coca con pisco se llamaba “Happy Condor”

Día 2. Salimos de Chivay a las siete de la mañana (hora peruana) con rumbo a Cabanaconde, que es el corazón del Colca. El camino aún era asfaltado hasta una localidad que se llama Lari, y continuaba de tierra muy bien afirmada – salvo un pequeño escollo que relato más adelante. Seguimos descendiendo por el margen izquierdo del río Colca, pasando por una serie de pueblitos muy bonitos, cada uno con su iglesia barroco-mestiza. Algunos de los habitantes andaban – para los turistas nomás supongo – con unos muy coloridos trajes bordados con miles de flores y pájaros, y una señora incluso posaba con un halcón al lado.

Llegando al poblado de Tambopampa encontramos un par de autos parados al borde del camino. Cuando nos acercamos, pudimos entender el motivo: El riachuelo que cruza el camino había crecido la noche anterior y había formado un profundo charco, calculo yo de poco menos de un metro de profundidad, que cubría todo el ancho del camino por unos seis metros. Al frente, un minibús Toyota había quedado encallado completamente. Mientras intentaba calcular la profundidad del charco, un bus más grande y potente cruzó, sin mucha dificultad, por lo que pude ver que, tomado de buena manera, no tendría problema yo en cruzar. Me subí a mi Forester, metí primera, jalé la caja reductora, y crucé. El agua que se levantaba (elemental principio de Arquímedes) llegó en algún momento a cubrir el capó, pero el auto pasó de maravillas y sin emitir un solo quejido. Después se preguntan porqué soy tan fanático de los Subaru. Al frente, un turista que estaba solo con su guía sacó varias fotos de la cruzada. Más adelante me los volví a encontrar, y quise pedirle al gringo que me enviara las fotos a mi mail. Sin embargo, mi timidez pudo más, y nunca me animé a acercarme a pedírselas. Me sigo lamentando por ello.

Luego de unos kilómetros, nos encontramos algo que yo encuentro vergonzoso. Había una tranca donde los comunarios de la zona cobraban a todos los que pasaran por ahí 35 Soles por persona por el solo hecho de pasear. Como buenos latinos largados de la mano de Dios, negociamos para que nos dejaran pasar como nacionales peruanos, que era la mitad del precio, a lo que finalmente accedieron. Insisto, una vergüenza cobrar a la gente sólo por pasar por un lugar bonito. No es la mejor manera de estimular el turismo.

Un poco más adelante, desviamos hacia el mirador de la Cruz del Cóndor, donde había una cantidad considerable de turistas. El lugar es hermoso y está muy bien acondicionado, con todos los servicios. Si iban a cobrar a los turistas, debería haber sido aquí. Los senderos pedestres están rodeados de cactus y arbustos, y sobre estos había toda clase de aves, incluyendo aguiluchos. Pero supuestamente, lo de Cruz del Cóndor debe su nombre a la presencia del rey de los Andes. De eso, minga. Sólo había un montón de turistas decepcionados. Los cóndores no estaban con ánimos de posar para las fotos ese día. Al menos no en ese lugar.

Habiendo ya estirado las piernas y visto el impresionante cañón (el río Colca estaba a unos dos mil metros bajo nosotros, la cumbre del cerro del frente se alzaba a dos mil trescientos metros por encima nuestro: ¡más de cuatro kilómetros de profundidad en ese punto!), retomamos el camino, esta vez para alejarnos del Colca y ascender hasta Huambo, al otro lado de la montaña.

Pasando Cabanaconde, el camino se convierte en trocha. Al no ser ya turístico, hay muy poca circulación (en las siguientes cuatro horas sólo vimos un total de cinco carros, todos camiones). Y sin embargo, al menos el ascenso, fue lo más lleno de sorpresas y vistas formidables. Los cóndores, que no querían mostrarse a los turistas, estaban ahí. De hecho, parece que le dimos curiosidad a uno, al que lo habíamos filmado en vuelo circular: cuando dimos la vuelta a una curva, el mismo protagonista de la filmación pasó justo delante de nosostros, a menos de ocho metros de distancia. No hubo tiempo de reaccionar, para cuando sacamos la cámara ya había desaparecido tras una loma.

Otros bichos menos majestuosos pero no por ello menos interesantes que nos encontramos en este tramo fueron unos loros cabeza roja (dos, en vuelo por nuestro lado) y una lagartija bastante grande color khaki, y decenas de gorrioncillos y otros pájaros pequeños que pasaban constantemente la lado del auto o delante de él, como haciéndonos carreras.

Una vez pasado Huambo, comenzamos nuestro descenso hacia el desierto surperuano. De nuevo, paisajes hermosos y cambios constantes de pisos ecológicos – unos nueve hasta Majes. Sin embargo, acá la cosa se puso más pesada. El camino sinuoso y difícil se hacía muy cansado para los chicos, e incluso mi esposa en un momento se puso a cambiar constantemente de posición en el asiento. Esta parte de viaje sólo se la recomiendo a los más aventureros, pues si bien presenta solamente dificultad media a los conductores pasar casi cuatro horas por la “calamina” puede ser demasiado.

Finalmente, y cuando comenzaba a preguntarme si no debía “doblar a la derecha en Albuquerque” como diría Bugs Bunny, vimos a lo lejos la mancha verde en el desierto que es el oasis artificial de Majes. Aliviado, porque además en el desierto los caminos son rectos por kilómetros y kilómetros, apreté un poco más fuerte el acelerador, dejando una larga estela de polvo detrás de mí. Al llegar a la carretera Panamericana Sur, sentimos un alivio en las nalgas que no me avergüenzo de admitir. Como se debe, paramos en una de las yogurterías de Majes a aprovisionarnos para los últimos treinta minutos de viaje. Ya faltaba muy poco para Camaná, sus mariscos y sus playas.

De hecho, el último “¡Oooooh!” de la travesía fue el característico de la curva que enfila hacia Camaná. Entre las enormes dunas de arena, se abre la vista hacia el Océano Pacífico. La vista, pero también el sonido de las olas rompiéndose y el olor tan característico a mar, fueron una recarga automática de pilas para mis hijos. Y una apertura de apetito que nos llevó como primer destino a la cevichería de la Plaza de Armas de Camaná a comernos yo Parihuela, Ignacio una Chaufa de Mariscos, Nicolás un Chicharrón de Camarón y Bea un Chicharrón de Pulpo. ¡Exquisito!

No los voy a aburrir contándoles lo que hicimos en Camaná, eso se parece más a las vacaciones de la gente normal, aunque sí les diré que me divertí muchísimo y pude descansar como se debe, tanto que ya estoy con ganas de regresar.

Una notita adicional: adjuntaré las fotos cuando termine de descargarlas, así que por favor ténganme paciencia.

Esteban

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