Ucrania, o la difícil tarea de tomar partido

Posted on 16/05/2014

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MariupolEn este mundo en el que nos entrenan para ser maniqueos desde que escuchamos nuestros primeros cuentos infantiles, es una obligación dar un paso atrás y tratar de entender los eventos contemporáneos y no tomar partido equivocadamente. Muchas veces, y en el caso del conflicto ucraniano esto es  particularmente cierto, el análisis no despeja las dudas, sino que, al menos en mi caso, las hace mucho más profundas, haciendo muy difícil, si no imposible, tomar partido por una facción u otra.

Y es que la situación es tan compleja, pero además las posiciones se han radicalizado tanto, que la razón y la perspectiva son simplemente impracticables a menos que uno sea neutral. En las redes sociales un buen amigo comparaba lo de Ucrania con la guerra de los Balcanes, y creo que tiene razón, pero por motivos muy distintos a los de su argumentación. De hecho, las partes en conflicto en esa guerra, aunque más numerosas que ahora en Ucrania, habían ido montando la tensión ya desde la muerte del Mariscal Tito en 1980, pero se mantenían bajo control del Partido Comunista Yugoslavo hasta la caída del bloque soviético. Cuando la tensión eclosionó en 1991, al “concierto” de las naciones (que más parece una cacofonía) le tomó tres años decidir de qué lado estar, y un cuarto año intervenir militarmente para tratar de parar la guerra. Si los bombardeos de la OTAN en 1995 fueron o no justificados, es tema de otro debate, pero está claro que si hubiera existido un interés estratégico para el “imperialismo yanqui”, la intervención hubiera ocurrido como máximo en 1993. La verdad es que, además de la carencia de una, llamémosle así, motivación para el poderosísimo ejército estadounidense, también había un temor muy real, con argumentos anteriores y posteriores muy importantes: El ejército más poderoso del mundo no puede librar una guerra rápida y plenamente exitosa frente a ejércitos irregulares. Se demostró en Vietnam, y años después se demostró en Afganistán e Irak. Y la de Yugoslavia era, claramente, una guerra de guerrillas, y de una especie nueva además: guerrillas urbanas.

Ucrania es un caso similar, guardando por supuesto las distancias. Aunque no es una guerra, hay una altísima probabilidad de que la situación degenere rápidamente, y en ese caso, con todo el arsenal que tiene Ucrania, con toda la tecnología (no hay que olvidar que gran parte de la tecnología de la era soviética procedía de Ucrania, desde los aviones Antonov hasta los camiones KrAZ, pasando por la Agencia Espacial Ucraniana) y con el ejército profesional que ha estado construyendo desde su independencia. La posición geopolítica de Ucrania como pivote entre la Unión Europea y Rusia es su mayor ventaja y a la vez su mayor maldición, y en buena parte la causa del conflicto, y el puerto de Sebastopol, como ya lo hemos señalado hace algunas semanas, es uno de los puntos más estratégicos del mundo. Más allá de eso, sin embargo, no es un país interesante para poner bajo dominio – no tiene grandes recursos energéticos, la mayoría de los hidrocarburos que se consumen en Ucrania son importados de Rusia; exporta energía eléctrica, pero generada en plantas nucleares, que son como papas calientes, mucho más siendo Ucrania el hogar de Chernobyl; como país de ingreso medio, su economía está más basada en los sectores secundario y terciario, por lo que la extracción de recursos naturales no sigue la lógica de los países del sur – sino más bien es un país muy atractivo como socio comercial. Dicho de otra manera, las potencias mundiales se gritarán, se insultarán y se gruñirán mutuamente, pero difícilmente van a intervenir militarmente más allá del show montado hace poco en Crimea. Francamente, no creo que Ucrania sea un país “invadible”.

Sin embargo, la intervención rusa es más que evidente, y está guiada no por un imperialismo post-neoliberal, sino por un imperialismo a la antigua usanza, aduciendo proteger los intereses de los rusos étnicos, pidiendo la ampliación del espacio vital, y usando el mismo truco que EEUU en Texas o Brasil en el Acre: una declaración de independencia inmediatamente seguida de una anexión. Y sin disparar un solo tiro – al menos oficialmente. Rusia se agarra de la protección a un presidente corrupto hasta la médula, asesino y represor, como el señor Yanukovich, y de su “legitimidad” como presidente electo, se enfrenta a la Unión Europea con los argumentos más fútiles (como el que una persona transgénero gane el Eurovisión como prueba de la “decadencia” europea, haciendo gala de su ya conocidísima homofobia) y trata de hacer ver al señor Putin como el gran salvador y liberador de los pobrecitos rusos ucranianos a los que tan mal ha tratado el gobierno ucraniano.

Pero he aquí que tomar partido se hace imposible. Al frente del intervencionismo de la oligarquía mafiosa rusa, se halla una mescolanza de neonazis, oligarquías kievianas que se habían hartado de las excentricidades de Yanukovich, gobernantes tan corruptos como sus antecesores, y, sí, el intervencionismo, mejor disimulado que el ruso pero no por ello menos real, de los poderes de occidente. Entre los que hoy defienden la unidad ucraniana y los que exigieron libertad y democracia hace apenas unos meses hay una enorme diferencia. Pero lo peor son los neonazis, liderados por Stepan Bandera. Esos mismos que pusieron en vilo la Eurocopa de 2012, esos mismos que asesinaron impunemente a los sindicalistas de Donensk a la vista y paciencia de los policías ucranianos. Los neonazis tienen una enorme influencia sobre el gobierno de Kiev, con lo cual este último tiene en seria duda su legitimidad.

Esteban

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