Patrimonio: esa maldita bendición

Posted on 02/12/2011

0


La Paz es probablemente una de las ciudades más eclécticas del mundo. Acá no solo todo está mezclado, de hecho está revuelto. Estéticamente, o peor, en términos de sentido del orden, probablemente no sea lo más agradable (piense el lector, si ha tenido la suerte de recorrer un poco la región, en ciudades como Arequipa, Quito o nuestra propia Sucre, ejemplos de áreas patrimoniales homogéneas), pero no me queda la menor duda que precisamente esa enorme diversidad, incluyendo los edificios que son un insulto a la retina como aquel rosa/fucsia de la Héroes del Pacífico, la que le da un formidable carácter a La Paz.

También parte del carácter de La Paz es su permanente transformación. Como la cantante Madonna, Chuquiago se reinventa cada tantos años. Y de cada periodo quedan rastros, a veces cicatrices, que son los que generan justamente ese carácter único.

Dicho esto, creo firmemente que es necesario que La Paz preserve su memoria histórica y proteja los ejemplares más emblemáticos de estos periodos arquitectónicos, justamente para no arriesgar perder ese carácter que nos define como paceños. Pero creo, y que el Alcalde me perdone, que hasta ahora lo hemos hecho todo mal en ese sentido. Creo que la preservación de nuestro acervo arquitectónico no es un tema simplemente de hacer catálogos y declarar protegidos los bienes ajenos por Ordenanza. Así, lo único que se logra es generar un mercado negro de bienes, destinados a su demolición para construir propiedad horizontal, peor en una ciudad tan hambrienta de espacio físico, mucho peor cuando de la manera más incoherente permitimos legalmente la construcción de enormes torres sobre las vías estructurantes, que son donde justamente mayor patrimonio hay. Este es un tema de racionalidad económica: mientras no sea más rentable (y no estoy hablando necesariamente solo de dinero, hay varias formas de rentabilidad) conservar el patrimonio que dejar que se caiga para hacer parqueos, todos los esfuerzos hechos con mentalidad policial serán vanos.

Para cambiar la lógica, la primera tarea es generar una demanda por bienes y/o servicios generados desde los inmuebles patrimoniales, así tenga que hacerse artificialmente (mediante una empresa municipal por ejemplo). Esto implica invertir de manera seria y coherente en proyectos de refuncionalización de bienes inmuebles patrimoniales – como fueran los casos aún muy escasos pero de mayúscula importancia de la Galería República, el Wali Suma o en su tiempo IsMar o La Maravilla. Implica también revertir el proceso de tugurización del centro histórico mediante la generación de vivienda (ya sea de interés social, ya sea más bien con un proceso de gentrificación). E implica, finalmente, que los servicios públicos del centro sean modernizados – incluyendo el ordenamiento del comercio informal –, como fuera un muy buen comienzo el PRU, hoy en proceso de cierre sin una clara sucesión institucional y por tanto en riesgo de que no sean sostenibles sus intervenciones, en particular el polémico mercado Lanza. Todo esto, además, debe hacerse simultáneamente o al menos en secuencia rápida, de manera coordinada y de tal suerte que ninguna de las patas del trípode esté ausente – de hecho, el fracaso de La Maravilla y de IsMar se debió fundamentalmente a una pérdida crónica de mercado por la tugurización habitacional y decadencia de los servicios en el centro que caracterizaron los años 90. Hoy en día, a pesar del esfuerzo loable de la alcaldía para revitalizar el centro, lo cierto es que ningún negocio (salvo los bares y cantinas) funciona los fines de semana. En esas condiciones, es pues lógico que el dueño de un inmueble patrimonial, mucho peor si es una sucesión indivisa con varios dueños, tenga más interés en que su casa se demuela y se convierta en un edificio de oficinas o de parqueos que funciones de lunes a viernes.

Esteban

Anuncios