La importancia de llamarse Juan Mendoza

Posted on 20/02/2013

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Juan MendozaDon Juan Mendoza fue un pionero. Más que eso, un pionero orureño, es decir, nacido y criado en una ciudad y un departamento cuya importancia en el contexto político, y muy a pesar suyo, ha ido mermando fuertemente a lo largo del siglo XX, al cambiar el eje del desarrollo boliviano del norte-sur al este-oeste. Pionero de la aviación nacional, héroe de guerra, impulsor de la modernización que buscaba el país en la primera mitad del siglo XX, más allá de lo criticables que fueran las posiciones ideológicas detrás de ese proceso.

No es pues casual que el aeropuerto – cuya utilidad no discutiremos hoy pues es harina de otro costal – de la capital del folklore boliviano haya sido bautizado en su honor. Mendoza había luchado incluso contra las vicisitudes propias de la política criolla boliviana para lograr su cometido de convertirse en aviador a inicios de los años 20, e incluso contra el centralismo paceño cuando Bautista Saavedra secuestró su avión. Don Juan Mendoza, el mecánico orureño, merece pues todo el reconocimiento como personaje histórico fundamental, y el homenaje realizado en su honor ha sido, sin dudas, bien merecido.

No voy a caer aquí en la trampa tendida por los partidos políticos opositores, de comparar a Juan Mendoza con nuestro actual príncipe y líder espiritual del Abya Yala, pues la suma de méritos y deméritos de este otro orureño solo se verán después de su muerte. No es pues éste un tema político partidario, ni debe tomarse como oportunidad para darle palo al hermano Presidente. Quienes siguen esta columna saben que seré de los primeros en aprovechar una oportunidad como la descrita, pero esta no lo es.

No, el problema es otro: El insulto a Oruro, la eliminación de símbolos de identidad y orgullo regional y su sustitución por símbolos del culto a la personalidad es demasiado grave para reducirlo a una simple comparación de personas, humanas a fin de cuentas. Esta es una cuestión de principio. Los seres humanos nos aferramos, por instinto natural, a aquello que nos identifica, al punto, ya lo decía el economista peruano Hernando De Soto, de que nuestro mundo ya no gira alrededor de bienes materiales tangibles, sino alrededor del conjunto de representaciones simbólicas de esos bienes. Haberle quitado el nombre al aeropuerto de Oruro simple y sencillamente equivale, en el subconsciente colectivo de los orureños, a haberles quitado todo el aeropuerto.

Ahora, la reacción del pueblo orureño ha sido, por desgracia o por fortuna, dependiendo del cristal con que se mire, desorganizada y con poca cobertura mediática. No digo que fuese un fracaso, pues tanto la marcha del lunes 18 como el paro del martes 20 fueron masivos, pero no han logrado lo que toda movilización popular busca, esto es, colocarse en la agenda política, lograr una reacción en el resto de la población, aquella que no se ve (aún) afectada. Y creo que este es un error profundo tanto de los medios, que no le dieron la importancia necesaria al problema, como de los habitantes de las otras urbes. A los paceños no nos afecta mucho, pues nuestro aeropuerto de llama “El Alto”, así que si le ponen de nombre Federnesio Chumbivillcas no nos va a hacer mella. Pero imagínense nomás que alguien se atreva a cambiarle el nombre al aeropuerto Jorge Wilstermann, o al aeropuerto Oriel Lea Plaza. Se armaría un quilombo capaz de hacer tambalear la mismísima estabilidad del gobierno.

Recomiendo por ello, con el nefasto antecedente que se está creando, a asambleístas, concejales y demás “representantes” del pueblo tener mucho más cuidado con este tipo de cosas. Evo Morales no pierde absolutamente nada con que el aeropuerto de Oruro no lleve su nombre. Evo Morales puede, potencialmente, perder muchísimo al insistir en este insulto al pueblo orureño. No es tarde para enmendar el gafe.

Esteban

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