Quito

Posted on 17/06/2008

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Con ganas de más. Así me quedé después de tres días en la hermosa ciudad de Quito, uno y medio de los cuales lo pasé encerrado en el hotel donde se desarrollaba el evento para el que fui.

El lunes 26 en la tarde, sin embargo, todo confluyó para poder hacer un gran paseo. Solo quince minutos de haber llegado al hotel, esto es, incluyendo check-in, acomodarse en las habitaciones y refrescarse un poco tras los dos saltos relativamente cortos en avión (LPB-LIM-UIO), ya estábamos listos para ir a buscar algo de comer y luego dar un pequeño paseo, que al final no fue tan pequeño. Salimos mi tío, que casualmente estaba también invitado al evento (por otra institución, no se crean que acá hay nepotismo), Jorge (que recién lo conocí ahí a pesar de tener a su hijo como compañero del mío en el bicicross – y que casualmente se llama lo mismo) y yo, en busca de un restaurant del que se acordaba Rolando (mi tío) quedaba más o menos cerca del hotel.

Ese restaurant resultó ser mucho más de lo que esperaba. Su nombre es Las Redes, y está sobre la Av. Río Amazonas, unos pocos metros más abajo de la Mariscal Foch, si alguien va por ahí. Con decirles el nombre del plato les digo todo: La Gran Mariscada. Solo hizo falta pedir una de estas para los tres. Bueno, eso, y dos botellas de vino blanco, lastimosamente chileno (supongo que o no hay vino ecuatoriano o no es bueno). Absolutamente delicioso. Nos pusieron baberos a los tres, y nos dieron como cubiertos un pinza y un tenedor. Como se presentó el plato, ¡creo que deberían habernos dado una cuchara! Los mariscos estaban, por supuesto, fresquitos, los cangrejos carnosos, los camarones deliciosos… Un verdadero manjar, tanto que me sentí culpable por comer semejante platazo de mariscos sin estar mi mujer presente, casi como si la estuviera traicionando (¿será cierto eso que dicen que los mariscos son un placer casi sexual?)

Semejante atracón requería una caminata para la digestión, así que esa fue la excusa para ir caminando hasta el centro histórico. Problema de agenda: yo tenía previsto aprovechar el viaje para visitar a mis amigos de la Empresa de Desarrollo de Quito el lunes en la tarde, pero salimos un poco tarde del almuerzo y yo aún no sabía dónde quedaban sus oficinas. Tenía la dirección, claro, pero cuando uno no conoce una ciudad no siempre es evidente encontrar la dirección que le han dado.

Finalmente, y como no tenía una cita fijada, decidí quedarme con el grupo y buscar con ellos la dirección mientras paseábamos, en lugar de largarme en un taxi y arriesgarme a quedar sin soga ni cabra.

Quito es una ciudad realmente muy caminable. Sus aceras anchas, su seguridad (bastante alta para una ciudad latinoamericana), sus muchas tiendas y la casi total ausencia de vendedores callejeros la hacen sumamente agradable, y aunque caminamos esa tarde más de tres horas, realmente no se sintió.

El parque del Ejido es la puerta del centro histórico. No solo es una enorme área verde, no solamente tiene al ingreso un arco de piedra de estilo neoclásico, sino que la gente realmente convive ahí, como debe ser en un parque. Hay chicos en bicicletas, novios tomando helados, en fin, lo más cliché que se les ocurra, pero además otra actividad muy interesante: el Volley Quiteño. Las reglas son casi las mismas del volleyball clásico, pero se juega en equipos de tres (siempre son varones), la red se cuelga mucho más alto que lo normal y, lo más importante, corren apuestas, a veces muy fuertes, entre los curiosos del público. Realmente el juego define el carácter de muchísimas ciudades latinas.

Pasado el parque, tomamos la Av. Guayaquil hasta el pie de la magnífica Basílica del Voto Nacional. Con un estilo gótico (sin el “neo” por delante), uno se pregunta qué demonios hace semejante estructura en Sudamérica. Muy cerca de ahí, encontramos las oficinas de la EMDUQ, lastimosamente cerradas (la administración pública trabaja en horario continuo hasta las cuatro de la tarde, como me enteré en ese momento). No obstante el desencuentro, ve podido apreciar en el paseo muchas de las maravillas que hizo la empresa. Una de ellas fue la galería del Palacio Arzobispal, en plena Plaza de la Independencia, con sus terrazas internas y sus cafés/pinacoteca.

También me sorprendió mucho la enormidad y belleza de la Biblioteca Municipal, instalada en el antiguo convento de los Jesuitas, al lado de la iglesia de la Compañía de Jesús, cuya fachada, aunque menos elaborada que la de Arequipa, ciertamente atrapa. Hay que reconocer que los ecuatorianos están haciendo muchos esfuerzos por incrementar la cultura de su gente.

De ahí nos dirigimos hacia la calle Morales, más conocida como “la Ronda”, pidiendo direcciones a los quiteños que fueron más que amables al darnos indicaciones. Llegamos pues a este callejón peatonal, en cierta medida parecido a nuestra calle Jaén, pero cuyas fachadas están todas pintadas de blanco. La que debía ser una calle muy activa estaba casi desierta, lo que nos sorprendió mucho, pero más nos sorprendió la explicación que nos dio la dueña de una tienda de artesanías ubicada en el lugar: no era porque fuera lunes, como yo había asumido, sino porque el movimiento de las tiendas, cafés y demás negocios en esa calle empieza a las seis de la tarde y hasta entrada la noche.

Luego de ello, y ya solito, me fui a dar una vuelta obligatoria por el mercado artesanal, que casualmente queda en el camino de regreso al hotel. Siendo un país caro comparado con Bolivia (¡qué país no lo es!), en Ecuador las artesanías son realmente baratas. Lástima que el 90% de estas artesanías son idénticas que las bolivianas y las peruanas. No me pregunten quién copió a quién.

El resto del viaje no se los cuento, pues si bien a mí me pareció muy interesante, aunque algo superficial, el evento al que fui, seguro a ustedes les va a aburrir de sobremanera.

Solo un apunte final. De regreso en La Paz, el sistema (manual y a ojímetro) de verificación de migraciones y de la aduana me parecieron una verdadera vergüenza y me recordaron lo atrasados que estamos en algunas cosas, incluso respecto a países tan similares al nuestro.

 Esteban

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