De dictadores e intervenciones: drama en tres actos

Posted on 23/03/2011

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Primer acto

Hace 42 años, un teniente de la Fuerza Aérea Libia derroca a la monarquía que reinaba por allá y declara la “revolución verde”, extraña mezcla de socialismo secular islamista, más nacionalista/demagógico que realmente transformador de estructuras sociales. El joven teniente, rápidamente ascendido a coronel (y nunca a general, por alguna razón que nadie termina de explicarse), acaparó todo el poder político, militar y religioso en su país, sin tener realmente un cargo oficial en el gobierno – se hacía llamar “hermano líder” y “el Guía”, muy a la usanza del Führer de los Nazis. Muammar Gaddafi se había hecho con el poder absoluto, y no lo soltaría más, así costara sangre y llanto a su pueblo.

Su megalomanía cada vez más acentuada, evidente desequilibrio mental que se manifiesta claramente en muchas de sus bizarras acciones, desde las más anecdóticas hasta las más tétricas, lo llevó a aplastar de la manera más salvaje cualquier atisbo de oposición, llenar sus arcas y las de su clan (a semejanza de tantos dictadores de la región) y empobrecer a su país, que vive casi exclusivamente de la renta petrolera, sin que esta renta haya servido para desarrollar nada más que su ejército.

No faltarán los fanáticos antiimperialistas que buscarán justificarlo y aplaudir el régimen de terror que lideró el señor Gaddafi, incluyendo el atentado de Lockerbie, su auspicio a la organización fascista Tajammu al-Arabi en Darfur, o la expulsión de 30.000 refugiados palestinos cuando la OLP comenzó a negociar la paz con Israel. Tampoco faltarán quienes traten de olvidar la expoliación del uranio, cobre, petróleo y diamantes pertenecientes a la República Centroafricana, o la desaparición del líder chiíta libanés Musa Al-Sadr, quien estaba de visita oficial en Libia, con inmunidad diplomática.

Pero las barbaridades cometidas por Gaddafi fuera de sus fronteras son pequeñas al lado de los crímenes cometidos en su propio país. En Libia, hablar de política con un extranjero es un delito castigado con tres años de cárcel. Las leyes no existen, solamente rige la Sharia. Desde 1973, se ejecutaron “purgas” a los “políticamente enfermos”, con la creación de milicias encargadas del control político en los barrios, escuelas y fábricas, y el asesinato, frecuentemente público e incluso transmitido en directo en la televisión nacional, de sus opositores más relevantes.

Desde 1999, Gaddafi intentó mostrar hacia fuera una imagen más tranquila, una especie de madurez política en la que sería más razonable, ofreciendo como muestra de buena voluntad entregar a los responsables de varios atentados, especialmente el de Lockerbie, y compensar económicamente a las familias de los fallecidos en dichos atentados. Sin embargo, la mano dura no aflojó, ni las excentricidades (como el llamado a dividir el territorio de Suiza entre Francia, Alemania e Italia, porque su hijo fue arrestado por atacar físicamente a dos mucamos de un hotel en Berna), y la apertura simplemente fue un signo de que el régimen comenzaba atener problemas para sostenerse e iba a necesitar aliados fuera de sus fronteras. Por supuesto, el primero en ofrecerse voluntario para apoyar a Gaddafi internacionalmente fue nada más y nada menos que su colega comandante, éste paracaidista de las Fuerzas Armadas Venezolanas.

Segundo acto

Así como el régimen, aún con el apoyo de personajes como Hugo Chávez, comenzó a hacer aguas, se fue fortaleciendo una resistencia incipiente y desorganizada, pero que abiertamente desafió al dictador. Inspirados por los levantamientos exitosos de sus dos vecinos, Túnez y Egipto, comienza en febrero de 2011 la rebelión en Benghazi, segunda ciudad de Libia, con bastante éxito al lograr rápidamente el control de toda la parte Este del país. No obstante, como se predijo en este mismo blog, el dictador no piensa caer tan fácilmente. La respuesta al levantamiento en Benghazi fue rápida y furiosa, desatándose una guerra civil que ha producido entre mil y cinco mil muertes (no es posible saber la cifra dada la fortísima censura que ejerce el gobierno libio), y se preparaba la estocada final, con la retoma de Benghazi y la consecuente masacre de los rebeldes.

El 18 de marzo de 2011, tras semanas de insistencia de parte de buena parte de la comunidad internacional, pero sobre todo de organizaciones humanitarias de todo el mundo, el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas, con diez votos a favor y cinco abstenciones, ni un solo voto en contra, aprueba la Resolución 1973, que:

  • exige el establecimiento inmediato de un cese al fuego y el fin de la violencia y los ataques contra civiles;
  • impone una zona de exclusión aérea sobre Libia;
  • autoriza el uso de todos los medios necesarios para proteger a civiles y zonas pobladas por civiles, a excepción de una “fuerza de ocupación extranjera”;
  • fortalece el embargo de armas y sobre todo la acción contra mercenarios, permitiendo el realizar inspecciones forzosas de barcos y aviones;
  • impone una prohibición de todos los vuelos con bandera Libia;
  • se congelan los activos en bienes de propiedad de las autoridades libias y se ratifica que esos activos deben utilizarse para beneficio del pueblo libio;
  • se extiende la prohibición de viajar y congelación de activos de un número de otras personas y entidades libios, según la  resolución 1970 emitida por el Consejo de seguridad de las Naciones Unidas; y
  • establece un grupo de expertos para supervisar y promover la aplicación de estas sanciones.

A las pocas horas, el gobierno libio anunció un cese al fuego en todo el país. Parecía que la sola amenaza de una acción militar autorizada por el ONU hubiera bastado para detener la matanza. Pero…

Tercer acto

Al día siguiente del anuncio del cese al fuego, varias fuentes, la más importante de ellas la cadena Al-Jazeera, denuncian que no ha tenido efecto, y que en realidad el coronel Gaddafi solamente estaba comprando tiempo parta movilizar sus tropas para retomar Benghazi, y el bombardeo continúa contra las posiciones rebeldes.

En reacción a estas denuncias, o al menos eso dicen ahora, los aliados, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, con apoyo de Italia, Grecia, Bélgica, Dinamarca y España (todos estos en misiones loísticas y de escolta, sin involucrarse directamente en el combate) inician el ataque contra las defensas libias con 110 misiles Tomahawk, arguyendo que esta es solamente la primera fase. Paralelamente, aviones Harrier destruyen los equipos militares que se preparaban para la retoma de Benghazi. Hasta aquí, las cosas se desarrollan dentro de lo previsto en la Resolución 1973.

El 20 de marzo, sin embargo, las cosas comienzan a salirse del margen legal. A eso de las dos y media de la madrugada, hora libia, tres bombarderos furtivos B-2 bombardean los hangares en una base aérea cercana a Sirt. El problema es que esta base aérea comparte el espacio, como ocurre en muchísimos lugares del mundo, con un aeropuerto, y existe población civil asentada en las cercanías. No hay un reporte confiable sobre víctimas civiles: el gobierno libio habla de “muchas”, la coalición lo niega totalmente. Ninguno logra credibilidad suficiente, y empiezan a llover las críticas contra la coalición. Durante el resto de la madrugada, una fuerza combinada de Harriers, F-15 y F-16 atacan las posiciones de las fuerzas terrestres leales al régimen. De nuevo, no se conocen las consecuencias, si hubo daños colaterales, horrible eufemismo que significa inocentes asesinados “por accidente”, o si la dirigencia del régimen fue también un objetivo militar. De nuevo, el gobierno libio dice que sí, los aliados que no. Para la tarde del viernes, el comandante del comando conjunto e3stadounidense señala que la zona de exclusión aérea ha sido puesta en efecto.

Si así fuera, la misión hubiera sido cumplida, y las fuerzas aliadas solamente debieran haber asumido un rol de patrullaje. Sin embargo, el canal oficial libio denuncia el sábado que un palacio que Gaddafi usa habitualmente fue destruido por un misil aliado. En informaciones muy confusas y contradictorias, en las que hasta un autoatentado parece una posibilidad palusible, los indicios parecen señalar a la fuerza aérea francesa como la responsable del ataque. La insistencia con la que el Departamento de Estado y el Departamento de Defensa de EE.UU. declara que el líder libio no es un objetivo militar pierde toda credibilidad.

El 22 de marzo, un F-15 de la fuerza aérea estadounidense se estrella (se dice por problemas mecánicos, aunque las fuerzas libias celebraban un derribo), y sus dos tripulantes se eyectan y caen en el desierto a unos 40 kilómetros al sur de Benghazi. Inmediatamente los aliados montan un operativo de extracción de sus soldados, logrando rescatar a ambos. El gobierno libio dice que en el proceso se disparó contra la población civil. Los aliados lo niegan.

La comunidad internacional ha tenido reacciones diversas a estos acontecimientos. Sin embargo, tratando de “promediar” las cosas, parece haber una opinión general de que el uso de la fuerza por parte de los aliados ha sido excesiva y ha sobrepasado los límites señalados por la Resolución 1973. Y aquí es donde comienzan las preguntas éticas: ¿Cuándo se justifica la destitución de un tirano por otros países? ¿Cuáles son los intereses reales que juegan cuando se interviene en Libia pero no, por ejemplo, en Yemen o Bahrein, países donde el gobierno autoritario también masacró un levantamiento popular? ¿Se justifica mantener a un dictador mientras sea útil a los intereses de los países poderosos? ¿Por qué no se impide que los tiranos gobiernen por décadas y solamente se los intenta remover cuando comienzan a ser incómodos? Inversamente, ¿es ético deslindar responsabilidad y esperar que el pueblo del país afectado derroque al dictador, ver de palco cómo se masacra a los rebeldes, condenar a quienes quieren hacer algo al respecto por violar la “soberanía”?

Estas no son preguntas nuevas. Cuando se creó la ONU, las mismas preguntas surgieron, con el fin de encontrar la manera de que nunca más un Adolfo Hitler amenace al mundo y a su propia gente. Desde 1945, decenas de Hitler, de diferente calibre y peligrosidad, se han apoderado de sus países, atacado a la población civil, agredido a sus vecinos, exterminado a pueblos enteros, destruido las libertades individuales… La ONU, con toda la buena voluntad del mundo, no ha logrado hasta hoy impedirlo. Y lo que es peor, los países que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de esta organización, creado justamente para cumplir esta misión, se han creído con el derecho a iniciar la guerra, que no es lo mismo que hacer cumplir las resoluciones como hemos visto en este más reciente caso, a su conveniencia y criterio, sin responsabilidad alguna.

Esteban

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