Entre la secta Moon y María Galindo

Posted on 11/05/2011

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Hay que admitir de entrada que María no es ningún angelito. Pero sus métodos, confrontacionales hasta la locura, logran algo que nadie más en Bolivia logra de otra manera: al escandalizar, confrontar y cuestionar hasta lo más profundo de nuestras creencias, logra realmente interpelar no al gobierno, no a alguna institución, sino a cada individuo. Y eso provoca, en mi caso, admiración. Ácrata como soy, coincido mucho con su posición política, pero la otra cara de mi moneda, el ser obsesivamente racionalista, me hace rechazar los elementos a veces exageradamente teatrales y fanáticos de su posición feminista, que es primero y antes que cualquier otra convicción suya la bandera de su lucha.

Todo esto viene a colación respecto de lo sucedido el sábado 7 de mayo, en el más absurdo y secular/milenarista de los actos fundamentalistas del gobierno del hermano Evo. Que no se haga la santa, María fue al Coliseo Cerrado a confrontar, cuestionar, y, conociéndola, insultar y denigrar a las autoridades, con la clara y firme intención de victimizarse para lograr mucho más impacto mediático. Y lo logró. Y es más, la felicito con absoluta sinceridad y candidez por ello, creo que alguien tenía que poner en seria cuestión toda esta payasada circense, machista y patriarcalista a morir, que se inventó el Ministerio de Culturas, paradójicamente ahora dirigido por una autoproclamada feminista (la misma que cuando era diputada no dijo nada cuando vino el señor Ahmadineyad a humillar a las mujeres bolivianas).

Y es que la ceremonia moonita (que no se hagan a los muy originales tampoco) no tiene utilidad alguna en términos prácticos para los “beneficiarios” que no sea la condición clientelar de la promesa de viviendas. Así cualquiera se casa en patota. Cualquier hombre, porque total no es él quien luego deberá administrar ese hogar, aguantar las borracheras y la violencia de su pareja, parir al menos media docena de hijos y finalmente sufrir el abandono y el olvido. Y aunque hayan dado su consentimiento como manda la ley, dudo mucho que la mayoría, ni siquiera todas, de estas mujeres realmente haya tenido el deseo de casarse, sino que fueron obligadas y coercionadas por su familia en contubernio con su futura pareja, como ha sido la “tradición” “milenaria” de la cultura aymara.

Siendo más legalista aún, el artículo 4 de la nueva y tan pomposamente promulgada Constitución Política separa completamente religión y Estado, por lo que no se entiendo porqué el gobierno organiza y promueve una ceremonia religiosa, por más andina que fuese (que tampoco lo era, dado que el matrimonio como liturgia no existe en la cosmovisión andina). Ahora, que se hubiera tratado solamente de una distribución masiva de certificados civiles como se hizo en algún momento con los certificados de nacimiento, pudiera todavía comprenderse, y eso que nuestro Código de Familia reconoce a las parejas de unión libre todos los derechos y obligaciones de la pareja casada. Pero no, de lo que se trató fue del uso dispendioso de recursos financieros que nos pertenecen a todos, para montar un show demagógico y fundamentalista con 300 parejas indígenas para consagrar una práctica que no por “antigua” se hace menos patriarcal. Habrá que preguntar cuánto costó el espectáculo, que seguramente fue mucho más barato que el show lastimero/patriotero del viernes 29, pero no menos ridículo y dispendioso.

En cualquier caso, si de lo que se trata es de acercar los servicios estatales de Registro Civil a los ciudadanos de las áreas dispersas, digo yo, ¿por qué no hacen precisamente eso? Estas comunidades tiene autoridades originarias ya reconocidas constitucionalmente, ¿no sería más simple y barato darles ciertas potestades de Oficial de Registro Civil, con la capacitación y por supuesto la responsabilidad funcionaria que corresponden, y pare de contar?

Esteban

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