Nuevos niveles de bajeza

Posted on 15/08/2012

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La política es un juego sucio. Siempre lo ha sido, en todas partes del mundo. Los límites éticos de lo que se puede hacer con tal de minar la popularidad del adversario han sido siempre difusos, especialmente cuando el país en cuestión tiene limitaciones en su institucionalidad democrática. Por ello, no es de extrañar que en un país como el nuestro, donde todo gira alrededor de la política partidaria/electoral y no existen instituciones estatales que funcionen en base a metas y objetivos propios, los ataques entre adversarios sean de una tremenda bajeza.
Sin embargo, en nuestra todavía joven democracia formal, han existido algunas reglas no escritas que ponían algunos límites, algunos temas tabú por así decirlo, a cuán bajo podía caer un líder político para minar la popularidad de un adversario. No obstante, estos límites han ido modificándose desde el 2006, llegando a nuevos niveles de bajeza conforme pasaron los años.
Si bien la mayor parte de la degradación del debate político hacia la descalificación, la ofensa y la calumnia provino del gobierno de Evo, algunos líderes opositores han caído con mucha facilidad en el juego y han usado, a su vez, el ataque personal como principal argumento. Sin embargo, una regla todavía parecía intacta hasta hace muy pocos días: la familia. Fue, por cierto, un dirigente más bien moderado de la oposición, conocido entre otras virtudes por su calma casi flemática y su comparativa razonabilidad, quien rompió esa barrera.
El gobierno, como reacción a una vaga acusación de paternidad de un bebé traído al mundo por la hija menor de edad de una ministra lanzada contra el Presidente, ni siquiera se molestó en negarla. A decir verdad, no necesitó hacerlo. El ataque fue tan bajo que a los pocos días el dirigente opositor tuvo nomás que retractarse: la acusación simplemente fue demasiado personal, demasiado osada, afectó demasiado a gente que no tenía nada que ver en el asunto. Y el precio político de este gaffe ha de ser enorme, e inmediato.
El error tuvo varios niveles. Primero, este dirigente regaló al gobierno una excusa para victimizarse, algo en lo que son expertos. Segundo, en una sociedad tan machista como la nuestra, el pecado denunciado se convirtió casi automáticamente en expiación, y el pecador en héroe, mientras la verdadera víctima, la demasiado joven mamá, se convirtió en sospechosa. Tercero, la madre de la chiquilla logró muy fácilmente desviar la atención del tema de fondo asumiendo el “error” de haber descuidado a su familia, cuando una Ministra no tendría porqué justificar su relación familiar con su carrera política. Que quede como lección para todos los líderes opositores: nunca se metan con los sentimientos del pueblo, así sean sentimientos equivocados.
Esteban

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