Descolonización

Posted on 18/03/2010

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No, no se trata de la amputación de la parte final del intestino grueso. Pongo la aclaración porque hoy en día muy pocos tienen idea de lo que se trata, y las excepciones no están necesariamente en el gobierno que hoy proclama esta doctrina/tarea a los cuatro vientos.

En sentido estricto, la descolonización no es otra cosa que el proceso de independencia de los países que fueron colonia (en el sentido político y administrativo del término) de algún país europeo – el haber sido conquistado y sometido antes por alguna otra civilización no cuenta como colonización en este sentido estricto, el primero país descolonizado del mundo fueron las trece colonias de Nueva Inglaterra, hoy Estados Unidos de América.

Interpretado en su sentido estricto, por supuesto, hablar hoy de descolonización tiene poco o ningún sentido sino el de los anales de la historia.

Existe un sentido lato, sin embargo, donde por extensión la descolonización es la liberación de los pueblos del sometimiento distinto al político administrativo, e incurre más bien a las áreas de la economía y el intercambio globalizado, o incluso a los oscuros páramos de la psicología social. De esto se ocupan las corrientes, ninguna de las cuales admite ser llamada por los nombres que voy a dar a continuación, neocolonial y postcolonial.

La primera, bautizada así por sus detractores, se refiere al fenómeno no abiertamente admitido por país alguno pero que muchos practican por el cual el país más rico e industrializado le compra materia prima al país más pobre y le vende los productos elaborados y bienes de capital que produce con esa materia prima, prestándole de paso la plata al pobre para que pueda pagar en cuotas.

La segunda, nacida de la independencia conseguida por las últimas colonias europeas en África y Asia, explora, no siempre con mucho éxito, las vías por las cuales estos nuevos miembros de la Organización de las Naciones Unidas deberían buscar su desarrollo por sus propios medios, partiendo del tetrálogo establecido en los años 50 y que hoy parece estar recién redescubriéndose luego de más de veinte años de “ajuste estructural”:

1. Los países en desarrollo deben tener derecho a regular y controlar las actividades de las empresas multinacionales que operan en su territorio. 

2. Deben ser libres para nacionalizar o expropiar la propiedad extranjera en condiciones favorables para ellos. 

3. Deben ser libres establecer asociaciones de productores de productos básicos similares a la OPEP; todos los demás Estados deben reconocer este derecho y abstenerse de tomar medidas económicas, militares o políticas, calculadas para limitarlo. 

4. El comercio internacional debe basarse en la necesidad de garantizar precios rentables, estables y equitativos para materias primas, preferencias arancelarias no recíprocas y no discriminatorias generalizadas, así como la transferencia de tecnología a los países en desarrollo; y estos deberían proporcionar asistencia económica y técnica sin trucos ni trampas.

Aunque, por motivos de espacio y de flojera simplifico a extremos ingenuos la figura, esta explicación permite tener una idea bastante clara de en qué consiste hoy la descolonización, respecto al llamado por los líderes de izquierda “imperialismo” (que reitero me parece que neocolonialismo es más adecuado).

Sin embargo, hasta acá estamos hablando del las relaciones externas de los países en vías de desarrollo. Otra cosa, aún más complicada, es el colonialismo interno, esa tara social que ha quedado en muchos de nuestros países mucho tiempo después de la independencia, y que sigue poniendo a una élite, frecuentemente minoritaria y por supuesto vinculada cultural y étnicamente al país colonizador, al mando de los territorios cuyos dueños originales han quedado relegados a una ciudadanía parcial, no plena, y que se manifiesta muy claramente en la forma que tiene una persona por estos lares para referirse a otra. Al menos en Bolivia es muy patente cómo comúnmente se “ustea” a las personas que se consideran “superiores” en términos de clase, raza, poder o casta, se “tutea” a quien se considera inferior en cualquiera de estas categorías, y cada vez más se “tutea” entre iguales.

Acá hay dos formas de enfrentar el problema, una correcta y una incorrecta, que paradójicamente se vienen practicando las dos simultáneamente y sin que sean mutuamente excluyentes, cuando evidentemente lo deberían ser.

La primera, la correcta, pasa por el empoderamiento, la destrucción de los elementos culturales y psicosociales que marcan las diferencias odiosas, y el cambio de mentalidades, tanto de los antiguamente dominantes como de los antiguamente dominados, la creación de espacios de diálogo entre diferentes, y la destrucciópn definitiva de las estructuras de dominación. Este proceso de liberación es la descolonización interna de la que tanto se habla.

La otra, la incorrecta, es la destrucción del sistema de símbolos, costumbres y creencias de una sociedad sincretizada, por las buenas o por las malas, auspiciada en primer término por sociólogos postestructuralistas como Baudrillard, que hablan de una “violencia simbólica”, por la cual, tanto dominante como dominado, aceptarían, contentos los primeros y resignados los segundos, ciertas “verdades inobjetables” sobre la superioridad del uno o la inferioridad del otro, como si la gente fuera tan estúpida como para aguantar la opresión por siglos hasta que nazca un caudillo necesario que los libere finalmente.

Esta interpretación, que yo llamo recolonización inversa, resulta ciertamente conveniente para el actor político que la instrumentaliza, le permite perpetuarse en el poder al destruir las estructuras de poder preexistentes solamente para remplazarlas por estructuras nuevas, hechas a su medida, exacerbando de paso odios y resentimientos, dividiendo profundamente la nación creada a partir de la historia, triste y dramática por cierto pero no por ello menos real, negando esa historia, y finalmente creando un sistema nuevo de castas y clases, pues según los postestructuralistas la única forma de combatir esta etérea “violencia simbólica” es con más violencia, simbólica o tangible.

Hay también una tercera interpretación, y también incorrecta, que me olvidaba por intrascendente, por la cual la descolonización sería la eliminación de todo lo que le resulta molesto o incómodo al viceministro de turno, aún cuando esta molestia o incomodidad es exactamente igual para todos y no resulta discriminatoria. Bien por los que plantean eliminar la necesidad de hacer fila en una ventanilla, pero no termino de entender qué carajos tiene que ver con la descolonización.

Esteban

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