Bin Laden y las teorías de complot

Posted on 05/05/2011

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Michael Moore tiene razón. Osama Bin Laden habrá muerto, pero ganó la guerra – su guerra. El objetivo del comandante de Al Qaeda fue siempre implantar el temor entre los “infieles” – léase los Estados Unidos y sus aliados – y, si se puede de paso entrar al martirio, pues tanto mejor. A diferencia de los líderes de ciertos países del mundo musulmán, que declaran al martirio como la mayor gloria pero dado el momento de la verdad se esconden bajo las piedras, Bin Laden realmente se lo creyó. Y al ejecutarlo, los Navy Seals le regalaron el premio mayor.

Con la muerte de este señor, su victoria es total. Los norteamericanos no sienten menos temor, sino que éste los ha dominado hasta el punto de poner en duda los principios humanitarios más elementales. Han violado leyes éticas y de derechos humanos para conseguir la información sobre su paradero, para deponer el gobierno que lo asilaba, y para rendir “justicia” contra el asesino de miles de inocentes – y algunos no tan inocentes.

Pero la mayor muestra de su victoria es la profunda falta de credibilidad que tiene su propia muerte. Alrededor de Bin Laden se han tejido desde hace una década toda clase de absurdas y fantasiosas teorías de complot (o de conspiración, para transliterar del inglés conspiracy theories). Estas teorías se han ido desmintiendo con bastante facilidad hasta hace unos días, gracias al simple hecho de que la explicación oficial tenía mucho más sentido que la explicación “conspirativa”. Por desgracia, en el caso de los sucesos del 1º de mayo de 2011, este principio no se verifica. La explicación oficial, en particular sobre la disposición del cuerpo de Bin Laden en una manera incluso ofensiva pero sobre todo claramente enfocada a impedir una autopsia, y la negativa a exhibir la fotografía del occiso, así como el desvío de las sospechas hacia Pakistán, que claramente no tenía la capacidad y solidez institucional como para asegurar resultados o incluso garantizar la confidencialidad respecto a la información de inteligencia. Todo este enredo hace, desgraciadamente, más creíbles las teorías que dicen que o bien el señor no ha muerto, o ha muerto hace tiempo pero recién ahora se busca adjudicar una “victoria” sobre su organización, o bien nunca existió y en realidad Bin Laden es un mito, este último por supuesto siendo el menos creíble.

Sea como fuere, el hecho es que los estadounidenses ya están tan asustados, tan aterrorizados, que las convenciones internacionales de derecho internacional público, derechos humanos y derecho humanitario han sido todos pasados por la torera, que hay mucha gente, sobre todo autoridades federales, que justifican la tortura y el asesinato selectivo como razonables cuando se trata de defender la seguridad interna de su país, que mantienen en vigencia las leyes de Bush tendientes a limitar las libertades individuales de sus propios ciudadanos, que las teorías de complot parecen más creíbles que la versión oficial de los hechos, en fin, que la base misma de lo que los estadounidenses presumen define su identidad nacional, esto es, el liberalismo exacerbado, ha tambaleado muy seriamente. Y ese, en el fondo, era el objetivo de Osama Bin Laden.

Esteban

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