La verdad os hará… Esclavos

Posted on 02/11/2011

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En 1965, el doctor Solomon Asch pidió a un grupo de personas que indicara cuál de las varillas que les mostraba era más larga que las demás; una lo era evidentemente. Entre esas personas se encontraban los cómplices del investigador que, siguiendo sus instrucciones, emitían opiniones erróneas y elegían unánimemente las varillas equivocadas. 76% de los sujetos sometidos al experimento, después de un rato de incómodas dudas, respondían en contra de su percepción pero de acuerdo a la respuesta grupal.

A lo largo de la historia, el efecto demostrado por Asch fue utilizado una y otra vez por sectas, grupos militares o, lo más grave, gobiernos totalitarios, para lograr la obediencia de las masas y que la opinión pública sea permanentemente favorable al partido gobernante. En 1951, el periodista Edward Hunter utilizó por primera vez en un artículo publicado el término “lavado de cerebro” para describir la manera cómo el adoctrinamiento sistemático y la manipulación de la verdad por el gobierno de Mao Zedong en China había convertido a sus habitantes en poco más que zombis autómatas incapaces de generar un pensamiento crítico por sí mismos.

Pero si el término era nuevo, la táctica no lo era. Desde siempre, los poderosos han intentado, y muchas veces logrado, manipular y formar la manera de pensar de las personas, a partir de una constatación elemental: es fácil conseguir que cualquier individuo haga cualquier cosa si se lo somete a una táctica psicológica llamada persuasión coercitiva, esto es, impedir u obligar a alguien a hacer algo a través de presiones físicas o mentales, generando el colapso moral o emocional del sujeto a base de ansiedad, culpa o conflicto interno. El ser humano es por naturaleza gregario y su instinto le instruye adecuarse a lo que el grupo hace, dice o piensa, y contar con que el grupo a cambio lo acogerá y protegerá. Si esta relación necesaria se rompe o se ve seriamente amenazada, el comportamiento del sujeto se adecuará a lo que se espera de él para ser aceptado o para que el peligro o la presión cesen.

Aunque la intensidad del proceso puede variar enormemente según se trate de una persona (maltrato psicológico en el hogar, por ejemplo), un pequeño grupo de personas (una secta, un ejército irregular) o grandes masas de personas (regiones o países enteros incluso) quien o quienes sufrirán el lavado cerebral, los pasos son siempre los mismos. Robert Lifton los llamó los seis pasos del totalitarismo, y consisten en la negación o sustitución de la identidad, como primera fase, por la cual el sujeto es catalogado sistemáticamente como perteneciente a una identidad indefinida. Todo rastro de individualidad es negado sistemáticamente, y el sujeto es o bien humillado por su pertenencia a cierta categoría juzgada indeseable (mala mujer, comunista, imperialista, condenado, etc.) o reforzado por su pertenencia al grupo deseado. EL mundo se convierte en completamente maniqueo, donde solo es posible pertenecer o no pertenecer al grupo. Ellos versus nosotros.

Una vez destruido el yo del sujeto, la siguiente fase consiste en la implantación de la culpa: si no pertenezco, si no soy, algo debo haber hecho mal. Según los sicoanalistas, todos los seres humanos tenemos innatos sentimientos de culpa acumulados durante nuestra experiencia de vida. EL manipulador utiliza ese sentimiento de culpa escondido a su favor, echando en cara al sujeto cualquier acción que realice como traición ya sea al grupo poderoso o al grupo al que pertenecía previamente el sujeto. Así, la única vía de salvación frente a la culpa es aceptar el camino del manipulador

Esta aceptación abre el camino a la tercera y más crucial fase del programa, que es el conflicto o dilema moral. El sujeto al sentirse culpable y tener debilitado su Yo cuestiona sus propias creencias y convicciones o, en el peor de los casos, se ve forzado a actuar de manera contraria a su pensamiento, entrando en lo que se llama disonancia cognitiva. Esta disonancia debe instintivamente ser neutralizada, ya sea con el cese de la acción cuestionable, ya sea con su justificación. Cuando esta disonancia es provocada por un agente externo, el manipulador en este caso, es muy difícil lograr el cese del acto disonante, por lo que el sujeto se ve obligado a intentar justificarse a sí mismo la acción reprensible. Una vez cruzada esta barrera, ya no existe retorno.

Cuando los tres procesos de destrucción de la personalidad del sujeto se concretan, el sujeto busca canalizar la culpa. Cuando el sujeto se siente culpable por su no aceptación por el grupo poderoso, para buscar un equilibrio interno el sujeto busca proyectar ese sentimiento de culpa hacia quienes cree son responsables de su “error”. En este proceso, el manipulador jamás resulta ser culpable de la situación del sujeto.

Una vez el sujeto proyecto su culpa hacia los otros, es el momento para el manipulador de mostrar al sujeto su “gran verdad”, el camino del balance y la compensación que darán al sujeto la sensación de sosiego y paz interior que ha perdido tras la destrucción de su personalidad. Esta “gran verdad” suele ser una revelación religiosa o una doctrina política, o simplemente el comprender que la única vía por la que el sujeto puede garantizar su bienestar (moral, material o espiritual) es obedeciendo al manipulador, conclusión que constituye la sexta y última fase del lavado cerebral.

El sujeto ideal para esta manipulación suele ser la persona de poca madurez intelectual, poco reflexiva o que tiende a aferrarse a “grandes verdades” tales como las supersticiones, los prejuicios o los autos de fe. Por lo tanto, la manera de protegerse de este tipo de manipulación es la reflexión crítica, la razón y la afirmación de la individualidad mediante la no pertenencia o la pertenencia cautelosa y crítica respecto de cualquier grupo que busque uniformar el pensamiento.

Esteban

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