Avatar

Posted on 17/02/2010

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Cuando uno sale de la sala de cine tras ver, más aún en tres dimensiones, la nueva película de James Cameron, siente una satisfacción que no siempre se produce ante otras películas, esa satisfacción de no haber desperdiciado uno su dinero. En efecto, es un filme que vale la pena ver, bien realizada, visualmente hermosa, con una historia coherente y un ritmo frenético y hasta agotador.

Sin embargo, Avatar peca de la misma extrema ingenuidad que, en general, afecta a los bien intencionados gringos de las ONGs ecolo-indigenistas. En efecto, el hecho de tratarse de una película de ciencia-ficción en realidad es una simple excusa, como suele ser con el género cuando está bien hecho, para hablar de temas políticos peliagudos sin arriesgarse a señalar con el dedo a personas concretas. En este entendido, el mayor logro de Cameron es que los extremadamente generosos efectos visuales son instrumentales a la historia, y no al revés como ocurre demasiado frecuentemente. Esta no es pues, en realidad una historia de ciencia ficción, es una historia real, repetida muchas, demasiadas veces en la historia de la humanidad.

La maldita costumbre de los pueblos dizqué “civilizados” de someter, por la diplomacia o por la fuerza, su voluntad sobre los “salvajes” habitantes de una tierra recién descubierta es, como en la película, una realidad demasiado conocida como para que un espectador con dos dedos de frente se de cuenta que esta película no tiene nada que ver con alienígenas ni con naves espaciales.

Si eso es así, ¿porqué Cameron no cuenta la historia completa? Acá está el pecado de la ingenuidad y el excesivo uso de clichés que empobrecen la historia. Los “bons sauvages” del planeta Pandora tienen una vida perfecta y feliz, en absoluta armonía y comunicación con la naturaleza, mientras que los corruptos y perversos conquistadores destruyen todo a su paso sin la más mínima consideración moral; no obstante, el salvador del planeta es uno de los propios invasores, y en este caso un pequeño grupo de sus amigos, a quienes de repente les da un ataque de moralidad. En la vida real, esa es exactamente la visión de todas las bienintencionadas ONGs ecologistas, que ven como santos a todos los “salvajes”, lo cual de por sí ya es discriminatorio, y como diablos a todos los milicos, científicos y empresarios ambiciosos que quieren acaparar para sí las riquezas de ese pueblo, pero son ellos – los funcionarios europeos o americanos de estas organizaciones de buena voluntad – quienes han de salvar el mundo. Funciona nomás bien como libreto para una historia infantil de casi tres horas de duración, pero no realmente como mensaje serio de denuncia.

Lastimosamente, la vida real es mucho más compleja. La visión dualista (buenos contra malos) de los puritanos norteamericanos los vuelve a hacer caer en la trampa, y no sorprende que Cameron, verdadero especialista en las historias donde las corporaciones corruptas y los humanos irracionales y endiosados son los que friegan todo (Aliens, Terminator 2, The Abyss, incluso Titanic), sea quien lleva de la mano al espectador hacia el error.

Esteban

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