Teoría del neofascismo

Posted on 18/09/2013

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PicassoHipótesis: Si el fascismo fue el sucesor del liberalismo clásico, al neoliberalismo lo sucede el neofascismo.

La historia se olvida muy fácilmente, sobre todo cuando en nuestro medio se desestimula lo más posible su estudio desde el colegio. Y quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Este es el primer silogismo que queremos proponer como punto de partida. Si aceptamos el mismo como axioma social, demostrar nuestra hipótesis será simple. Si el silogismo es falso y la progresión de la historia es lineal, como proponían los materialistas históricos, nuestra hipótesis aún puede sostenerse, pero sobre otras premisas.

Recordemos un poquito. En lo que los franceses llamaron la “belle époque”, el liberalismo clásico había llegado a su auge. Las teorías de Adam Smith y compañía parecían haber quedado comprobadas por completo. Incluso algunos teóricos libertarios extraviados llegaron a pensar que el “laissez-faire, laissez aller” era la solución al problema social, creando lo que hoy conocemos como el libertarismo capitalista (totalmente opuesto, claro está, a los postulados del comunismo libertario, verdadera alma del anarquismo). Pero hete aquí que en 1929 ese sistema liberal clásico sufrió una crisis terminal. El “crack” de la bolsa de Nueva York arrastró consigo a la mayor parte del mundo. Como no estábamos tan globalizados como hoy, la crisis tardó bastante en extenderse (1933 en Europa, ya entrados los años 40 en Latinoamérica) pero cuando lo hizo provocó estragos no solo en la economía, sino también en los sistemas políticos de voto censitario y masculino, que era la forma que adoptaba la democracia liberal de ese entonces. Como respuesta a esa crisis, España, Alemania, Italia, Grecia, la entonces unión Soviética y una década después en Bolivia, Argentina, México, surgieron gobiernos que, en gran mayoría habiendo sido electos bajo el sistema democrático liberal, impusieron regímenes de mano dura y con rasgos comunes muy evidentes: La exacerbación del nacionalismo, el liderazgo carismático del jefe del partido, el culto a la personalidad, el militarismo, el estado totalitario (es decir el Estado por encima del individuo, la “Razón de Estado”, el que los objetivos del Estado estén por encima de cualquier otra consideración), el antiindividualismo e incluso la uniformización, el misticismo emotivo, el enemigo abstracto (los judíos, los antipatria, los proimperialistas, los bolcheviques, en fin, una categoría general en la que encajen todos los enemigos del estado todopoderoso y que puedan identificarse para el vulgo como “el otro”, pero a los que difícilmente se puede poner nombre y apellido, o, como en el caso de los judíos, que sí se puedan identificar pero no tengan posibilidad alguna de defenderse), el culto al físico en lugar del culto al intelecto, la urgencia de “recuperar” una supuesta grandeza histórica perdida, y el relativismo del estado de derecho. Todos estos lugares comunes de esta tendencia política que dominaría gran parte del mundo e incluso tentaría muy fuertemente a las democracias liberales más sólidas, son lo que llamamos, por ponerle un nombre único, Fascismo, aunque el nombre estrictamente solo se aplique a la Italia de Mussolini, y en sentido lato se aplique en términos despectivos hasta su desnaturalización total (al punto que regímenes totalitarios hoy usan el término para atacar a sus enemigos más liberales).

Estos regímenes tuvieron una relativamente corta duración, debido sobre todo a su caudillismo. La derrota propinada por los Aliados en la segunda Guerra Mundial acabó con los regímenes fascistas más notables, excepto el Stalinismo que salió muy bien parado porque se arrimó al grupo vencedor. En Latinoamérica, su fin tardaría más. Una sorprendente capacidad para adaptarse a las nuevas circunstancias y lograr no solo el beneplácito sino el apoyo firme de Estados Unidos con la excusa de “detener al comunismo castrista” les permitió regenerarse bajo la forma de dictadura militar durante otros veinte y más años. Solamente una nueva crisis económica, esta vez la crisis de la deuda externa de los años 80, lograría terminar su reinado por estas latitudes.

Unos diez años antes de la caída en dominó de los regímenes militares latinoamericanos, Europa empezó a experimentar con una propuesta norteamericana pero que los norteamericanos tardarían un poco más en implementar. Ciertos académicos de Chicago habían propuesto una reinterpretación del liberalismo clásico, que tomara todas las premisas fundamentales (incluyendo la democracia liberal) pero que “corrigiera” algunos de los errores más groseros de la escuela Smitheana. Entre estos ajustes, había que reforzar las reglas de la democracia formal, mantener un “Estado mínimo” (versus el Estado ausente del laissez-faire), descentralizar mucho el poder, librar al mercado a sus propias fuerzas pero estableciendo sistemas regulatorios para contener las fallas de mercado (monopolios, monopsonios, trusts…),  permitir un grado de planificación estratégica y abrir la mayor cantidad de fronteras que sea posible. Todo esto sonaba muy bien, pero los resultados fueron inesperados. A un principio, el modelo parecía exitoso: Las hiperinflaciones pararon, la productividad pudo recuperarse en gran medida y hubo en general crecimiento. Pero al poco tiempo surgieron dos problemas: para que el sistema funcione, se proponía un sistema de redistribución en catarata, por el cual los ricos acumularían riqueza solo hasta un límite racional y luego de ello esa riqueza se redistribuiría mediante reinversiones, impuestos y empleo. La realidad mostró que el punto de rebalse jamás llegaba, que la redistribución se hacía por goteo, y que los ricos eran cada vez más ricos pero no generaban mayor prosperidad para el resto. Los índices de desigualdad se dispararon, especialmente en los países dependientes, donde el capitalista ni siquiera tenía un domicilio. Y ese fue el segundo problema: el neoliberalismo se apoyó mucho en la globalización y la eliminación de las barreras entre países, pero jamás se imaginaron que quien se enriquecía con bienes producidos en un país se llevaría todas las ganancias a su propio país. El resultado fue una mucho mayor brecha no solo entre ricos y pobres de determinado país, sino mucho más entre ricos de un país rico y pobres de un país pobre. El planeta, que nunca había sido justo con la distribución de los recursos, ahora era más inequitativo que nunca. 1% de la población mundial acumulaba ganancias de $1.000.000.000 al año, mientras 60% subsistía con menos de $800 al año.

Este modelo entró en crisis irónicamente primero en Latinoamérica, normalmente rezagada en estos aspectos. Desde el año 2003, el descontento popular forzó a varios países de la región a crisis políticas mayúsculas, que hicieron caer gobiernos pero también sistemas políticos. En su lugar, surgieron nuevos liderazgos populares en Venezuela, Bolivia, Argentina, Nicaragua, Ecuador y Honduras. Pero estos nuevos liderazgos tenían comunes denominadores entre sí: Habiendo sido electos bajo el sistema democrático neoliberal, impusieron regímenes basados en la exacerbación del nacionalismo, el liderazgo carismático del jefe del partido, el culto a la personalidad, el militarismo, el estado totalitario, el antiindividualismo, el misticismo emotivo, el enemigo abstracto (los neoliberales, las transnacionales, los proimperialistas, en fin), el culto al físico en lugar del culto al intelecto, la urgencia de “recuperar” una supuesta grandeza histórica perdida, y el relativismo del estado de derecho. Pero había una diferencia con los estados fascistas europeos. Esta vez no se trata ya de eliminar físicamente al enemigo abstracto. Bastará con anularlo, con declarar su muerte civil. Tampoco se busca ya la uniformización, bastará con el pensamiento único. En otras palabras, así como el neoliberalismo “ajustó” los errores más evidentes y groseros del liberalismo clásico, sin realmente afectar su esencia, el neofascismo “ajusta” los errores más groseros y evidentes del fascismo europeo clásico, sin realmente cambiar su esencia. ¿Qué casualidad, no?

Esteban

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