Y al final de todo, ¿qué es ser boliviano?

Posted on 01/02/2012

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Una columna firmada por Carlos Toranzo y a su vez provocada por el debate sobre la necesidad de insertar la categoría “mestizo” en la autoidentificación étnica del encuestado para el próximo censo nacional, me induce a tratar de, si no definir, tarea cuasi imposible, al menos dar una aproximación más o menos decente de lo que significa hoy en día ser boliviano.

De entrada, valga aclarar que, como antinacionalista militante que soy, esta aproximación teórica no pasa por grandes adulaciones, fábulas fascistoides ni reivindicaciones marítimas ilusas, virtudes míticas que nosotros nos atribuimos solitos por el solo hecho fortuito y necesario, como dice mi amigo y maestro Carlos Hugo Molina, de haber nacido aquí.

Me refiero más bien al análisis sociológico y político derivado de la autoidentificación del Uno como “boliviano”. Y he aquí que se nos presenta un problema serio, pues a partir de la nueva Constitución Política del Estado, se abre una especie de esquizofrenia colectiva donde uno puede ser dos cosas a la vez.

Ahora bien, siendo una de las muchas personas del mundo que goza, por obra y gracia de las convenciones legales distintas acá y en las Europas, de la doble nacionalidad, este elemento “esquizofrénico” no debería significar un problema. Si uno puede ser boliviano y belga a la vez, también puede ser boliviano y aymara, o quechua, o mosetén a la vez, sin que uno y otro criterio sean mutuamente excluyentes.

El problema en realidad es otro: a partir de esa doble personalidad del boliviano (o del 60% aproximadamente de ellos, como veremos más adelante), nacen una serie de privilegios, y por tanto de exclusiones, que restan valor a quienes son solamente bolivianos, sin más aditamentos. Y la más grave y preocupante exclusión es, irónicamente, la del derecho a la autoidentificación étnica. La deconstrucción del Estado mestizo emprendida por los teóricos postestructuralistas que manejan la visión política del gobierno masista pasa por la negación al 40% de los bolivianos, los urbanos-mestizos que nacimos en estas tierras, de la posibilidad de adscribirse a una identidad más precisa que solo la genérica de “bolivianos”.

No es ninguna novedad, me dirán quienes reivindican la identidad indígena. Durante más de 500 años, la identificación como indígena, más aún, la autoidentificación como sirionó, wenayek o uru-murato era formalmente imposible, siendo uno de los aspectos más deplorables del colonialismo del que aún no logramos del todo deshacernos. Acá habrá que admitir que esto es cierto, aunque con diferencias importantes entre periodos históricos, siendo el último periodo democrático previo a la destrucción de la vieja República uno de enormes saltos que permitiron, ¡oh sorpresa!, que sea electo Presidente por mayoría absoluta de votos un aymara.

Pero no es pagando con la misma moneda a los mestizos y criollos de esta tierra que vamos a lograr la cohesión social. Esto me lleva a volver al tema del presente tecxto. Hoy en día ser boliviano es un criterio necesario pero no suficiente de autoidentificación. Para ser ciudadano pleno en el Estado Plurinacional, es necesario ser boliviano y algo más. Ese algo más es lo que está en juego con las preguntas del censo. Si se da una lista cerrada de posibilidades, y un solo ciudadano, uno solo, no encuentra en esa lista la respuesta correcta a lo que él considera que es su identidad como ciudadano con todos los derechos y obligaciones que ello implica, se habrá cometido un crimen de lesa humanidad. Por lo menos que se permita responder “otros” con un espacio en blanco al lado para poner lo que uno piensa. Si, finalmente, como encuestado considero necesario autoidentificarme como boliviano y venusino, habré ejercido mi derecho a la ciudadanía plena, o para decirlo en términos cartesianos, mi derecho a existir en tanto persona. Y entonces, solamente entonces, podré identificar lo que tengo en común con mis paisanos, para poderme definir como boliviano.

Esteban

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