La credibilidad en la democracia formal

Posted on 30/11/2009

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Para el Estado como entelequia, la representación simbólica de la realidad es lo que la hace real. Lo palpable, lo visible, lo oloroso, lo sabroso y lo audible carecen de sentido si no se ha registrado su textura, forma, olor, sabor o sonido en alguno de los cientos de registros. Por ello, no tendría que sorprendernos que, ante algunas contradicciones, exactamente 400.672, entre registros manejados por un mismo organismo estatal, éste cuestione la existencia de estas personas.

Es más, en ningún momento el Órgano Electoral Plurinacional, del que ya se habrán dado cuenta estoy hablando, ha pretendido que esas más de cuatrocientas mil personas no existan. Sólo advirtió que existían contradicciones y las cuatrocientas mil deberían ir a aclararlas.

Sin embargo, lo que es cierto para el Estado, también lo es, aunque en relativa menor medida, para las personas naturales. En efecto, también nosotros, los seres humanos de carne y hueso, dependemos cada vez más de la representación simbólica de la realidad y cada vez menos de nuestros cinco sentidos para percibir el mundo alrededor nuestro.

El problema es que, idealmente, para el Estado la representación simbólica es prueba absoluta e irrefutable de la realidad, mientras que para los humanos toda representación simbólica es susceptible de duda.

Esto lo están aprovechando, no sé si bien o mal, las dos facciones políticas en conflicto, como medida de prevención ante cualquier sorpresa desagradable que pudiera ocurrir en las elecciones del próximo domingo. Ambas partes gritan ¡fraude!, tratando de llevarse el agua a su molino, para cuestionar en un caso un resultado más pobre del esperado, o en el caso inverso una mayor diferencia entre el ya cantado víctor y el pobre segundo de lo que proyectó.

Tanto es así, que ayer recibí un correo, de esos que se envían en cadena, que denunciaba un “genocidio político”, vaya uno a saber lo que eso significa, además de una total falta de respeto para los pueblos que sí sufrieron en carne propia semejante crimen. Todo con tal de poner en cuestión la credibilidad de una institución que por lo demás hasta ahora ha demostrado relativa idoneidad, aunque se extraña a los notables Huáscar Cajías, Iván Guzmán de Rojas y demás.

Para poner dos ejemplos de lo que sucede cunado se pone en duda la credbilidad del organismo encargado de llevar adelante las elecciones, basta ver lo que sucedió ayer en dos países latinoamericanos. En Uruguay, a pesar de haber ganado el frente oficialista, no hay mayores dudas sobre la victoria de Pepe Mujica; inversamente, en Honduras, tras todo lo ocurrido en los últimos meses, vaya uno a saber si el señor Lobo ganó realmente esas elecciones con una alta concurrencia de los electores, o si en realidad se trata de un enorme fraude y una gran parte de los hondureños siguió la consigna del depuesto Zelaya de abstenerse de ir a votar. Supongo que nunca lo sabremos con certeza.

Espero sinceramente que el OEP les vuelva a dar en el ojo a ambas partes, como lo hizo al terminar el registro biométrico en el plazo señalado y con 23% más de registros que el padrón manual, y vuelva a darnos la confianza necesaria en el proceso electoral de este domingo. Lo contrario podría volver a avivar el fuego del enfrentamiento, que había quedado en relativa calma desde octubre del año pasado.

 

Esteban

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