Marimar (¡Ay!)

Posted on 06/02/2013

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Horror de la guerra¡Con qué facilidad caemos en la trampa del chauvinismo! Un primer globo de ensayo lanzado por el señor hermano Vicepresidente en diciembre falló, es cierto, pero con la explosiva mezcla de jefes de Estado oligofrénicos, patrioterismo exacerbado y algunas hormonas revueltas, el régimen masista logró su cometido: poner como único tema en la agenda nacional, perdón, plurinacional el más que centenario tema del enclaustramiento marítimo, llevándonos a posiciones fanáticas y muy peligrosas para olvidarnos de problemas como las redes de extorsión, el patriarcalismo violento o la falta de respuesta a problemas como el empleo y la distribución de la riqueza.

Aunque las prácticas de ingeniería política del masismo ya no sorprenden – estamos ya acostumbrados a ellas – sí llama poderosamente la atención la posición absolutamente irracional que asumen demasiados compatriotas cuando se les toca en “esa” llaga. El féisbuk, siempre tan invitante a enfrascarse en discusiones bizantinas con la adicional ventaja de la impunidad (ojo, no es que critique la impunidad en sí, todo el mundo tiene derecho a rebuznar como mejor le parezca), ha permitido ver a qué extremos de ridiculez suicida podemos llegar. No ha faltado quien, no habiendo logrado superar mentalidades decimonónicas, proclama a cuatro vientos la necesidad de ir a la guerra. Así, con esa crudeza y ese descriterio. Ante ese fanatismo, no hay argumento, raciocinio ni sentido común que valga. Total, como saben que al frente de batalla no van a ir ellos a hacerse masacrar…

El arte de la guerra como herramienta política de cohesión tras un líder no es algo nuevo. Al contrario, es una de las formas más antiguas de agrupar a la población tras un “ideal”, violento y patriarcal, donde los réditos del jefe de la tribu pueden ser enormes, y el precio, real o potencial, en vidas, en destrucción de la economía nacional, en destrucción moral de la sociedad y en merma del capital humano es también monumental. Tal vez los opinadores de marras se creen que la guerra es como en los videojuegos o las películas de Rambo, y no se les pasa por la mente el horror que implica. Y aún si los líderes políticos son un poco más responsables –nadie en un discurso oficial ha hablado si quiera por las tapas de esta posibilidad– las fuerzas que se sueltan gracias a la bravuconería pueden llegar a presionar al resto al punto de que el temor se convierta en realidad.

No suelo sermonear en este espacio, pero creo que debe ponerse un freno inmediato y en seco a estas actitudes beligerantes. A riesgo de ser tildado de traidor a la patria, a riesgo de que se me pida públicamente que renuncie a mi nacionalidad boliviana por ser indigno de tal categoría, denuncio pública y abiertamente a los chilenófobos irracionales de violación directa y pública al artículo 10 parágrafo I de la Constitución Política del Estado que, les guste o no, está vigente, aunque el gobierno se empeñe tanto en quebrantar sistemáticamente. La hipótesis “guerra” simple y sencillamente no es una opción. Acá no importa la superioridad o inferioridad militar, no estamos hablando de fútbol. Acá no importa lo mucho que resintamos la agresión, que no hay duda alguna que lo fue, que Chile le propinó a Bolivia hace 135 años. Acá no importa el costo adicional que implica comunicarnos comercialmente con el mundo por el puerto de Arica o el de Iquique. Acá lo único que importa es el principio básico, fundamental, de la defensa de la vida de las personas, valor supremo y que está por encima –disculpen la tautología – de cualquier otra consideración. Yo no estoy dispuesto a sacrificar la vida de mis hijos por un trozo de desierto con costa, ¿y usted?

Esteban

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