Un pasado mejor

Posted on 11/09/2013

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LabuenaesposaSiempre ha habido gente que cree que todo tiempo pasado fue mejor, gente que tiene una recolección romántica de su infancia o su juventud – fenómeno perfectamente natural, el cerebro suele reprimir los otros recuerdos – y la idealiza hasta el punto de negar por completo el progreso humano. Gran paradoja de paradojas, sin embargo, hoy las redes sociales, fundamentalmente el Facebook, sirven para difundir estas rezongadas antiprogresistas y prejuiciosas, pues además este hábito es extremadamente selectivo: solamente reniego del presente en tanto no me es útil, pero ¡a ver que me quiten aquellos elementos del presente que me son útiles!

Está claro que, a pesar de los malos gobiernos, las malas decisiones, las crisis cíclicas y la repetición de errores, la humanidad ha progresado enormemente en muchas áreas. Hemos extinguido la viruela y está a punto de conocer el mismo destino la poliomelitis. Hemos acortado los tiempos de viaje en proporciones exponenciales (hace solo un siglo, viajar de La Paz a Cochabamba tomaba seis días con un buen caballo, y hasta dos semanas en mulo; hoy en día el mismo trayecto se hace en alrededor de cinco horas, dependiendo de las condiciones del camino, y en avión el viaje es de apenas media hora), hemos achicado el planeta y nos enteramos al instante de lo que sucede en el mundo entero. La esperanza de vida en todo el mundo ha aumentado en un tercio en apenas 40 años. La integración racial, a la que todavía le falta mucho, es una realidad innegable y la segregación es inaceptable en todo el mundo, cuando hace sólo 20 años aún era legal en algunos lugares del mundo, y hace 50 años era de hecho considerada como algo natural. Muchos de estos “medievalistas”, como los llamaría Isaac Asimov, recuerdan con romántica nostalgia los años 50, sin darse cuenta que si uno era negro, mujer, niño o pobre en los años 50, ¡no lo habría pasado tan bien!

Una cadena que circula en Facebook me irrita particularmente, y de hecho es la causa por la que escribo estas líneas. Según esta cadena, los niños y jóvenes de hoy son dispersos, indisciplinados y no tienen interés en la vida porque nosotros, sus padres, quisimos evitarles los sufrimientos que tuvimos cuando niños. Acá valga la aclaración. O varias aclaraciones, en realidad. Primero, que nosotros, hijos de los Baby-boomers, no sufrimos los vejámenes que dicen que sufrimos. A mí por lo menos, ni mis papás me pegaban, ni tenía yo que recoger los huevos del corral cada la madrugada (vaya uno a saber dónde creció el que escribió la cadena en cuestión, ni siquiera mis padres tuvieron que recoger los huevos cada madrugada). Segundo, que estos cambios no son signo de los tiempos, son signo de la movilidad social. Hoy en día, ser pegados por los padres y recoger los huevos del corral siguen siendo realidades cotidianas para 40% de los niños del mundo. En cualquier caso, el que el 60% restante no tenga que sufrir ni lo uno ni lo otro es una gran señal de progreso, ¿no? Tercero, cada generación sistemáticamente acusa de los males del mundo a la generación que le sigue, sin darse cuenta que el mundo en el que viven es el mundo que ellos crearon. Mis bisabuelos seguramente se enfurecían al ver a mis abuelos bailando tango o cha-cha-chá. Mis abuelos se escandalizaban con la música de los Beatles, el pelo largo y la revolución sexual, a mis padres no les gustaba el Metal de los ochenta ni el Grunge de los 90, ni los pantalones rotos, las botas militares y las camisas a cuadros, y a mí no me gusta ni el Reggaetón ni los pantalones a media asta. Y vaya uno a saber con qué cosas saldrán los nietos. Es parte del ciclo de la vida, y no hay nada que podamos hacer para impedirlo. Y lo mismo ocurre con los ideales: A nosotros nos tocó una generación con una crisis de ideales muy marcada, pues nos tocó vivir la caída del Muro de Berlín justo cuando todos estábamos en plena formación de nuestra personalidad individual. Y se notó mucho: yo no recuerdo que nadie de la Generación X haya llegado a los niveles de locura extrema de las generaciones anteriores del siglo XX. Y eso también es progreso. No es que no tuviéramos contra qué rebelarnos, nuestra rebelión usó diferentes caminos, para mí caminos más sanos y más productivos. Aprendimos de los errores de nuestros padres que sexo, drogas y rock&roll no iban a resolver nuestros problemas, incluso se volvieron una amenaza contra nosotros mismos. Pero al mismo tiempo, sexo, drogas y rock&roll sí cambiaron el mundo para nosotros, antes de que nosotros llegáramos. ¿O creen ustedes que podrían ir al banco en blue-jean y camiseta si no fuera por la revolución que hicieron nuestros padres?

¿Se acuerdan de los violentos que eran los dibujos animados que nosotros veíamos? ¿Se acuerdan de esos espantosos panfletos que el mundo unipolar donde crecimos nos metía por todos lados, las películas de Rambo, las series de G.I. Joe, los héroes perfectos, blancos, inteligentes, churros, fuertes y valientes que determinaban los moldes que debíamos seguir? Fueron los modelos que la generación anterior a la nuestra, sí, la misma que promovía hacer el amor y no la guerra, nos quisieron imponer cuando descubrieron la importancia de hacer dinero. Y ese fue el mundo contra el que nos rebelamos, ya con nuevos paradigmas, ya no mirando hacia Moscú o La Habana sino mirándonos a nosotros mismos, tal vez por primera vez. ¿Alguien se ha dado la molestia de ver lo que miran nuestros niños en los medios hoy en día? Prejuiciosamente, 90% de ustedes me dirán “¡pura basura!” “¡personajes mal dibujados que hablan disparates!”, “¡tan bonitos eran los dibujitos de antes!” (¿De antes de qué?), sin haberse dado la molestia de ver. De hecho, es todo lo contrario. La producción audiovisual, desde libros hasta videos de Internet, pasando por supuesto por las siempre deleznadas caricaturas, se ha hecho mucho más humana, más moralista, más pacifista y más educativa. Muchos hablan de un mundo de tolerancia y respeto hacia quienes son diferentes, incluyendo a quienes eligieron otras opciones sexuales; muchos reniegan de los moldes del blanco churro valiente y perfecto (salvo barbaridades como las series de Barbie que realmente pertenecen a los años 80), y sin duda alguna la revolución la empezaron los Simpson: una familia muy real, muy imperfecta, muy americana, cierto, pero no americana como Rambo o G.I. Joe, sino americana como una versión posmoderna de los personajes de Graham Greene. Para los adolescentes, los héroes y superhéroes ahora son ambiguos, reflejan los tormentos que sufren los mismos adolescentes de una manera que permite una identificación en lugar de establecer un modelo a seguir; las series cómicas usan a la familia disfuncional, con la que la mayoría de los chicos se identifican aún cuando su familia no lo sea, y ven con crudeza pero también con franqueza y sin mitos ridículos cómo los vicios, la vida vacía o la superficialidad pueden convertir a su protagonista en un personaje patético. Oh, sí, estas series gringas acabaron siendo profundamente moralistas. Esa revolución comenzó con nuestra generación, y ha sido un legado de enorme importancia para la generación que nos sigue. Muchos se escandalizan de esto, cuando en realidad hay que celebrarlo. De los violentos y maniqueos cuentos de Perrault y Andersen han avanzado a Satoshi Kitamura y Matin Auer, y si eso no es progreso, no sé qué lo es. En algo sí tienen razón los “medievalistas”: si nuestros hijos no son mejores que nosotros, solamente será nuestra culpa, no por no habernos anclado en el pasado, como ellos quisieran, sino por no haber utilizado todas estas maravillosas herramientas que tenemos hoy disponibles. ¡Ah! Y por creernos que basta con mandarlo seis horas diarias al niño o a la niña al cole.

Esteban

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