In memoriam Cayetano Llobet

Posted on 07/09/2011

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A Cayetano lo conocí primero en la tele, a pesar de que era amigo de muchos años de mis padres – ellos se conocieron en Lovaina allá por los años 60 – y ya era una celebridad cuando lo conocí personalmente. Fue mi docente en la Universidad Católica, en una materia optativa que tomamos no más de doce alumnos de pura pasión por la turbulenta historia política de Bolivia. Y vaya si sabía de esos temas Cayetano.

A pesar de que era ya un hombre mayor, y sobre todo a pesar de su muy conocido carácter fuerte e impaciente, muy rápidamente nos dio la confianza suficiente como para hablarle de “tú” y hacer las preguntas más peliagudas que se nos pudieran ocurrir. Y la respuesta era siempre inteligente. No siempre ideológicamente coincidente con mi forma de pensar, mucho menos cuando tenía 21 años y pensaba poder cambiar el mundo yo solito, pero era siempre inteligente. Y eso, cuando uno estudia en una universidad llena de docentes mediocres y poco motivadores (que también habían de los buenos y de los excelentes, pero eran contadas excepciones), es un enorme mérito.

Como el mundo es un pañuelo y La Paz un grano de polvo, nos volvimos a encontrar varias veces una vez que salí profesional. Cayetano siempre se acordaba de mí, lo cual era un verdadero halago dada la diferencia generacional. Quizás pasaría el tema porque Daniela, su hijastra, era compañera y muy amiga mía, o porque la pareja de ella, Gonzalo, también quedó siendo amigo mío y colega escribidor/opinador, luego de haber sido, él también, mi docente. Quizás porque cayó en cuenta que yo era hijo de mi papá. O quizás simplemente porque los domingos siempre lo veía en el café La Terraza de San Miguel, donde uno simplemente con su presencia habitual puede ser reconocido claramente como parte del mundo de los que sin ser de derechas, sin ser nostálgicos de los 20 años de neoliberalismo y sobre todo sin ser identificables con militancia alguna, creemos firmemente que Evo podía haberlo hecho mejor – mucho mejor.

Cayetano era renegón, impaciente, apasionado, muy inteligente y mucho, muy leído. Reitero, muchas veces, es más, la mayor parte de ellas, personalmente no estaba de acuerdo, o al menos tenía observaciones, sobre la posición que tomaba respecto a los temas del debate democrático, pero siempre tenía una posición tomada y la agenda no se debatía sin tomar en cuenta su opinión. Por ello, su partida, dignísima, ejemplo de lo que debe ser una despedida con la frente en alto y a su manera, como todo lo que hizo en vida, es una gran pérdida para el debate democrático en Bolivia. Quizás esto suene hasta morboso, y tenga la seguridad su familia que lo digo con la mayor admiración y respeto, pero Cayetano ha sido el ejemplo de que a una gran vida debe seguir una gran muerte.

Esteban

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