El gueto Palmasola

Posted on 28/08/2013

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carcel “Solo podremos sentirnos libres, mientras no haya un solo preso” – Bakunin

Mucho se ha dicho ya sobre la tragedia ocurrida en la cárcel de Palmasola, en Santa Cruz, en la cual perdieron la vida más de treinta seres humanos. Algunas obvias, otras no tanto, pero todas desnudando algo que ya todos sabíamos pero que pocos se tomaban como un tema prioritario. No voy a cometer el pecado de hacer un nuevo reportaje sobre algo que ha tenido una enorme repercusión en los medios, pero sí quisiera tratar de analizar este drama desde una perspectiva que va más allá de lo evidente.

Decía que todos sabíamos de las terribles condiciones en las que se encuentran los centros penitenciarios, hacinados, descontrolados, carentes de infraestructura y de servicios, capturados por mafias internas que forman estados paralelos, verdaderos guetos donde arrojamos a nuestros “indeseables” y nos olvidamos de ellos hasta que ocurre la tragedia. Los sucesos del 23 de agosto pasado eran, bajo estas circunstancias, predecibles. Y lo que es mucho peor, eran evitables. Considérese que 80% de la población carcelaria carece de sentencia. Considérese que esta población con detención preventiva se duplicó en los últimos cinco años, de 5520 el 2007 a 11988 el año pasado[1], mientras irónicamente la población sentenciada se ha mantenido más o menos estable con alrededor de 2000 privados de libertad. Y a pesar de ello, los índices de criminalidad siguen en aumento. Esta es evidencia muy fuerte de un Estado represivo, lo que se llama un Estado-Policía, que resuelve sus problemas de gobernabilidad mediante el castigo y el encierro, que en nombre de la sociedad ralea a quienes no le son útiles – o peor, en el caso boliviano – a quienes le son útiles como mano de obra esclava, dispuesta a cometer bajezas peores que las que provocó su detención en primer lugar, para poder ganarse el favor de la autoridad y tener cierta seguridad en su vida.

En Bolivia nos encanta crear nuevas leyes que incumplir, resolver los problemas con palabras y amenazar a quien se oponga al modelo de sociedad que el Estado quiere imponer con la inhumana tortura de recorrer nuestros kafkianos tribunales durante años, vivir en el encierro “preventivo” aislados de toda posibilidad de realización personal, y justificarnos este tratamiento deshumanizante con un indeleble espíritu revanchista. ¡Con qué espanto y dolor he leído decenas de comentarios en las redes sociales de gente ignorante y estúpida que se alegró por la muerte de estos “maleantes y asesinos”! Y es que claro, cuando deshumanizamos a estos nuestros parias modernos, nos deshumanizamos nosotros mismos. A los bolivianos no nos gusta la justicia, nos asusta. Lo que nos gusta es el espectáculo de la venganza, la ejecución en la plaza pública, el show de la hoguera. Así de perversos somos. Y con nuestra perversidad, reproducimos la violencia social, condenamos a los pobres, a los desdichados, a los excluidos, a los enfermos mentales. Y también, con nuestra perversidad, legitimamos nuestra propia pérdida de libertad, aplaudimos que nos filmen en la calle, agradecemos que nos espíen las comunicaciones, exigimos al Estado que nos viole nuestros propios derechos, todo en nombre de la seguridad.

Pero ignoramos que todas estas acciones no han de resolver nada. Quien delinque por necesidad, por desesperación, o por la ilusión de creerse más vivo que el sistema, delinquirá por más amenaza sobre su vida y su libertad, por más vigilancia sobre él, por más represión que se cierna encima suyo, porque ninguna de estas acciones resolverá su necesidad, su deseperación, o su autoengaño. Pero ocurre algo aún más grave: quien delinque lo hace muchas veces condicionado por el propio Estado, porque las autoridades lo extorsionan, porque le quitan su medio de vida, porque lo violentan, porque lo rebelan. Y he ahí la mayor contradicción del sistema del Estado-Policía: es el propio Estado que castiga cruelmente el delito, el que empuja al desdichado a delinquir. El Estado crea sus propios presos para justificar su control sobre todos los demás.

Pero hay caminos de salida. Como ciudadanos conscientes y comprometidos, tenemos que preguntarnos ¿qué se ha hecho hasta ahora para atacar las causas de la delincuencia? ¿Cuánto hemos avanzado realmente en cohesión social, inclusión, replicar ese compromiso ciudadano, crear respeto por lo público, lo que es de todos? ¿Qué ha hecho el gobierno – que dicho sea de paso, se escuda criminalmente en las acciones u omisiones de gobiernos pasados, algo comprensible en los primeros uno o dos años de gobierno, pero imperdonable en el séptimo año de gestión – qué ha hecho para rehabilitar a quienes han cometido un delito, para de una vez por todas crear un sistema judicial justo e imparcial, para profesionalizar a la policía, para que los jóvenes, los pobres, los adictos, los enfermos se sientan incluidos, queridos y valorados? ¿Qué han hecho nuestras instituciones para combatir la mentalidad vengativa y violenta de la sociedad boliviana? Las leyes existen, sólo hay que cumplirlas. Hay recursos humanos y financieros, instituciones y mecanismos, las herramientas están. Si no se ha hecho absolutamente nada para resolver estos problemas es por simple falta de voluntad política, pues el Estado pierde su poder, el gobierno deja de ser imprescindible, el día que ya no hayan presos en las cárceles.

Esteban


[1] Datos de la Pastoral Penitenciaria

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