Kupini, Callapa

Posted on 02/03/2011

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1.500 familias afectadas. 140 hectáreas de terreno desaparecidas. Seis millones de metros cúbicos de tierra deslizados. Al menos 6.000 damnificados. Y ni un solo muerto. El desastre ocurrido en La Paz el fin de semana pasado, el mayor deslizamiento de tierra de nuestra historia como ciudad, es una fiel fotografía de la situación actual del municipio de La Paz, de lo mucho que se ha avanzado y de lo que aún falta por hacer, de la enorme fragilidad de esta ciudad pero también de cómo, con enorme decisión y coraje, una gestión ha logrado convertir esta tragedia en un milagro.

Como no soy creyente ni creo en intervenciones divinas, estoy convencido de que no hubieron mayores desgracias personales – sin por ello minimizar la tragedia humana que es perder todos los bienes materiales, mucho peor cuando se es muy pobre y la acumulación de estos pocos bienes ha costado años de esfuerzo y sacrificio – gracias a tres acciones de mayúscula importancia que ha realizado en los últimos años el municipio.

La primera, una inversión histórica de 120 millones de dólares (unos 840 millones de Bolivianos) en control de las complicadísimas cuencas que tiene esta ciudad, destinados a embovedados, canalizaciones, sumideros, muros de gaviones y otras medidas de prevención de emergencias. La segunda, el establecimiento de un sistema de alerta temprana gracias al cual fue posible terminar de evacuar toda la zona afectada minutos antes del deslizamiento. Y la tercera, el entrenamiento, compromiso y dedicación de cientos de funcionarios y de voluntarios no remunerados que forman parte del COE (Centro de Operaciones de Emergencia), que reaccionaron de inmediato y, aunque algo desorganizados, lograron atender la enorme demanda de la gente afectada de ayuda para rescatar sus bienes y para instalarse en condiciones humanas en los albergues habilitados. Todo lo demás, los intentos del gobierno de atribuirse los méritos, las quejas de los envidiosos y los “descontentados” como diría mi abuelito, y las mañuderías de quienes quieren aprovecharse de la desgracia ajena para ganar partido, son pajas.

Decía sin embargo que se han desnudado también las fragilidades del municipio. Si bien la respuesta fue inmediata y certera, el origen del problema, esto es, la construcción clandestina, sin planificación alguna y por lo tanto sin precaución es, debo decirlo de la manera más autocrítica y honesta, responsabilidad del gobierno municipal, que no logra desarmar las taras burocráticas y la mentalidad de país tranca que le afecta hace décadas. Cierto, la irresponsabilidad la cometieron los que construyeron, pero es el municipio el que debía impedirlo, o mejor aún, promover una construcción responsable y consciente, con la prestación oportuna de los servicios necesarios de estabilización, trazo de vías, colocación de redes y demás acciones necesarias para vivir en condiciones seguras y dignas. Hasta ahora, lastimosamente, no logramos urbanizar primero y luego construir las casas, y casi siempre la Alcaldía está a la zaga de los barrios en los que se construyen primero las casas y luego se demanda “regularizarla”.

Y la causa de ello es que, simplemente, y me consta porque lo he vivido en carne propia, es imposible lograr una aprobación previa del gobierno municipal a fin de construir en regla y con todas las precauciones, y por tanto es más fácil pedir perdón que pedir permiso. Creo que es algo que se tiene que resolver con suma urgencia, con cambios muy profundos en los procesos y procedimientos de aprobación de planos y de planimetrías, de tal suerte que las responsabilidades caigan sobre quienes deben caer y dejemos de estar jugando al gato y al ratón.

Esteban

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