La crisis del sistema judicial y la justificación del linchamiento

Posted on 23/11/2008

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Con extrema preocupación vi en las noticias de esta semana la horrible tortura y linchamiento a que fueron sometidos un grupo de ladrones en Achacachi, capital de los Omasuyos y centro de operaciones de los paramilitares “Ponchos Rojos”.

Estos mismos amigos que se atribuyeron la competencia de vigilar que no se suelte a Leopoldo Fernandez, que degollaron perros para mostrar su “valentía” a los cruceños y demás actos de intimidación y camorrerismo, son quienes sirven de ejemplo de lo mal que anda este pobre país.

De acuerdo, el linchamiento no es patrimonio exclusivo de los achacacheños, más bien resulta una práctica lastimosamente cotidiana a lo largo y ancho del país. Si bien la policía ha logrado en los últimos tiempos con mucha frecuencia detener a tiempo estos actos de barbarie y ha tenido que “rescatar” a los presuntos delincuentes –que en muchos casos no eran más que jovenzuelos que tuvieron la mala suerte de pasar por un lugar equivocado a la hora equivocada – la intención de quitar la vida de la manera más dolorosa posible sigue presente entre las clases populares de casi todo el territorio.

La vida ya no vale nada, como ya lo dije hace meses. El ladrón te mata por un celular, al ladrón lo matan por una garrafa.

Ahora, por otro lado, no se puede tapar el sol con un dedo. Es absolutamente cierto que el sistema de justicia no está respondiendo a las expectativas del pueblo. Las causas son muchas, y no se pueden simplificar, como se hace corrientemente, señalando que la corrupción y la politiquería tienen la culpa de todo. Simplemente no es cierto.

La corrupción sí está incrustada en el Poder Judicial, mucho más en el Ministerio Público, y mejor ni entrar a hablar de la Policía. Existen muchos y muy preocupantes ejemplos de fallos, incluso de las cortes más altas, que fueron en absoluta y franca contravención a las normas, a la jurisprudencia e incluso al sentido común. Pero eso no lo explica todo.

En efecto, la percepción de corrupción se exacerba cuando el usuario de este servicio resulta perdidoso, como nos gusta decir a los del gremio, pues los bolivianos somos tan orgullosos que nunca admitimos que no habíamos tenido la razón. Si el lado contrario me ha ganado en un proceso, seguro que es porque ha pagado al juez, y nunca es porque tenía mejores pruebas o argumentos que yo.

A eso se agrega la aparición, cuyas causas no conozco, de una cada vez mayor sed de venganza. La justicia no debiera, según la cultura popular, redimir al culpable, reinsertarlo en la sociedad, sino castigarlo, lo más severamente posible, por el daño causado. Este sentimiento primigenio, si bien siempre ha estado presente, había estado controlado hasta los tiempos del Dr. René Blattman, en el primer gobierno de Goni. Fue sin embargo la derecha dura (ADN) que utilizó el proyecto humanista-humanizante del Dr. Blattman como arma de campaña contra su rival MNR, al punto que su candidato el 2002 ofreció la pena de muerte como uno de los pilares centrales de su propuesta. Fue, pues, la derecha que tanto critican los masocos la que desató al demonio del revanchismo.

Ante esa sed de venganza, las penas previstas pro el código, las medidas sustitutivas, las garantías procesales, o incluso el propio derecho a la defensa resultan cuestionados, de la manera más irresponsable, por los medios, los dirigentes sociales y, mucho más grave aún, en los últimos tres años, por el propio gobierno.

Cierto es que se debe reformar – profundamente – el sistema judicial. Eso no lo voy a discutir. Pero si lo poco que se avanzó en institucionalizarlo, en despolitizarlo y en implantar una verdadera carrera judicial, va a ser defenestrado por nuestro propio gobierno, si el Ministerio Público va a volver a convertirse en policía política como lo fue en los 70, si a la Policía se le va a dar golpecitos en el hombro cada vez que haga alguna barbaridad, todo el discurso de reforma judicial es puro cuento, y la incorporación de la etérea, arbitraria, indefinible “justicia comunitaria” ciertamente no contribuye en nada a la solución del problema.
Esteban
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