Servidumbre militar obligatoria

Posted on 04/10/2010

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Cada tanto tiempo un escándalo, una denuncia, una filmación que se filtró o cualquier otro tipo de papelón ponen en el banquillo a la vieja tradición del servicio militar obligatorio.

Cuando se tocó el tema en la Asamblea Constituyente, no hubo debate alguno. El Presidente había instruido que se mantenga la obligación para los ciudadanos bolivianos, y la orden se cumplió al pie de la letra. El Capitán General había hablado, y las cosas se mantuvieron nomás como eran.

No existe nada más racista ni discriminador que el servicio militar en Bolivia. La población masculina adulta se puede claramente dividir entre los que fueron al cuartel, gente del campo y de las periferias urbanas, de origen indígena-originario, y los que no, de clase media y alta mestiza-criolla. Unos cuantos en las últimas generaciones se quedaron en sandwich, como lo dicta su propia posición social: la clase media empobrecida mandó a sus hijos a la pre-militar.

Se dice que el servicio militar tiene a su favor el hecho de que es el gran horizontalizador de las relaciones interclase. Eso solo sería cierto si efectivamente fuera obligatorio para todos, cosa que no parece que vaya a suceder por lo pronto a pesar de los discursos del gobierno, pues están en juego los intereses económicos de los oficiales que lucran con las dispensaciones.

Pero el abuso va más allá. Es bien sabido que los reclutas, los “sarnas” como se les dice acá, son mano de obra barata, entiéndase gratuita, para los oficiales de alto rango. En efecto, en muchos cuarteles el servicio militar se asemeja más a una servidumbre, donde los “sarnas” construyen la casa del comandante, labran la tierra, hacen mandados… De entrenamiento militar, lo único que reciben es la férrea disciplina inculcada a plan de humillaciones, golpes y castigos corporales.

Ahora, cuidado. Por una vez concuerdo con una aclaración que hizo el señor Vicepresidente: otra cosa es el entrenamiento de tropas de élite para cadetes que han elegido la carrera militar. Aunque tortura es tortura, es cierto que estos jóvenes han tomado una decisión libre y soberana, sabiendo a qué se estaban metiendo (por cierto, ¿alguien ahí vió G.I. Jane?). Es también cierto que en caso de guerra (interna o externa), si estos soldados son tomados prisioneros, no van a ser tratados con guante blanco por el hipotético “enemigo”. Pero si contextualizamos lo que acabamos de afirmar en la realidad de las relaciones internacionales actuales, como que carece de sentido trabajar sobre hipótesis de prisioneros de guerra si Bolivia ha renunciado constitucionalmente a ésta. ¿O será entrenamiento no para resistir la tortura, sino para aplicarla?

Pero volviendo a lo nuestro, a los que son incorporados a las FFAA por obligación constitucional y no voluntariamente, uno se pregunta realmente cuál es la utilidad de esta práctica, tan enraizada que es prerrequisito en el capo para poder acceder a una chacra y a una esposa (ambos bienes materiales que debe poseer un verdadero hombre, por supuesto). En pleno siglo XXI, cuando en gran parte del mundo, incluyendo el país más poderoso militarmente del mundo, el ejército se ha profesionalizado por completo, habiendo desaparecido el reclutamiento, el servicio militar obligatorio y cualquier otra forma de entrenamiento militar coercitivo, cuando Sudamérica ha elegido el camino de la paz y del arreglo por vía diplomática para resolver sus conflictos, ¿no será tiempo ya de eliminar esta vieja manía?

Alguien mencionó la semana pasada la posibilidad de hacer un referéndum sobre la abolición del servicio militar obligatorio. Si eso fuera cierto, yo votaré por el “Sí”.

Esteban

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