¡Cuidado! ¡Paceños al volante!

Posted on 08/11/2012

2


No se me ofenda nadie. Toda generalización duele, y cuando uno se siente aludido no acepta fácilmente a las críticas. Y este es el caso especialmente cuando se habla de cómo nos comportamos los paceños al volante. Una parte fundamental del problema es que nunca asumimos la responsabilidad propia: todo siempre es culpa de los demás. Hacer un examen de consciencia es pues justo y necesario. Los paceños debemos estar entre los peores conductores del mundo.

No se trata aquí de despotricar porque alguien me cerró el paso o perjudicó mi búsqueda permanente de romper el récord del mejor tiempo de recorrido entre la oficina y la casa. Para que se sepa bien de qué estamos hablando, basta mirar cualquier noticiero nacional, cualquier día de la semana. Todos los días, casi sin excepción, se reportan accidentes notables de tránsito, siempre causados por imprudencia del conductor. Frecuentemente son accidentes fatales, pero los que no lo son causan dolorosas heridas y daños importantes a los bienes públicos y privados. Y es tal nuestra ignorancia sobre el tema, que todo lo queremos resolver con poner más rompemuelles, como si el tránsito en La Paz no fuera ya suficientemente complicado como está.

Veamos cuáles son algunas de las causas más frecuentes para estos accidentes. Está por supuesto en primer lugar el profundo alcoholismo del que estamos enfermos como sociedad, y que por más radicales que sean las normas emitidas por el poder central al respecto, no parece que vaya a mermar. Mucho menos si el entusiasmo de nuestros tan queridos policías para controlar el problema solo llega de manera esporádica y por algunas semanitas, para que todo vuelva a su estado primitivo al poco tiempo.

Pero más allá de esta causa evidente, hay otras que mayormente no observamos hasta que ocurre una desgracia. Aún creemos que los frenos del auto se arreglan con un pedazo de asbesto y un martillo, pero sobre todo que solo hay que intervenir cuando dejan de funcionar – por lo visto, nunca hemos oído hablar de mantenimiento preventivo. Todavía estamos convencidos de que los amortiguadores solo sirven para que el trasero no se aplane en las calles con baches, e ignoramos por completo el rol vital que juega el sistema de suspensión para la estabilidad del automóvil. Y ni qué decir de las luces traseras, que estamos convencidos que son de adorno – por cierto, comprar un foquito de Bs. 1,50 por alguna razón que no comprendo nos resulta prohibitivo.

Pero no solo es el problema de las condiciones del vehículo. Los paceños no entendemos para qué sirve un semáforo, creemos que es para perjudicar al conductor y hacerle perder tiempo. Para ahorrar combustible, a pesar de lo fuertemente subvencionado que está, seguimos apagando el motor en bajadas, ignorando que los frenos dejan de ser efectivos si el motor no bombea el líquido que los hace funcionar. Cruzamos avenidas sin mirar, cambiamos de carril sin mirar atrás, no respetamos el horario de uso del carril central de la infame Avenida del Libertador, ignoramos por completo los límites del automóvil que manejamos, la bocina sirve para todo menos prevenir accidentes, y cuando se usa para eso el conductor del otro auto se da por insultado, el paso peatonal solo se respeta si hay una Cebrita cerca – y a veces ni así – giramos a la izquierda, o peor, en “U”, ahí donde está prohibido, y sobre todo, manía de manías, dejamos el auto estacionado donde sea y como sea, y no hay grapa, multa, sticker o carajazo en el mundo que nos lo impida.

Ahora, no todo es culpa del conductor, aunque si hubiera que ponerle números diría que al menos un 80% sí lo es. Pero si a eso se le agregan una policía de Tránsito completamente inútil, reguladores viales sin ninguna autoridad ni competencia real, decisiones profundamente equivocadas y sin ningún tipo de asesoramiento técnico de parte de algunas autoridades municipales (véase por ejemplo la Av. Montenegro en San Miguel, es simplemente incomprensible qué estaban pensando quienes tomaron la decisión), una sobrecarga del parque automotor debida a la permisividad que hubo a la importación de chatarra por muchos años, y para rematar la torta la poca señalización existente es rápidamente vandalizada y destruida por malentretenidos.

Ha habido intentos loables de parte de la Alcaldía por revertir esta situación, a pesar de contradicciones internas, criterios equivocados y un incomprensible odio de parte de algunas autoridades (muy pocas, pero muy influyentes) hacia todo lo que tenga cuatro ruedas. Por supuesto, los educadores urbanos (Cebritas y Burritos) son un acierto enorme, gozan de enorme popularidad, son muy queridas y son “exportables” como modelo, aunque son, desgraciadamente, poco efectivas – la gente trata de comprotarse cuando están presentes, pero ahí donde no hay Cebritas la cosa vuelve al estado selvático. Algunas intervenciones viales han tenido muy buenos efectos, que se notan por un muy sencillo indicador: en todas las grandes obras viales (Av. del Poeta, Puentes Trillizos, la Pérez, el Puente Esperanza…), el tráfico es fluido y ordenado (no falta quien cree que los Puentes Trillizos fracasaron porque no tienen trancaderas, qué triste que haya gente así de negativa). Pero aún hay mucho, muchísimo por hacer. Personalmente, no creo que solo la Alcaldía debería cargarse ese “muertito” sobre el hombro. Usted, estimado lector, ¿cede el paso? ¿Aplica el uno a uno en cruces en “Y”? ¿Tiene su automóvil en perfectas condiciones? ¿Estaciona sólo en lugares autorizados? ¿Aplica la cooperación mutua para que todos lleguemos a destino?

Esteban

Anuncios