Ser o deber ser, esa es la cuestión

Posted on 10/09/2014

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two_face_by_johnnyrussoLa vorágine de eventos recientes me ha impedido poder publicar al ritmo que se presentaban los temas de conversación, lo que sumado a un exceso de trabajo me ha impedido publicar en este blog con la regularidad a la que les he malacostumbrado. Pido de entrada mil disculpas por ello.

Dicho esto, lo mínimo que puedo hacer para intentar compensar a mis lectores es entrar a mayor profundidad a uno de los temas más recurrentes de los últimos días: el crecimiento de la violencia, y en especial de la violencia machista, en nuestro país, o por lo menos la percepción de su crecimiento. Se trata, como casi todo en la actividad humana, de un problema del Ser versus el Deber Ser, es decir de la constatación de los hechos y las causas del fenómeno versus el imperativo categórico de lo que nuestra percepción de la ley, la ética y la moral nos mandan a tomar como situación ideal. Como verán, no es tan simple como decir “esto está mal y esto debemos hacer para que esté bien”. De hecho, las complejidades emergentes de los ámbitos filosófico, jurídico, sociológico y sobre todo criminológico de esta problemática van muchas veces a contrapelo de lo que intuimos como soluciones posibles, y lo que es peor, a veces las soluciones que imaginamos colectivamente provocarán el efecto exactamente opuesto a lo que queremos.

Ser

Nuestra primera intuición es la de afirmar que la sociedad se ha podrido y que las personas, en especial los hombres, somos en esencia malvados, hoy más malvados que nunca por efecto misterioso de algún difuso culpable (los medios de comunicación, el narcotráfico, el gobierno o la falta de él, a veces incluso algún grupo étnico/cultural en particular). Nada más alejado de la verdad. Para refutar este discurso que no hace más que alimentar la desconfianza y los prejuicios, es necesario constatar varias cosas. Primero, comprender que el delito suele producirse con tres motivaciones: la económica, que es la más frecuente pero no la única; la sexual; y la percepción de autodefensa (que no es lo mismo que la autodefensa propiamente dicha).

En el primer caso, evidentemente, hay un crecimiento en la medida en que los medios utilizados para el fin de lograr una ganancia ilegítima son cada vez más violentos (una transición del hurto y el delito de cuello blanco hacia el secuestro y el robo agravado). En este caso, salvo muy raras excepciones, el perpetrador prefiere, si puede, evitar la violencia y sobre todo el asesinato, pues su lógica es que el precio (remordimiento, sanción, persecución) a pagar por un robo puede ser soportable, pero no el precio por segar una vida. Sin embargo, a veces las cosas salen mal, y el sujeto, aunque la mayor parte de las veces huye, puede reaccionar violentamente para tratar de salvarse (como fue el caso de la mujer embarazada acuchillada en Santa Cruz). La motivación sexual, por su parte, ya habla de condiciones de enfermedad mental (que no por su frecuencia deja de serlo), en la que el perpetrador es incapaz de sentir empatía por su víctima, debido generalmente a un sentimiento de poder y dominación sobre ella, no puede o no quiere controlar sus instintos reproductores, y no es capaz de conseguir ese “empoderamiento” de macho por otros medios. La motivación de la percepción de autodefensa, finalmente, es la más rara (pero la que produce las mejores películas, por cierto) es aquella por la que, con o sin razón real, el perpetrador se siente acorralado por sus circunstancias y siente por un irreprimible instinto de supervivencia que la única salida es eliminar la causa o al causante de esas circunstancias. El problema de esta última categoría es que esta “solución” es desproporcionada respecto a la amenaza (cuando es proporcionada se habla de legítima defensa y es una atenuante), e incluso muchas veces la amenaza es en realidad inexistente o no tiene relación real con la víctima.

La segunda percepción errada es la generalización que va en sentido de que si una persona de ciertas características cometió un delito todas las personas de características similares cometerán el mismo delito (el cholo es ratero, los hombres son violadores, los políticos son corruptos…). De hecho, la proporción de personas que cometen delitos respecto al total de la población es tan baja que suele medirse en términos de casos por cada 100.000 habitantes, incluso en sociedades mucho más violentas que la nuestra. Acá sí juegan un rol de mucha responsabilidad los medios de comunicación masiva y cada vez con mayor peso las redes sociales, al cometer un doble pecado: por un lado, la explotación del morbo, y por otro, la banalización de la violencia. Estas actitudes exacerban la percepción de violencia mucho más allá de las estadísticas reales de criminalidad, por un lado, y por otro generan una relajación de los frenos inhibitorios en otros potenciales delincuentes, debilitando la capacidad de sentir empatía por otros al hacer que parezca “normal” recurrir a la violencia para lograr un objetivo perverso.

Finalmente, la tercera percepción errada es la que señala que “antes estas cosas no pasaban”. En realidad, esta es una verdad a medias. Proporcionalmente hablando, un país que mantenga similares condiciones de cohesión, inclusión y protección social tenderá a mantener los niveles relativos de inseguridad, aunque en términos absolutos la criminalidad crezca a la par con la población. En la misma lógica, un país con cohesión, inclusión y protección social crecientes verá disminuir sus tasas de criminalidad, y un país con cohesión, inclusión y protección decrecientes las verá crecer. Acá no tiene nada que ver ni la moral colectiva, siempre percibida erróneamente como decaída respecto a un pasado idílico puramente imaginario, ni la cantidad de represión de la que es capaz el Estado respecto a la delincuencia. Esta última de hecho sí tiene una relación, pero inversa: a mayor represión estatal, ¡mayor criminalidad! Esto se debe a que una mayor represión genera la pérdida de derechos, que a su vez afecta negativamente a la cohesión social, tanto por efecto directo (la persona cuyos derechos se ven afectados sentirá menos compromiso por cumplir las normas con las que no se identifica) como por efecto indirecto (las personas tenderán a trasladar y proyectar su propia responsabilidad hacia ese actor ajeno e informe que es el Estado).

Deber Ser

Si la sociedad se ha podrido y las personas son en esencia malvadas, hoy más malvadas que nunca por efecto de algún difuso culpable, la reacción natural de la gente será pedir imposiciones morales desde el Estado, medidas de vigilancia y represivas extremas y la persecución o censura a estos “culpables”. Esta es la puerta de entrada al fascismo y a la pérdida total de nuestras libertades. La historia tiene cientos de ejemplos de cómo los pueblos han preferido sacrificar su propia libertad en pos de una mayor sensación de seguridad, y cómo este sacrificio ha sido en vano, pues rápidamente la violencia se convierte ya no en una posible solución a los problemas personales, sino en la única.

Acá tomo una postura personal: jamás me verán participar en una marcha que exija mayor control de parte del Estado. No estoy dispuesto a renunciar a mis derechos como ciudadano bajo el espejismo de la seguridad, y recomiendo firmemente a mis lectores a tomar similar postura. ¿Quiere decir esto que hay que rendirse, dejarse matar, secuestrar y violar? No, en absoluto, todo lo contrario. Defender las libertades es defender todas las libertades, incluyendo la libertad de vivir, prosperar, ejercer sanamente nuestra sexualidad y tener una familia sana y feliz, sino no tiene sentido. De lo que se trata es de atacar las causas de la criminalidad, reducir (que no eliminar, que eso es físicamente imposible) a su mínima expresión los casos en los que una persona recurre a la violencia y a la afectación del derecho ajeno para conseguir sus propios objetivos. De lo que se trata es de generar cada vez mayores y mejores condiciones de cohesión, inclusión y protección social, comprender que el delincuente es un hermano enfermo, que empujado por su propia historia de vida termina rompiendo el lazo social que lo hacía uno de nosotros, y tratar de reconstruir ese lazo, o mejor todavía, tratar de impedir que se rompa. Eso pasa por tomar varias acciones, y pretendo dármelas de iluminado y enumerar aquí recetas mágicas, sino de poner en el tapete el debate sobre lo que deberíamos estar haciendo en lugar de pedir un Estado más represivo.

En primer lugar, debemos comprender que la criminalidad es un fenómeno sociológico primero y psicológico después. Como dijimos antes, el perpetrador de un delito tiene una serie de motivaciones. ¿Cómo podemos atenderlas? Las motivaciones económicas pasan por situaciones de necesidad, de ambición o de relajación del compromiso de respetar lo ajeno. La necesidad se resuelve con mayor inclusión y protección social, en este caso con generar condiciones de remuneración justa y suficiente, de dar condiciones adecuadas de trabajo en términos de duración, intensidad, presión o peligrosidad, y de dar soluciones de techo, alimentación y educación a las personas más vulnerables; la ambición y el compromiso de respetar lo ajeno pasa por generar cohesión social mediante la atención al capital social (buscar políticas que permitan a cada individuo alcanzar su potencial y su vocación), y mediante el control social (bien entendido, no ese bodrio que figura en nuestras leyes), es decir mediante la transparencia y la valorización de los aportes humanos a la colectividad, resaltando que la persona exitosa no es la que acumula mayores riquezas sino la que más contribuye al bienestar colectivo. Las motivaciones de percepción de amenaza se resuelven en gran medida mediante la institucionalidad, hacer que el ciudadano se sienta protegido por la sociedad y, si fuera necesario, el Estado, que es posible hacer desaparecer las amenazas sobre uno recurriendo a la justicia, al arbitraje, a la resolución comunitaria de los conflictos, en fin, a medios legales y legítimos que se sabe son justos, transparentes y socialmente válidos, es decir, todo lo contrario a lo que sucede hoy con nuestro sistema judicial.

Las más difíciles de resolver son las motivaciones sexuales. Mucho de lo que lleva a estos actos de violencia pasa en el fuero interno del perpetrador, con condicionantes muy difíciles de detectar oportunamente y que requieren tratamientos largos, costosos y no siempre exitosos, que involucrarían a la psiquiatría con todo y medicación. Pero hay una condicionante que sí podemos controlar, y aquí me alineo plenamente con las posturas feministas. Eliminar la condicionante del patriarcalismo reduciría la violencia sexual a casos estrictamente clínicos de enfermedad mental. Acá todos tenemos un rol que jugar, y aunque se ha avanzado muchísimo en la visibilización del problema, poco o nada se ha logrado en su solución más allá de crear una levemente mayor consciencia colectiva. Los casos más recientes de feminicidio (como se ha venido a llamar al asesinato justamente para visibilizar la violencia machista) y de violaciones con o sin tragos de por medio han desnudado no solamente el crimen cometido por el perpetrador, sino el crimen colectivo cometido por la mayoría de los bolivianos: la revictimización. Asumimos que la víctima es la culpable. Seguimos asumiendo que el “macho” tiene de alguna manera un derecho, o al menos una justificación, para ejercer con violencia la dominación sobre “su” mujer. Seguimos pensando, abiertamente para colmo, que el coito es un acto de “posesión”, cosificando a la mujer. Seguimos proyectando la responsabilidad de nuestra violencia machista sobre objetos inanimados como el alcohol, las drogas, la tele, la ropa… Seguimos insultando a la mujer víctima de violencia, en especial cuando tiene la mala suerte de haber sobrevivido a la traumática experiencia, no sólo echándole la culpa, sino que además tratándola de estúpida, irresponsable o puta. Y nos creemos muy machos al hacerlo, especialmente al hacerlo desde el anonimato de las redes sociales. Y nos creemos buenas mujeres al reforzar esas actitudes en lugar de solidarizarnos con la víctima. Y sobre todo, como está pasando ahora mismo tras la desaparición por tres días de Pamela Álvarez, exigimos, con toda la fuerza de nuestra voz y por todos los medios, exponer a la víctima como un trofeo, queremos los pormenores del hecho para satisfacer nuestro morbo, queremos la exclusiva en vivo y sin censura de la reconstrucción de los hechos. Vergüenza debería darnos.

Van a disculpar el sermón.

Esteban

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