Perú: ¿Entre Guatemala y Guatepeor?

Posted on 13/04/2011

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La verdad, las clases medias peruanas se han asustado, y mucho. Los resultados electorales de la primera vuelta celebrada el domingo 10 de abril si bien no han establecido una mayoría clara y han mostrado más bien una profunda dispersión, sí han puesto en vilo al país al ser las dos primeras minorías constituidas por candidatos denominados antisistémicos.

Una década de fuerte crecimiento económico (en promedio casi 7% anual), baja inflación a pesar de los altos costos de los combustibles, fuertes ingresos de divisas gracias a los altísimos precios de los minerales pero también un muy dinámico sector empresarial mediano y chico que han aprovechado la bonanza para generar empleo y diversificar la economía, parecieran estar en riesgo, o al menos esa es la pesadilla con que advierten los ahora perdedores.

Pero, ¿existe realmente motivo para tanta alarma? Puede que sea exagerada la reacción. Si bien Ollanta Humala se ha identificado fuertemente en su pasado con las corrientes más radicales del “Socialismo del siglo XXI”, y el esfuerzo por limpiar su imagen en esta última campaña no termina de convencer a los escépticos, el hecho de que carezca de una mayoría legislativa y requiera construir alianzas con actores más conservadores para conseguir suficiente gobernabilidad – esto es, si logra la mayoría absoluta de votos en la segunda ronda, lo cual es muy dudoso.

En la acera de en frente, Keiko Fujimori parece incluso más forzada a construir alianzas, no solamente para conseguir la mayoría necesaria, sino incluso para la conformación de su gobierno, pues no parece tener por detrás un equipo lo suficientemente sólido. Aunque es un mal que afecta a ambos candidatos, parece evidente también que la falta de experiencia en gestión pública de la señora Fujimori es un handicap importante que necesita demostrar haber superado para aspirar a ganar la segunda vuelta. En cualquier caso, la estrategia de posicionarse como barrera de contención de Humala y por tanto del modelo venezolano, al que una enorme proporción de la población peruana le tiene pavor, no ha de ser suficiente dados los esfuerzos del otro por mostrarse moderado y dispuesto a realizar concesiones para conseguir la gobernabilidad que necesita.

Bajo estos dos escenarios posibles, creo que no hay demasiadas razones para que los hermanos peruanos, y sus vecinos inmediatos, entren en pánico. Esto salvo que ocurra lo inesperado, pero no imposible: que cualquiera de los dos, el primero siguiendo el ejemplo de sus mentores de Caracas y la segunda siguiendo el de su padre, tiren por la borda la institucionalidad democrática y prescindan de la necesidad de construir acuerdos con el poder legislativo. Por desgracia, esta es una posibilidad real, aunque remota.

¿Cómo llegó el Perú a este punto? Si su modelo de crecimiento sostenido funcionó tan bien, ¿por qué la mayoría de los electores decidió apostar por un cambio de rumbo? La respuesta es simple en realidad, aunque como toda generalización esconde una serie de elementos que aunque de menor importancia han contribuido también al fenómeno. El problema, repetido por los cuatro puntos cardinales del planeta hasta el cansancio por los antieconomicistas sin lograr hasta ahora hacerse oír, es que el crecimiento no lo resuelve todo. Cuando el crecimiento se concentra en uno o pocos rubros de la economía y sus beneficios no se distribuyen adecuadamente, ni siquiera una tasa china de 10% anual puede garantizar la estabilidad y el bienestar. Si bien la generación de riqueza es importante, debe acompañarse de la generación de empleo digno y de políticas de redistribución de la renta que reduzcan las brechas sociales. Por supuesto, inversamente, si se generan políticas sociales de redistribución y/o se generan empleos “forzados” (empleos de emergencia, cargos burocráticos o cualquiera de esta políticas que incrementan el gasto público) sin ir acompañando de la generación de riqueza suficiente, lo único que se hace es mandar al Estado a la quiebra. La trilogía riqueza – empleo – renta es pues esencial para hacer sostenible el desarrollo. Y eso, lastimosamente, es lo que los políticos, de donde sean, no parecen entender bien.

Esteban

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