Nacidos para matar

Posted on 04/12/2013

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Discapacitados ATROPELLADOS AL INGRESAR A PLAZA MURILLO 23 -02 -012O al menos entrenados para ello. Llama muchísimo la atención que los constantes escándalos de muertes inexplicables en los cuarteles tanto militares como policiales no hayan derivado en el debate que para mí es inevitable. Nos hemos preguntado mucho el cómo, y el quién, de estas muertes. Cómo murió el o la cadete, y quién lo o la mató. Pero muy pocos nos hemos preguntado el porqué. Y esa, señores, es la pregunta esencial

Un video que se hizo viral en las redes sociales en días recientes muestra cómo un par de oficiales de policía brutaliza y abusa a un pobre muchacho que tuvo la mala suerte de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada. Este caso de evidente brutalidad policíaca hubiera provocado graves disturbios en otros países. Acá ni siquiera mereció una segunda mención en los noticieros. En algunos noticieros, ni siquiera una sola mención.

El entrenamiento de los cadetes es brutal al punto de causar un par de muertes al año, porque el poder necesita de gorilas sanguinarios para protegerse del pueblo hastiado. El entrenamiento de cadetes crea máquinas insensibles e incapaces de generar empatía por sus semejantes. El entrenamiento de cadetes incluye técnicas de tortura y de resistencia a ésta, técnicas de guerra irregular, técnicas de represión armada letal y no letal (hay que saber de las dos), técnicas de guerra antisubversiva y sobre todo procesos de insensibilización y deshumanización como el famoso ejemplo de la cría y matanza de cachorros en Sanandita. ¿O de dónde cree usted, caro lector, que los policías aprendieron las técnicas bestiales de reducción y amordazamiento que se usaron en Chaparina?

He ahí la explicación a nuestro cuestionamiento inicial. Muy pocos nos hemos preguntado el porqué de las muertes de cadetes militares y policías, pues a los bolivianos nos parece normal y natural que los policías y militares sean violentos, brutales y despiadados. Así nos protegen mejor de los “otros”: los malandrines (peruanos, brasileños y colombianos, invariablemente; los bolivianos nunca cometemos delitos) y las amenazas externas (los chilenos, of course). Esperamos que nuestros uniformados tengan el “carácter” y la “fortaleza” para protegernos, sin darnos cuenta que en realidad lo que protegen es a sus propios intereses y a los de sus amos. Y los protegen no contra los peruanos, colombianos, brasileños o chilenos, los protegen contra nosotros, el pueblo.

Para colmo, la evidencia de esto es tan abrumante que nosotros mismos nos quejamos de que la policía no nos protege, al punto que nosotros mismos nos deshumanizamos y linchamos y quemamos y lapidamos al pobre diablo que se robó una garrafa de gas. Por lo mismo, desconfiamos por completo del otro, vemos a cada cara desconocida, e incluso a algunas caras conocidas, como amenaza en potencia. Para colmo, esta desconfianza profundiza nuestro racismo, desconfiamos más del rostro de indio que del rostro agringado. Somos de una cultura violenta, y cada vez más aceptamos y aprobamos la violencia como la vía de solución a nuestros conflictos, a la injusticia que sufrimos a diario, a la falta de institucionalidad en la que hemos caído y de la que no podemos salir.

Esteban

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