Land of Confusion

Posted on 25/06/2014

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Land of confusionI must’ve dreamed a thousand dreams

Been haunted by a million screams

I can hear the marching feet

They’re moving into the street.

– Genesis, Land of Confusion, 1986

Tal vez es porque me estoy haciendo viejo. O tal vez la tendencia que tenemos los humanos de sentir que el presente nos agobia frente a un pasado nostálgico está calando en mi mente. Maldita psicología. Pero el asunto es que siento que el año 2014 es, hasta esta mitad del año, un año especialmente negro, repleto de una seguidilla de malas noticias que no da tregua. El ritmo frenético con el que nos enteramos del avance de la irracionalidad, de la intolerancia y de la violencia por todo el mundo me ha impedido escribir con la frecuencia que quisiera mi humilde opinión.

Es cierto que yo mismo he defendido militantemente la idea de que todo tiempo pasado no fue mejor, que los logros humanos son demasiado significativos para ignorarlos, y que el recuerdo nostálgico omite intrínsecamente las barbaridades con las que teníamos que copar hace pocas décadas. En total contradicción con este postulado, sin embargo, mi optimismo ha sufrido tal cantidad de embates en los últimos meses que no puedo evitar pensar que el “fin de la historia” declarado por Francis Fukuyama hace veinte años no solo era una falsedad, que ya lo sabíamos entonces, sino que fue un periodo efímero, un “corto verano” por ponerle un nombre poético, en el que, si bien quedaba muchísimo por hacer y la injusticia, sobre todo en la distribución de la enorme riqueza del planeta, era posible concebir un tiempo en el que el hambre, la guerra y el odio hacia quien es diferente podían finalmente extinguirse de la faz de la Tierra. ¡Menuda ilusión la mía!

En franco retroceso hacia edades más oscuras de nuestra historia, la religión vuelve a mezclarse con la política, con fundamentalistas tanto cristianos como musulmanes que se creen con derecho a negar la dignidad humana, la razón y la ciencia; los “salvadores de la patria” vuelven a copar todos los poderes y a eternizarse en los palacios, convencidos de que sin ellos los pueblos se hundirán en el caos, como monarcas absolutos con todo y cargos hereditarios; los amos del capital acumulan más riqueza que nunca, quitando el pan de la boca a los más desposeídos, escudados en excusas absurdas como que su grosera fortuna es consecuencia del trabajo duro, que el pobre lo es porque quiere y que su angurria de alguna extraña manera beneficia a todos. Pero lo más grave de todo es que los otros, los que somos el 99%, como dicen los compas Indignados, parecemos sumidos en una especie de síndrome de Estocolmo colectiva, adorando y aplaudiendo a estos nuevos mesías, idolatrando la ignoranci, prendiendo velitas en el altar de la estupidez y el dogmatismo. Como lo cantaba Genesis hace ya casi 30 años: Hay demasiados hombres, demasiadas personas, haciendo demasiado problema, y no hay mucho amor para sortearlo.

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