Hugo Chávez Frías

Posted on 06/03/2013

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HUGO CHAVEZMe niego absolutamente a caer en la trampa del maniqueísmo en la que han caído todas o casi todas las declaraciones, publicaciones y redes sociales cuando se supo la noticia de la muerte del señor Hugo Chávez. Ni creo, si quiera remotamente, que haya sido el salvador de Venezuela y Latinoamérica como quieren recordarlo sus seguidores, ni creo, si quiera remotamente, que haya sido la encarnación del mal ni el Anticristo como quieren hacernos creer sus detractores.

El inicio del siglo XXI en Latinoamérica no se puede explicar sin Chávez. Autonombrados paladines de la justicia social como él han abundado en la mitad del siglo XX en la región (Belaúnde, Vargas, Perón, Paz Estensoro), inspirados fuertemente en las corrientes fascistas europeas de la época, pero mezclándolas con otras más sociales, tomando mucho del discurso marxista, y otras más democráticas, incluso liberales. Pero tras la crisis mortal del modelo estatista, el surgimiento del neoliberalismo como corriente de pensamiento único por casi quince años, el mundo unipolar dirigido desde Washington y la generalización de la democracia liberal en el mundo entero o casi, era impensable que volviera a surgir el caudillo latinoamericano, ese cliché de dictadorcillo de república bananera que causa tanta gracia y tanto temor a la vez.

Hugo Chávez Frías era un hombre de origen humilde, un militar primero y antes que nada, una persona muy poco educada pero a la vez muy perspicaz, con un enorme sentido histriónico, un carisma hipnotizante y una sed de justicia social insaciable. Sus dotes lo llevaron primero a alzarse en armas contra el régimen ciertamente oligárquico que estaba vigente, y, tras su fracaso, a candidatear en elecciones limpias y transparentes – las últimas que tendría Venezuela en mucho tiempo – y ganarlas a pesar de su pasado golpista. No es poco mérito.

Esta victoria, y la posterior deconstrucción completa del Estado venezolano para generar –bien, mal o regular – un nuevo régimen totalmente diferente, inspiró a otros a seguirlo. En mayor o menor grado, los gobiernos que luego se elegirían en Bolivia, Ecuador, Nicaragua pero también Honduras, Argentina, y en mucho menor medida Uruguay y  Perú, trataron de seguir sus pasos, e incluso los primeros tres que nombramos abiertamente y sin trapujos lo reconocieron como su “comandante”, sustituyendo la omnipresencia de Estados Unidos por este otro polo político. Por su parte, Cuba se arrimó muy fuertemente al gobierno venezolano, pero de otra manera, al ser el “decano” de los gobiernos “revolucionarios”.

Todo esto estaría muy bien si la realidad venezolana hubiera estado en línea con el discurso bolivariano. El sentido social, el liderazgo regional, incluso la mandada a freír monos al gobierno de Washington contrastan terriblemente con la violencia extrema de las calles de Caracas y otras cuatro ciudades venezolanas, el acaparamiento absoluto de todos los poderes en manos de una sola persona, la relación cercana con algunos de los regímenes más nefastos del mundo y con grupos terroristas, la alta inflación, la economía de mercado negro, el desabastecimiento, el endeudamiento y el despilfarro, todo ello en un país irónicamente muy rico por sus ingentes recursos petroleros.

Esteban

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