Cuando la dignidad se hace humo

Posted on 30/03/2011

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En el mundo entero, con mayor o menor fuerza, ésta generalmente relacionada directamente con el nivel de desarrollo institucional del país en cuestión, la lucha contra el tabaquismo se confunde cada vez más con una lucha contra los adictos al tabaco. Aunque en Bolivia el asunto es aún incipiente, como fumador y por tanto víctima de la trampa tendida por las corporaciones tabacaleras, siento cada vez más cómo quienes sufrimos esta enfermedad somos discriminados por la gente que no fuma.

En algunos países del orbe, esta discriminación llega a extremos que de otra forma serían intolerables. Imagínense si por ejemplo se obligara a las personas enfermas de SIDA, o para estar más a la moda con la gripe AH1-N1, a amontonarse en una minúscula y mal ventilada sala en los aeropuertos o en los cafés solo por su condición. Mucho peor, obligarlos a sentarse en un local donde no necesariamente quieren estar, y a que consuman alguna bebida (carísima por cierto) de ese local para poder permanecer ahí. Sería absolutamente inadmisible, ¿no es cierto?

Admito que para un no fumador, el humo del cigarrillo puede ser muy molesto. Que un fumador, incluso uno empedernido, no necesita estar fumando todo el tiempo y pudiera abstenerse por un tiempito. Es más, es cierto que el ser fumador pasivo es también muy nocivo, no sé finalmente si tanto, más o menos que el ser fumador habitual, para la salud. Pero ¿tratar a los fumadores como parias indeseables a los que hay que encerrar y humillar públicamente?

Creo que es posible llegar a un buen equilibrio, donde se evite discriminar al fumador, que después de todo es solo una persona con una enfermedad. Extremos absurdos como el obligarlos a congelarse en la calle cuando quieren tomarse un café en invierno, pretender que fumar al volante incrementa el riesgo de accidentes y por tanto prohibir fumar en el auto propio, o lo que mencionaba arriba, obligarlos en los aeropuertos a comprar una cerveza de 20 dólares (sí, veinte dólares de los Estados Unidos de Norteamérica) solo para poder aliviar el síndrome de abstinencia sufrido por largas horas de vuelo más otras largas horas de espera para la conexión que los llevará a su destino, son simple y sencillamente crueldad y trato inhumano. El colmo de estas exageraciones: el Pentágono recomendó prohibir fumar en la “zona de guerra” a los soldados. ¡Mueran a balazos, pero cuidadito mueran por el pucho!

En contraste, no tengo nada en contra, incluso apoyo abiertamente, de las campañas de sensibilización y advertencia contra el tabaquismo, incluso esas que ponen fotos morbosas en las cajetillas, sobre todo como padre preocupado por que mis hijos no caigan en la misma trampa que yo. Tampoco tengo nada contra aumentar los impuestos al tabaco, hacer más difícil el acceso a él, y por supuesto, prohibir su venta a menores. Si todo esto hubiera sido puesto en marcha cuando yo tenía 13 años, tal vez no estaría ahora escribiendo este apunte.

Sólo pido que se nos trate con dignidad. No veo nada malo en tener las viejas salas para fumadores – si no le gusta el humo no entre – e incluso hacer una distinción clara entre cafés y pubs que admiten fumar y los que no, para poder tener la elección. No necesitamos que nadie nos patronice o nos trate como a nenes. Los fumadores sufrimos una adicción, y nuestra enfermedad no es contagiosa. Todo el fanatismo antitabaco no es más que fascismo e intolerancia, con la única diferencia que lo políticamente correcto es favorecer ese fascismo, a diferencia de todas las demás formas de discriminación.

Esteban

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