La vara con la que medimos a los héroes

Posted on 08/10/2009

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Que el Che es un mito, ya nadie lo niega. El epítome del héroe, del justiciero, del luchador por la justicia y la liberación, para comunistas y no comunistas por igual. Su imagen se ha vuelto una mercancía, su diario de campaña un manual para aprendices de revolucionarios.

¿Pero qué diferencia al señor Ernesto Guevara del resto de los insurgentes del mundo? ¿Dónde está el límite entre guerrillero revolucionario y terrorista? ¿Qué hace que midamos a las personas y a sus hechos con varas diferentes? En realidad, nada de esto depende de la persona en cuestión. Todo depende de las circunstancias históricas, el momento en el que adquirió relevancia el candidato a leyenda, y sobre todo, la propaganda que a uno le hagan, sobre todo después de su muerte. La trascendencia es, lamentablemente, producto de la interpretación de la historia que dan los que quedan.

En 1967, Estados Unidos y sobre todo el ejército boliviano les regalaron un mártir a los izquierdistas latinoamericanos. El Che no gozaba en ese momento del apoyo ni de Cuba, ni mucho menos del Partido Comunista. Se había lanzado a la aventura casi por iniciativa propia. Pero cuando fue ejecutado por el capitán Prado, Fidel Castro y todos los izquierdistas vieron de inmediato una inmejorable oportunidad de propagandizar, adoctrinar, crear una bandera que hasta hoy flamea.

No puede decirse lo mismo de tantos otros hombres y mujeres que murieron en defensa de una causa, sea cual sea, justa o no. En la mayoría de los casos, con la lección aprendida hace 42 años, los autores de la muerte tuvieron el cuidado de impedir que se conviertan en mártires. Fíjense que desde 1967 no ha habido más mártires de este enorme calibre. Algunos se recuerdan sólo en su país. Otros simplemente no tienen ya nombre. La mayoría, simple y sencillamente, ha pasado a los anales policiales, como simples criminales. ¡Qué injusta es la historia!

Esteban

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