Vida de perros

Posted on 20/04/2011

0


Valga aclarar de entrada que no soy uno de esos fanáticos defensores de los animales, no soy vegano ni comprendo a los vegetarianos, y ciertamente no creo que la salvación del planeta pase por rescatar a los bebés foca solo para la foto. Sí soy, por tradición familiar, amante de los perros, sobre todo los de razas grandes, seguidor de don Cesar Millán, amo de un Viejo Pastor Inglés que me da más trabajo que mis hijos, y me considero un entrenador amateur con capacidades mínimas suficientes para lograr tener un compañero equilibrado, educado y feliz.

¿A qué viene todo esto? Casualmente tropecé minutos antes de escribir unas líneas con dos artículos de prensa muy interesantes, uno sobre cómo un grupo activista en China logró impedir, diecisiete mil dólares de por medio, que un cargamento de perros acabe en el Wok de algún torcido cocinero; y el otro sobre cómo se prepara en Irán una ley que prohibirá, con sanciones penales de por medio, tener un perro de mascota en ese país, por considerar esta práctica antimusulmana y occidentalizante.

Por supuesto, ambas notas llamaron mi atención por lo dicho arriba, y el sentimiento de compasión por los pobres animales que no pueden comprender su destino. Pero, en realidad, tras leer las notas en cuestión, me asaltó una duda ética probablemente más difícil de resolver que el simple sentimiento de piedad.

En efecto, habrá que preguntarse hasta qué punto nuestra cultura occidental (y cristiana, aún para los ateos como yo) nos condiciona a reaccionar de esta manera ante algo que, en el caso chino, tiene milenios de tradición, y, en el caso iraní, viene de una interpretación religiosa que no es para nada nueva, aunque ahora tenga este giro legal.

Inversamente, y como para seguir dando con palo a los post-estructuralistas dado que es una de mis diversiones favoritas, me pregunto hasta qué punto se pueden justificar los actos de crueldad como estos con este nombre de “culturas”. No estoy hablando acá de la violación a los más elementales derechos humanos, como es el caso de la mutilación femenina en África, que creo que ni los más fanáticos Baudrillardianos podrían defender, sino de algo mucho más banal. Y por tanto más profundo, pues esto es lo que nos hace humanos: un musulmán o un judío cuestionarán sin duda cómo podemos comer un animal tan impuro como un cerdo, un hindú se preguntará cómo nos atrevemos a sacrificar una vaca, a veces también con bastante crueldad. Y sin embargo no deja de chocarnos que los chinos coman perro o que el gobierno iraní se meta tan profundamente en la vida de la gente que llegue a prohibir la tenencia de estas mascotas. A veces comprendernos se hace tan difícil…

Para hallar respuestas a estas interrogantes, sin embargo, creo que la simple explicación de nuestro acondicionamiento respecto a una u otra cultura es insuficiente. Como lo ha señalado Levi-Strauss, en toda cultura, en toda sociedad, las estructuras sociales son iguales, aunque cambien de nombre y de forma de manifestarse, aunque tengan mayor o menos “desarrollo” en el prejuicioso sentido occidental del término. En este entendido, hace falta mirar qué subyace tras estos dos casos. En el caso chino, se trata de una sociedad, como todas (la iraní es igual, pero el enfoque es distinto), que se occidentaliza rápidamente, lo cual explica tanto la posición de los activistas como la del propio gobierno que, por una vez, los ha apoyado, pero también cómo la estructura de pensamiento tradicional permanece, incluso se defiende y se rehúsa a perecer, en la que los ritos de la alimentación, que también los tenemos nosotros, justifican la práctica. Diferente es el caso de Irán, donde a nombre de esa defensa de lo tradicional, lo que está en juego son las estructuras de poder: el sometimiento del débil pasa en esa sociedad por el hecho de que el poderoso controle todos y cada uno de los aspectos de la vida privada, desde listar los cortes de pelo “occidentalizadores” para prohibirlos hasta, en este caso, prohibir tener “animales impuros” de mascota. Ergo, para definir mi posición final, creo que el caso chino puede ser justificado, con la misma lógica que justificamos el que nosotros comamos toda clase de animales, pero el caso de Irán es diferente, pues se trata de cualquier otra cosa menos de la defensa de inocentes animalitos: Se trata de atacar, como es deber moral, la opresión estatal.

Esteban

Anuncios