Otro día en el paraíso – (c) Oscar Martinez

Posted on 08/12/2010

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Alguna vez se ha preguntado ¿por qué existe esa cantidad infinita de alojamientos en la zona de Villa Dolores? ¿Será porque el turismo es un gran negocio y la ciudad tiene una cantidad considerable de visitantes y turistas? Si pensó en lo anterior, no se engañe, esa no es la respuesta.
Pero así como le pido que no se engañe, tampoco se sienta mal. Conozco profesionales de las ciencias humanas, sociales y otras áreas que ignoran este segmento de la realidad y es verdad que no tienen la obligación de saberlo y preocuparse por ello, ya que, viviendo en el país de la mediocridad, yo también podría hacer flamear a los cuatro vientos mi ignorancia en miles de ámbitos que no son de mi especialidad y no sentirme mal por ello, ya que mi obligación como boliviano, seguramente es cuidar la perpetuidad de mis ingresos, olvidando que soy parte de algo llamado sociedad o en su mejor y más familiar expresión, formamos parte de algo que en los últimos tiempos está en boca de todos: comunidad.
Así, siendo parte de esta comunidad que tiene sus problemas como cualquier otra, casi nadie sabe -ni siquiera los que deberían- qué es la Violencia Sexual Comercial. Saber que es esta problemática social, ayudaría a entender las razones para que proliferen un sinfín de alojamientos donde decenas de menores edad, varones y mujeres desde los nueve años, son abusados sexualmente por gente que aprovechando su condición de soledad, abandono, necesidad, o dependencia, someten a estas niñas y niños a los peores ultrajes que se puedan imaginar.
¿Usted creería que alguien sería capaz de clavar un cuchillo en la vagina de una adolescente de quince años que estaba con cuatro meses de embarazo? ¿No? ¿Usted creería que existen pederastas que buscan a niños pequeños para llevarlos a vivir a sus casas y los obligan a tener relaciones sexuales a cambio de comida y fichas de juegos electrónicos? ¿Tampoco?
Si, es un mundo horrible este que a algunos niños y niñas les toca afrontar cada día, que al igual que muchos, piensan lejano e improbable de conocer.
Yo lo hice por tres años y seis meses, en las sempiternamente caóticas calles de La Ceja de El Alto y creo que podría contar peores historias que estas, las cuales he visto, sin exagerar, casi a diario.
Podría contar por ejemplo, que la policía disfruta de prenderles fuego a los chicos y chicas que inhalan Thiner, usando el propio inhalante que usan los chicos y chicas para espantar el frío, el hambre y la soledad. Podría contar como disfrutan quemándoles los pies después de robarles lo que ellos han robado y que es peor cuando los chicos se niegan o se revelan, ya que les espera el paseo: cuando se los llevan atados a las motos hasta los confines de la ciudad para golpearlos a gusto y después de quitarles los zapatos, abandonarlos a ver si con un poco de suerte, mueren.
Podría contar que en septiembre del año 2008, la policía se llevó a varios chicos al Bosquecillo de Pura Pura para encerrarlos en una construcción y echarles gas lacrimógeno, hasta que pidan piedad y perdón de rodillas y que fruto de esto, un adolescente de quince años, y con problemas de consumo de alcohol, murió en medio de espantosas agonías en un alojamiento de la calle cinco de Villa Dolores, y que, no obstante esto, un órgano de prensa de El Alto tomó fotos morbosas de su cuerpo hinchado siendo trasladado en una ambulancia, con el amarillo título de: “Alcohólico muere en alojamiento”.
Puedo contar de los niños que roban tortas en los puestos callejeros de la calle cuatro de la avenida Antofagasta el día de la madre, para llevar un regalo y conseguir de algún modo el perdón o el beneplácito de sus padres y poder volver al hogar que se les ha negado, aunque sea un ratito. Podría contar de los niños y niñas que duermen en los árboles de la Plaza Cívica o de la Avenida 6 de marzo y que se amarran a las ramas con sus cinturones para dormir una noche en paz.
Yo podría contar cada una de las historias de los trece niños, niñas, jóvenes y bebés, que he enterrado en esos tres años y medio, los cuales murieron: acuchillados, de frío, por intoxicación, enfermos, en peleas o simplemente por indiferencia.
Podría, claro que podría, como que también podría hacerse la denuncia a la Policía -que alguna vez se hizo- y entonces, probablemente ingresaríamos en el campo de la metafísica, ya que comprenderá que estamos en Bolivia, y claro que eso no es un pecado ni una mala suerte, dejémoslo que para los que sin fines literarios han tenido que lidiar con la justicia en este país, esta es simplemente una cuestión estadística: un maleante más, un maleante menos, qué más da.
Podríamos acudir a las organizaciones que trabajan con ellos, que llegada la hora, pese a sus esfuerzos y la nula ayuda que reciben del gobierno, poco o nada pueden hacer, por temor a la “comunidad” y a las represalias vecinales que los acusan de “fomentar y proteger a los cleferos”.
Sin querer ser amarillista ni sensacionalista, podría contar todo esto, pero a veces escucho a la gente decir que es mejor así; que mientras menos maleante haya es mejor, que es mejor matarlos a todos, y ya no me dan ganas de contar nada.
No me dan ganas de contarle nada a la gente que ha olvidado que son niños, y que si están allá, durmiendo en las casetas de cajeros automáticos y en los árboles de las plazas a quince grados bajo cero en el invierno alteño, es porque es un lugar mejor que sus casas. No me dan ganas de contarle nada a la gente que ignora que estos chicos están con cuatro o cinco enfermedades venéreas o VIH, ardiendo en fiebres mortales sin nadie que repare en su presencia si no es para golpearlos, prenderles fuego o aliviar su lujuria para después decirles putas y drogadictos. No me dan ganas de contarle nada a aquellos que no saben que si estas putas y drogadictos de menos de dieciochos años están adiestrando perros para que los cuiden de la policía, de los guardias municipales o de la seguridad privada, es porque los prefieren y confían más en ellos antes que en sus padres.
El fin de semana pasado murió el Panetón, un chico de dieciséis años que no sabía el porqué de su apodo. Algunos chicos cuentan que en una navidad se comió un panetón entero con una jarra de chocolate en menos de dos minutos y que de ahí, le quedó la chapa. Otros aseguran que fue por el lunar grandote que tenía en la mejilla izquierda. No se sabe, tampoco se sabe quiénes lo mataron a golpes y cuchillazos en un “Local” de La Ceja.
Así, en medio de bares donde los menores de edad beben lo que les da la gana y son buscados por adultos enfermos para usar sus cuerpos; en medio de alojamientos donde cientos de chicos comparten habitaciones por precios módicos, en medio del monumento al Che, en medio de este escenario donde se dan aparatosas redadas policiales, en represalia cuando un agente ha sido ajusticiado o el caso ha sido mediatizado a punta de imágenes morbosas y detalles sórdidos, en medio de todo esto, amanece en El Alto y para los chicos de la Ceja, solamente es otro día en el paraíso.

Oscar Martínez
Ciudadano

http://www.trestribuscine.com/urbandina/page/7

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