¡Pobre Temis!

Posted on 21/09/2011

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Para nadie es secreto ya a estas alturas que las leyes de tránsito se aplican según la cara del cliente – o lo caro que parezca su auto. Esta forma selectiva de persecución a las faltas administrativas hace que al final nadie sepa a qué atenerse y dependamos todos más de la suerte que de la buena conducción o la educación ciudadana. Normalmente,la Policía actúa con severidad solamente cuando existen cámaras en el sitio del incidente, o muy ocasionalmente cuando existe una orden de la “superioridad”. El resto del tiempo, el control es laxo y está sujeto casi invariablemente a la coima y la “charla”. Tanto es así, que cuando uno es orillado por alguna falta (la razón clásica es haberse olvidado qué día de la semana era y entrarse por descuido al área de restricción vehicular, por ejemplo) y solicita al agente de parada que le extienda la respectiva boleta de infracción para ir a pagar su multa a la oficina como buen ciudadano, este no tiene boletas, pide la sanción ahí mismo o termina por rendirse y dejar pasar (“que sea la última vez”).

Estas verdades de Perogrullo vienen a colación no porque quiera seguir dando palo ala Policía, cosa que ya he hecho antes y no quiero ser cargoso, sino para hacer una comparación con la justicia boliviana: a mucho mayor escala, es pues exactamente cómo funciona nuestro sistema judicial, especialmente el penal. Por años, probablemente desde antes de la fundación dela Repúblicahoy difunta, la lógica ha sido la misma: la severidad existe en la medida que el defendido tenga la mala suerte de no contar con medios para su defensa – legal o no tanto – o bien que haya presión política o mediática en su contra. Inversamente, cuando nadie está mirando, las cosas transcurren con tremenda lentitud, laxitud y falta de voluntad por resolver las cosas. La justicia en Bolivia por ello no es tal, las pruebas, alegatos, procedimientos, exámenes cruzados y demás elementos del proceso judicial son una farsa que se cumple solo por cubrir las apariencias, mientras todas las decisiones se toman fuera de la audiencia, en pasillos o por mensaje de texto.

Por eso, muchos cifraron sus esperanzas en la elección de las autoridades judiciales. Si bien nunca fui partidario de esta práctica, incluso propuse en su momento, hace unos cinco años, que se haga la selección de autoridades judiciales por listas hechas por mérito como era antes, pero que estas listas luego sean validadas por el pueblo mediante Referéndum, mecanismo que ahora nos haría mucha falta por cierto. La idea era, por supuesto, transparentar, legitimar, dignificar y hacer responsables (accountable) a estas autoridades y por tanto a todo el sistema. Sin más ni más, de manera por cierto obvia y predecible, el gobierno del MAS echó esta esperanza por tierra.

Retrocediendo un poquito, ha sido el mal funcionamiento, la falta de transparencia, la cola de paja de los jueces lo que permitió al MAS la captura del poder judicial. Empezaron usando a los jueces comprometidos políticamente, pero fueron muy pocos pero además poco leales. Cuando eso fue insuficiente, comenzaron a comprar jueces, pero era muy engorroso y caro. Finalmente, en una estrategia urdida quién sabe por quién, se los agarró por su mayor debilidad. Si no todos, casi todos los jueces de instancia habían cometido algún pecado mortal alguna vez en su vida. Bastó con hurgar un poco la llaga para que salte la pus. Inmediatamente, se iniciaron, sin demasiada publicidad salvo por uno o dos casos que debían servir de ejemplo, procesos penales que nadie tiene intenciones de terminar. La idea es tener chantajeados, intimidados y amedrentados a los jueces para que obedezcan a pie juntillas las órdenes que emanen dela Av.Arce.Si no, cana. Brillante, tétrico y brillante.

Obviamente ahora que tienen la sartén por el mango no la van a soltar. Las elecciones judiciales, en las que todos los candidatos tienen como único mérito el haber sido adecuadamente apadrinados, no son más que el intento del gobierno por consolidar y legitimar este esquema de captura absoluta, secuestro incluso, del sistema judicial.

Esteban

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