“Que sea la última vez…” (c) Ilya Fortún – La Razón

Posted on 21/02/2008

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Pese a que paso gran parte del día trabajando en mi casa, mis oficios también me obligan a moverme de un lado a otro con cierta regularidad. Para ello, no me queda otra que agarrar el auto un par de veces al día y salir manejando. Transito todos los barrios de la ciudad, desde los más ricos hasta los más humildes, y cada vez que estoy frente al volante me mortifico mirando y pensando en la manera en que se maneja en nuestro país. Perdón. Sería más correcto decir la manera en que todos manejamos, pues no quisiera darles la falsa impresión de que este humilde servidor es la excepción que respeta rigurosamente las reglas de tránsito en al caos generalizado de las calles paceñas. Primer problema: resulta prácticamente imposible hacer un esfuerzo serio para conducir correctamente en un contexto selvático en el que prima la ley del más fuerte y del más atrevido. Al margen de ser una opción poco eficiente, parecería ser que uno tiende a adaptarse, imitando la conducta del resto (¿o será más bien que el resto de los conductores lo imitan a uno?).
Alguna gente me dice que la conducta choferil en otras ciudades del país es diez veces peor que la de los paceños, y francamente, es algo que de veras me cuesta imaginar.
Como en muchos otros quehaceres de la vida nacional, acá cada quien maneja como mejor le conviene, sin importarle las consecuencias personales o colectivas. La gama de infractores es amplia y puede variar desde el adolescente aparentemente experto en el arte de la conducción a velocidades supersónicas, que está convencido de que la vía pública es su circuito privado de carreras, hasta el mozalbete chofer de minibús que, con siete días de experiencia al volante, siente el mundo a sus pies (y a sus pasajeros incluidos, por supuesto). Hay pecadores para todo gusto.
La confluencia de irregularidades es la mezcla cabal para una ´tormenta perfecta´: la mayoría no sabe manejar bien y punto; la otra mayoría, aún con buenas intenciones, desconoce la normativa del Código de Tránsito, las calles carecen de señalización adecuada, los vehículos (también ridículamente conocidos como ´movilidades´) no cumplen las mínimas condiciones técnicas de circulación, y la Policía… bueno… pobrecillos, absolutamente rebasados por las circunstancias, para ponerlo de una manera elegante.
No puedo dejar de pensar, y allí radica mi tormento, en que el tráfico, y la observancia a sus reglas, reflejan de alguna manera la actitud y la forma de pensar de una colectividad. Ojo: no quisiera caer en la típica y antipática reflexión que diría que esto es nomás reflejo de nuestro grado de subdesarrollo, de nuestra falta de civilización y de una renuencia a la modernidad. Esa es la clásica explicación despectiva y ´desde arriba´, que no explica nada.
Me inclino más bien a tratar de entender la cosa por el lado de un explosivo crecimiento del parque automotor (léase chutos, transformes, siniestrados, etc.), la feroz, y quién sabe necesaria, atomización del transporte público y la permisividad de un Estado débil frente a una sociedad civil fuerte. Hacemos lo que parece convenirnos más (ignorando que en un relativo orden todos ganaríamos), forzando al máximo los límites de la legalidad. Y, claro, la debilidad institucional de la Policía no ayuda en nada.
En tiempos de rediseño del poder estatal en todos sus niveles, haríamos bien en encarar una reforma radical de la institución policial, que resuelva éste y otros temas impostergables. Ya es hora de que el ´varita´ de la esquina nos siente la mano de una vez por todas.
 
Ilya Fortún
 
Comparto tu preocupación, Ilya, como seguramente lo harán todos los que lean tu columna. Porque además, como tú mismo tan grácilmente lo esquivaste, todo conductor cree que los que manejan mal son los demás.
Dejame sugerir algunas políticas que podrían ayudar a solucionar –o al menos mejorar- la situación. En primer lugar, el problema tiene que ver con la importación indiscriminada de basura rodante. En lugar de una renovación constante del parque automotor, que sería lo sano, tenemos un crecimiento exponencial de la importación de viejas hojalatas que son una bomba de tiempo. Acá los importadores legales no tienen ninguna oportunidad de competir y viven casi exclusivamente de venderle autos a organismos oficiales que se hallan prohibidos de comprar coches de segunda mano. Es vital revisar por completo la política aduanera en esta materia, reducir significativamente los costos para quienes traen vehículos nuevos y poner normas mucho más estrictas a la importación de carros usados.
Segundo, las tres grandes conurbaciones de Bolivia deben tener, de una vez por todas, sistemas de transporte masivo, no importa realmente mucho si privados o estatales. Una ciudad (compuesta de varios municipios, aunque no lo creas) de un millón y medio de habitantes ya no puede trasladarse en minibús, es un absurdo completo. Hay nomás que pensar en trenes, buses articulados, u otra forma de transporte masivo. Y eso implica plata. Mucha plata.
Además, ya es más que tiempo de que la policía de tránsito dependa de las alcaldías. El argumento de la unidad de mando no se lo cree nadie. Aquí la única unidad que se está defendiendo es la de los pingües ingresos que significa la venta de licencias, rosetas de inspección y multas por infracciones, sin hablas de los otros ingresos “extraordinarios”.
Finalmente, hay nomás que enseñar a la gente desde niño que el respeto a los demás es requisito esencial de la convivencia. La forma de manejar de los bolivianos en efecto no es más que reflejo de su forma de pensar. No se trata acá de ser despectivo, pero tampoco de ser inocente. La gente maneja así porque las actitudes irresponsables, irrespetuosas de las normas de convivencia e incluso a veces criminales no son  entendidas como tales para su perpetrador. Todos se creen que tienen todos los derechos y ninguna de las obligaciones. Por eso también el infractor suele pelear con el “varita” cuando oye el famoso pitazo.
Todo esto en un país con una tan profunda crisis política suena a utopía. Y sin embargo, son soluciones relativamente sencillas, con las que existe muchísima experiencia de otros países, y que solamente necesitan un poco de voluntad y de consecuencia de parte de los políticos. Oposición siempre va a haber, así que ¿a qué le tenemos miedo?
 
Esteban
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