Ser caballero en el siglo XXI

Posted on 17/09/2014

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jamesbondthecasanova_7839

La señorita del abanico
y los volantes busca marido.
Los caballeros están casados,
con altas rubias de idioma blanco.

Los grillos cantan por el oeste,
la señorita va por lo verde.
Los grillos cantan bajo las flores,
los caballeros van por el norte.

La señorita del abanico
va por el puente del fresco río.
– Federico García Lorca

Entre los siglos XV y XIX, incluso principios del siglo XX, numerosos y voluminosos tratados se escribieron sobre el arte de ser un caballero. Los orígenes de la expresión, clasistas y elitistas por excelencia, reflejaban el comportamiento expectable de un hombre de cierta posición social, que incluía, pero no se limitaba a, los elementos de galantería y pose respecto de las mujeres a quienes debía conquistar y poseer no por la fuerza sino por la maña.

En nuestro continente, los contenidos clasistas y patriarcales se convirtieron, además en racistas: caballero era el blanco o el criollo, jamás el mestizo y mucho menos el indio. Si bien estos elementos se fueron perdiendo en el republicanismo, al menos institucionalmente hablando, las prácticas sociales las fueron reproduciendo en dos aspectos. Por una parte, el empleador, el patrón, que suele ser (aunque no necesariamente) blanco o mestizo, ha de ser denominado con el título de caballero por los “inferiores” trabajadores manuales y sirvientas. Sin embargo, el título hoy designa a una gama mucho más amplia de personas, lo cual es ya un avance.

El segundo resabio de estas costumbres renacentistas es el comportamiento galán y condescendiente que se espera de un hombre “bien educado”. Y aquí es donde quiero detenerme y tratar de armar algo de polémica, si se puede. Con el ánimo de provocar un poco la reflexión, hace un par de días puse en mi Facebook: “La condescendencia también es discriminación. Son machistas los violentos y los opresores tanto como lo son los que creen que ser mujer es alguna especie de discapacidad.¿se puede ser caballero sin ser machista?”. La respuesta ha sido de lo más interesante. En resumidas cuentas, parece ser que hay un límite que separa la amabilidad de la condescendencia, y que es ese mismo límite el que indica dónde comienza el machismo. Aunque el límite es difícil de detectar, ciertas actitudes lo delatan. Vamos por partes (pongo solo los primeros nombres para respetar la privacidad de los participantes):

Carla: “Creo q lo de la gentileza y el buen trato es un punto que deberíamos cultivar entre todos y q hace la diferencia entre una sociedad violenta y una que no lo es…”

Miguel: “Si seguimos el sistema aristotélico de la ética, podríamos decir que el valor éticamente correcto, en la actualidad, es el de la “atención” (ver RAE), es decir, ser atento.”

Vivi: “no queremos “caballerosidad” si no amabilidad o gentileza que no tiene nada que ver con una actitud condescendiente”

Está claro que el valor “amabilidad” o el de la “atención” es un bien socialmente protegido y estimulado, y con justa razón. Pero ese comportamiento deseable es igual en todas las relaciones humanas, independientemente del sexo de sus actores.

Miguel: “El vicio por defecto sería la torpeza y el vicio por exceso sería la galantería o caballerosidad. Ser torpe significa que no nos interesa en nada el bienestar del otro u otra y por eso no hacemos nada o incluso perjudicamos; ser galante o caballero significa que tampoco nos interesa el bienestar del resto y hacemos cosas que, si benefician o no al otro, nos hace quedar bien y satisface nuestras propias pretensiones. (…)Algunas personas, mayormente mujeres, no entienden que la galantería tiene una pretensión implícita y que muchas veces el contenido del comportamiento galante y el beneficio para ellas no tienen sentido práctico alguno”

Vivi: “la ‘caballerosidad’ es parte de esa lista de micromachismos en los que las mujeres nos volvemos cómplices por comodidad o porque a nosotras también socialmente se nos dice que tenemos que actuar como damas, quiero decir, es cómodo que nos cedan el paso y den el asiento, pero realmente lo necesitamos? y si yo le cedo el asiento a un hombre? (…)hay actitudes “galantes” que son francamente molestas, ante algunas tengo ganas de preguntar ¿no crees que puedo hacerlo yo sola? o decir: sí necesito ayuda la pediré! La diferencia es la actitud de quien realiza la acción, por qué esperan que una se sienta halagada por una acción intrascendente?”

Karla: “Hace poco hice un viaje (…), y sentí desesperación (y molestia) al ver como un colega de trabajo, estaba todo “afanado” en velar que “las chicas estemos cómodas”, cuando en ningún momento “las chicas”, al menos yo, habíamos manifestado (ni siquiera subliminalmente) signo alguno de incomodidad.”

Estas intervenciones permiten vislumbrar ese límite. La condescendencia parece ponerse de manifiesto cuando la “amabilidad” cumple dos requisitos. Por una parte, su motivación está en un interés non sancto que busca un beneficio propio, y, por otra, la actitud está dirigida a una mujer por el solo hecho de ser mujer, sin que juegue ningún otro tipo de condición o situación.

Sin embargo, hete aquí que la filosofía parece ir a contrapelo de la biología. Los humanos somos, después de todo, animales. Animales complejos, pero animales al fin. Esto nos condiciona a tener inscritos en nuestros genes dos instintos inesquivables: el instinto de preservación de la especie (que al ser animales sociales expresamos en nuestras reglas de convivencia y nuestras interacciones) y el instinto de perpetuación de la especie (que expresamos en nuestra sexualidad, entendida en el sentido más amplio y psicológico del tema). Frecuentemente, ambas entran en tensión o incluso en conflicto. En ejemplos extremos, esta tensión se resuelve favoreciendo a la preservación por sobre la perpetuación (por ejemplo en los casos de violación o de acoso). En el caso que nos ocupa, la lógica parece ser la misma, donde las reglas de convivencia preceden al cortejo y la conquista, lo cual es mucho más fácil de decir que de hacer, pues los roles de género tradicionales nos han sido condicionados con enorme fuerza y somos nosotros y nosotras mismos quienes los defendemos, consciente o inconscientemente:

Karla: “[a lo mejor] mi compañera se sentía bien y (…) quería ahorcarme a mí, por cohibir la ‘amabilidad’ de nuestro amigo.”

Blas: “¿Puede una mujer ser caballerosa? porque caballera probablemente no pueda ser por gramática y por dama. ¿O puede ser un hombre una dama? las palabras nos delatan”

Isabel: “(…) hay mucho de imposición en cualquiera de los casos: gente que discrimina o ‘juzga y critica’ a una mujer (o un hombre) porque es feliz ‘atendiendo el hogar’, o porque no tiene hijos o porque tiene muchos, porque se casa mucho o porque no lo hace nunca, Entiendo que hay mucho de imposición machista y roles de género, pero también hay mucho de quienes creemos que sabemos lo que es mejor para el resto de la gente y lo queremos imponer. (…) A mi no me molesta que me abran la puerta o que me cedan el asiento, por ejemplo”

Y hete aquí que esta última intervención me lleva a una nueva pregunta, y ojalá a una nueva reflexión: ¿dónde el feminismo (o cualquier activismo, por cierto) deja de ser una lucha liberadora y se convierte en una imposición prejuiciosa, o carente de sustento? En clave de provocación, mi amigo Pablo me dijo una vez que “el activismo deja de ser interesante cuando se convierte en secta”. ¿Será?

Esteban

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