Cota Cota, 9 de noviembre de 1989

Posted on 09/11/2009

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La noche del 9 de noviembre, hace 20 años, un impresionable e ingenuo muchacho de catorce recién cumplidos, que ya empezaba a tomar interés en los vaivenes de la política, sentado como casi todas las noches con sus padres y hermanos alrededor del televisor, sorbiendo té y a lo mejor disfrutando un trozo de chocolate, no podía creer lo que anunciaba un joven y barbudo Carlos Mesa: El muro que dividía en dos al mundo había caído.

La cosa, como muy raras veces ocurre, pero sí ocurre, fue espontánea. Nadie dio la orden. Nadie arengó a las masas eufóricas. Nadie se atribuyó la victoria de la libertad sobre la imposición totalitaria de los viejos comunistas. Simplemente sucedió lo que tenía que suceder, lo que se estaba preparando muchos meses atrás, y que nadie creyó realmente que sucedería hasta que lo hizo.

El joven impresionable se quedó pasmado ante la imagen de miles de jóvenes, algunos tan jóvenes como él, en una algarabía de destrucción constructiva. El simbolismo contenido en el derribe de la pared de concreto era demasiado fuerte. Ese día, las respuestas dogmáticas a las preguntas existenciales que se hace cualquier adolescente dejaron de tener sentido. Para ese joven, al igual que todos los jóvenes de su generación en el mundo occidental, ese día el paradigma fue destruido. Nos tomaría los siguientes diez años –los furiosos 90– construir paradigmas nuevos.

Hoy, veinte años después de las imágenes para siempre grabadas en la memoria, el joven impresionable, el mismo que hoy escribe estas líneas, se pregunta si estaremos hoy construyendo nuevos muros, si no estaremos de nuevo equivocándonos de paradigmas, si ya nos habremos olvidado lo que pasó durante los treinta años que el muro de Berlín estuvo de pie.

Esteban

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