El Gran Hermano – (c) Salvador Romero Pittari

Posted on 02/10/2008

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El papel de Gran Hermano resulta en el plano personal odioso, o quizá sería mejor decir chinchoso, para emplear una expresión de gusto más femenino, ahora poco corriente, que mezclaba con el término los sentimientos de antipatía, de fastidio, de rechazo de la conducta del aludido, en el caso, con pretensión de ejercer de Gran Hermano. Pero se vuelve francamente peligroso cuando se busca desempeñarlo en el plano social, como recuerdan algunas importantes obras de la literatura contemporánea.

El Gran Hermano, creado por G. Orwell en la novela 1984, es la cabeza del Partido que nadie conoce personalmente pero que cuyo retrato se encuentra en las plazas y parques con la leyenda: “El Gran Hermano los está viendo”. Ella basta para inspirar un temor y un acatamiento servil en la población hacia las imposiciones del poder, salvo en el héroe inclinado por honestidad a combatir, sin esperanza, el totalitarismo del ambiente.

De la misma laya fue otra de sus creaciones, el cerdo Napoleón de Rebelión en la granja, un personaje de fábula y a la vez humano, conductor de una revuelta de animales contra un amo torpe, abusivo y violento para otorgar a todas las bestias de la chacra iguales derechos por su trabajo. Todo marchó bien al principio hasta que Napoleón y sus seguidores se fueron haciendo de todo el poder, con sus consiguientes granjerías y privilegios que pronto lo convirtieron en un hermano mayor, es decir un tirano con menos escrúpulos y miramientos que el antiguo dueño. El resto de los animales pagó muy caro su ingenuidad y buena voluntad, conquistado por la hábil propaganda y la visión amañada de la historia que hacía aparecer siempre a Napoleón como el héroe en la lucha contra los humanos; acabaron todos tragando los embustes. Cambió las leyes a su gusto y voluntad para prolongar su reino. Las víctimas, entre el asombro y el miedo, se entregaron sumisas a las nuevas reglas, con algún ocasional devaneo de resistencia de poca efectividad para liberarse del opresor. El castigo eventualmente llegará, pero ya muchos animales de la granja no estarán más.

El paso de la ficción a la realidad a menudo es más trágico y cruel, como recuerdan los totalitarismos del siglo recientemente pasado, que todos quisiéramos superados para siempre.

¿Cómo no sentir inquietud frente al Capítulo VI de la segunda parte de la Constitución Política del Estado, aprobada por la Asamblea Constituyente, donde se estatuye la participación y el control social, en particular con el artículo 242 que faculta a “La sociedad civil organizada el control social en todos los niveles del Estado, y en las empresas e instituciones públicas y privadas que administren recursos fiscales y bienes públicos”? No sólo es ambiguo sino que plantea problemas serios para su ejecución que además pueden conllevar riesgos para la estabilidad institucional del país y para las personas.

La sociedad civil es un concepto de raigambre marxista, se empleó para definir el espacio donde se manifiestan los intereses privados, particulares, como opuesto a la esfera pública donde predominaría la hegemonía de la clase gobernante, justificada por la ideología del bien común. Por supuesto aquellos intereses pueden expresarse en partidos, sindicatos, distintos tipos de asociaciones, a fin de penetrar en los centros de toma de decisiones que afectan a la sociedad en su conjunto.

¿Cuáles son las organizaciones llamadas en la provisión a ejercitar el control social? ¿Qué requisitos deberán tener y quién decidirá de ellos? Espontáneamente, algunos pensarán en los llamados movimientos sociales. Pero los hay de muchos tipos, con reivindicaciones distintas, y orientaciones ideológicas de signos contrarios. Tal vez se pretenda que sólo se refiere a aquellas agrupaciones que van en el sentido de la historia, aunque nadie sabe cuál es ese sentido. Tal vez se refiera a organizaciones populares de base, pero ellas no son las únicas que conforman la sociedad civil. ¿Se podría imaginar un control social conformado por los Ponchos Rojos y la Unión Juvenil Cruceñista, o por la asociación de comerciantes ambulantes y la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia? Una interpretación no sesgada del texto referido no excluiría tales empalmes.

También surgen dudas acerca de las modalidades de cómo se tomarán las decisiones allí. Se puede concebir un sistema democrático donde todas las agrupaciones convocadas cuentan por igual en el momento de las definiciones o, al contrario, otorgar cuotas distintas de participación a cada una de ellas en función de su capacidad de movilización social o de su membresía. Sin olvidar que nos gustaría conocer qué tipo de acciones llevará adelante para cumplir con sus objetivos. O será una institución no institucionalizada, en ebullición y volcanismo permanente, sin norma ni regla.

Las distintas incógnitas que acompañan a la institución por crearse provocan en los ciudadanos aprehensiones no lejanas a las que sentimos frente a la aparición de los que buscan arrogarse el papel de Gran Hermano, que ya son muchos, encargado de vigilar tanto la marcha de las organizaciones como de las personas particulares.

Se trata del establecimiento de una entidad de control social cuyos componentes no serán elegidos por los ciudadanos, mediante voto democrático, sino por la voluntad de quienes detenten el poder, que podrá, siguiendo su libre arbitrio, decidir quiénes lo compondrán. Así, en la futura democracia mandarán además de los designados por el voto mayoritario, unos vigilantes no elegidos por los ciudadanos con facultades de poder cambiar las acciones que tomen los legítimamente elegidos.

Cómo no tener cuidado con esos potenciales árbitros de la política nacional y de la vida social. Ellos no pueden considerarse como una innovación más en medio del torrente de novedades de diferente valor e interés que trae la nueva Constitución. Aceptarlos significa desposeer a la sociedad civil y al ciudadano de derechos que legítimamente les pertenecen. El Gran Hermano tiene rostro benévolo e intenciones inquietantes.

*Salvador Romero P.

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