Una cebra de 10 años

Posted on 09/02/2011

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Este 8 de febrero, ese pintoresco personaje de las calles paceñas inventado para enseñar al peatón a cruzar la calle, cumple 10 años. Habiendo sido espectador, aunque no participante lastimosamente, de su nacimiento, se me hace difícil creer que ya sea una década la transcurrida…

Pero más allá de nostalgias y caídas en cuenta de que los años pasan, cabe en estas bodas de estaño hacer una reflexión sobre el impacto que ha tenido esta política de educación ciudadana.

Creo que nadie, salvo aquel oligofrénico que se puso recientemente a pintar graffitis insultando a las cebras, niega que este grupo de chicos disfrazados son por mucho la parte más querida, respetada y aplaudida de la gestión municipal iniciada el año 2000, más allá de parcialidades a favor o en contra de ésta. Basta con asistir a un desfile del 16 de Julio, donde todos los funcionarios, poco graciosos, coordinados y entusiastas somos abucheados en la marcha forzada, mientras las cebras son recibidas con algarabía, fuertes aplausos y ánimos, además de algo nada fácil de conseguir: el entusiasta saludo con las minúsculas manos de los niños.

Es más, tal es el cariño y respeto a estos muchachos y muchachas que en los lugares donde ejercen su tarea, superan en efectividad por mucho a los agentes llamados por ley para ordenar el tráfico, que son tal vez de los personajes menos queridos y respetados de La Paz y de Bolivia en general, los varitas.

Y sin embargo, no todo es color de rosa. Cuando no los vemos, los paceños simplemente nos olvidamos de lo que nos enseñaron. Nuestra increíble tozudez en entender las más simples reglas de circulación, ya sea como peatones o manejando, son sistemáticamente ignoradas, y los quijotes que seguimos pensando que se puede educar a la gente para que respete las mínimas normas de convivencia seguimos destrozándonos el hígado.

Dicho esto, entonces, habrá que tratar de encontrar cuál es la verdad. ¿Éxito o fracaso? Quizás resultaría demasiado fácil decir que los resultados son mixtos, que hay elementos de éxito y de fracaso. Pero como no me gustan las cosas fáciles, no me conformo con esta respuesta.

Con el dolor de mi alma, con el orgullo herido y el probable odio de mis compañeros funcionarios municipales, creo que después de todo, y contrapesando los aspectos positivos y negativos, aunque la cebra sea hoy símbolo de la ciudad, la política de educación ciudadana, tras diez años, ha fracasado. La gente no parece haber aprendido nada, no parece haber captado el mensaje en su verdadera dimensión. La consigna, que no tiene que ver con detenerse antes del paso peatonal para que no lo traten a uno de burro, sino que tiene que ver con aprender a respetar al otro, a reconocer sus derechos y ponerse en su lugar, simplemente no ha calado.

Y es que han jugado muchos otros factores en contra de la mejor intención y encomiable esfuerzo de las cebras. El primero y más importante, es que la educación formal, para que la tuvieron, y la falta de ella para los que no la tuvieron, no considera ni por las tapas un correcto enfoque de la educación para la ciudadanía. Hasta la puesta en vigencia de la Ley Avelino Siñani, educación cívica sigue siendo sinónimo de aprenderse el himno con todas sus estrofas (y sin entender lo que significa que el hado propicio coronó nuestros votos y anhelos). Y no tengo la menor esperanza de que con la nueva reforma de la educación eso vaya a cambiar.

Segundo, el ambiente general en la nación ha sido desde el 2000 y de manera cada vez más marcada de una anomia social muy grave y profunda. Posiblemente como consecuencia de la ausencia de educación cívica, pero sobre todo como consecuencia de una actitud muy negativa de los actores políticos a todo nivel, que “le meten nomás” y luego llaman a los abogados a resolver el entuerto, la gente simplemente no se siente obligada a cumplir las normas.

Finalmente, y para empeorar las cosas, el sistema judicial (con sistema me refiero a todo el universo de las normas, su aplicación al caso concreto y sus consecuencias) es sin lugar a dudas la parte del Estado boliviano que peor funciona, y sobre la que poco o nada se ha hecho en estos diez años, es más con tendencia a un retroceso importante en lños cinco últimos años.

Dicho esto, uno se pregunta si deberían las cebras colgar los trajes y asumir su derrota. Personalmente, creo que no, todo lo contrario. Deberían seguir su pelea diaria contra la ignorancia y el egoísmo. A ver si algún día logramos entender.

Esteban

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