Primero de Mayo: ¿Dónde estamos?

Posted on 02/05/2012

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Un Primero de Mayo más pasó y se fue, sin que realmente alguien se haya detenido a reflexionar sobre la situación de los trabajadores en el mundo y en particular en Bolivia. O al menos nadie que yo sepa. Si uno compara con el origen de la celebración, obviamente, la situación ha mejorado sustancialmente. Al menos ya no colgamos a la gente por hacer huelga, salvo en algunos países mucho muy primitivos. No obstante, si uno compara la situación de los trabajadores, entendidos como las personas que venden su fuerza de trabajo a un tercero, comparada con el año 2000, la situación ha empeorado dramáticamente.

En los países desarrollados, donde se paga un seguro de desempleo, los niveles de paro son alarmantes, rodeando –algunos años por encima, otros a penas por debajo– el 10%, es decir, una de cada 10 personas en edad de trabajar no consigue trabajo. Para colmo, la calidad de vida fue gravemente afectada por las crisis norteamericana del 2008 y europea del 2010, ninguna de las cuales ha terminado del todo, y las cuales han afectado muy seriamente los derechos de vivienda y crédito en el primer caso, y los servicios públicos y de protección social en el segundo.

La situación, si alarmante en los países ricos, es aún mucho peor en la mayoría de los países pobres. Si bien el desempleo abierto se mantiene en cifras relativamente bajas – 6% en Bolivia –, estos números son mentirosos y no reflejan una realidad terrible: Solamente entre 10 y 20% de la Población Económicamente Activa en nuestros países tiene un empleo digno, entendido como un empleo con un salario que alcance a cubrir las necesidades más elementales, con cobertura social de corto y largo plazo y con estabilidad suficiente. La precarización laboral, de hecho, ha alcanzado, al menos en el caso de Bolivia, incluso a los sectores donde tradicionalmente había mayor cobertura social, en especial el sector público.

Prueba clara de ello es el paro médico que ya dura más de un mes en nuestro país y por el que lo que está en juego es mucho más que la cantidad de horas trabajadas, que no es un tema insignificante. Hoy todo el que trabaje para el Estado está bajo riesgo serio de ser considerado funcionario, perdiendo todos los derechos de indemnización, incluso si es maestro, obrero de una fábrica estatal o azafata de BoA. Y ojalá eso fuera todo: hoy en día, al menos la mitad de las personas que trabajan para el Estado tienen contratos eventuales bajo régimen civil, o aún peor contratos de consultoría en línea. Digo aún peor porque el consultor, a diferencia del eventual, no solamente no recibe beneficio laboral alguno (antigüedad, vacaciones) sino que además paga entre impuestos y AFP un 60% de su sueldo.

A la falta de trabajo se suma a la imposibilidad de generar ahorro, dada la diferencia entre la inflación “oficial” y la real, que hace que el valor real de lo percibido haya caído constantemente en los últimos años, mientras los salarios del sector público se han mantenido congelados o incluso han sido disminuidos con falsos “planes de austeridad” que no se reflejan en la compra de autos, aviones, palacios y satélites de parte del Órgano Ejecutivo. Y si uno logra poner unos pesos al banco, termina pagando a la entidad financiera por guardárselo su platita porque las tasas de interés están por debajo de la inflación. Como consecuencia de ello, muchos trabajadores han optado por dedicarse a actividades especulativas como forma de compensar la caída de sus ingresos, tales como comprar y vender a mayor precio automóviles de segunda mano, o construir propiedad horizontal, o entrar en los esquemas piramidales de empresas como Yanbal o Natura, de los cuales los dos primeros implican alto riesgo y están sujetos a las burbujas de consumo creadas por otros especuladores mayores, y el último implica autoexplotación.

De hecho, cifras más o cifras menos, los países que no logran salir de sus ciclos de pobreza están todos afectados por escenarios similares. En el mundo, los únicos que muestran resultados positivos en este tema son los que han trabajado muy fuerte en apoyar, formalizar, proteger y proyectar sus pequeñas empresas productivas, que casualmente son los que hoy forman parte del exclusivo club de los “países emergentes”. Algún día tendremos que pensar seriamente en tratar de emprender ese camino.

Esteban

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