¿Qué es el Estado Islámico y por qué habría de importarnos?

Posted on 24/09/2014

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(c) Jon Stewart - Comedy Central

(c) Jon Stewart – Comedy Central

La desinformación es una de las cosas más peligrosas para la ciudadanía plena. En Bolivia, esta desinformación pasa por una ausencia (voluntaria o no, no lo sé) de información completa y adecuada sobre lo que ocurre en el mundo por parte de los medios masivos, especialmente la televisión; un discurso oficial basado en medias verdades y proclamaciones ideológicas que pueden o no tener base en hechos reales; y una tendencia natural de la gente más curiosa, aunque no necesariamente más criteriosa, a buscar respuestas en los lugares menos recomendables.

Lo que sabemos del Estado Islámico (más conocido como IS por sus siglas en inglés, antes ISIL, antes ISIS), acá por casa, es una clara muestra de cómo construimos nuestra interpretación de la verdad a partir de estos tres elementos. Por ello, me propuse tratar de aclarar mucho mejor la figura y transmitir, de manera muy resumida, lo que se sabe realmente del Estado Islámico, y a partir de ello tratar de entender si este fenómeno debería importarnos a los bolivianos o no.

¿Qué es el IS y quién es ese señor Al-Baghdadi?

Por lo que transmiten los noticieros, si es que transmiten algo, el IS apareció de la noche a la mañana, como por arte de magia. Absolutamente falso. IS tiene un largo historial que comienza en 2003, pero la organización ha ido cambiando mucho de nombre, aunque no de actores, razón por la cual cuando ha ido adquiriendo relevancia tras una sorprendente serie de éxitos militares.

En realidad, el IS, o ad-Dawlah l-‘Islāmiyya, fue una de las principales responsables de la violencia sectaria que apareció en Irak tras la caída del gobierno de Saddam Hussein. El IS nace de la organización de yijadistas suníes acogidos en 2004 bajo el manto de la seccional iraquí de Al-Qaeda comandada por Abu Musab Al Zarqawi, que durante el desarrollo de la guerra con Estados Unidos fue creciendo como parte del Consejo Shura Mujaidín tras la muerte de Al-Zarqawi. El IS es pues, esencialmente, una organización sectaria, cuyo principal enemigo no es el occidente, sino los musulmanes Shiítas.

El objetivo de IS es pues la proclamación de un estado Sunita bajo la forma antigua del Califato (desaparecida desde la caída del imperio otomano en 1918), proclamando como Califa a Abu Bakr al-Baghdadi, quien aduce ser descendiente directo del profeta Mahoma y se hace llamar por el nombre de Califa Ibrahim. Entre su frondoso prontuario se le adjudica la muerte de cientos de musulmanes Shiítas, además de otros tantos entre kurdos, cristianos salawitas y otras denominaciones, asesinatos ejecutados además con tal barbarie que el mismísimo Ayman al-Zawahiri, actual líder de Al-Qaeda, lo ha repudiado por ser “excesivamente brutal e intratable”.

 ¿Qué rol verdadero ha jugado occidente en esta tragedia?

Cuando Saddam Hussein fue capturado y colgado en 2006, Geroge W. Bush declaró que “el mundo era un mejor lugar sin él”. El error histórico de los norteamericanos se había consumado, y no había ya vuelta atrás. El gobierno republicano había invadido Irak, bajo la excusa de que Hussein poseía armas de destrucción masiva. La evidencia demostró que ello no era cierto. El gobierno republicano había invadido Irak pensando que debilitaba a los extremistas religiosos de esa región. La evidencia demostraría que lograron exactamente lo opuesto, pues Hussein, con todo lo dictador que fuera, mantenía controladas las disputas sectarias y había establecido un Estado relativamente secular. El gobierno republicano, finalmente, había pensado que mantendría la ocupación militar por poco tiempo y el pueblo iraquí agradecería la democracia impuesta por occidente. La evidencia mostró que se había abierto la caja de pandora, liberando fuerzas sectarias capaces de las más horribles atrocidades, y que imponer elecciones para escoger entre candidatos “preaprobados” por occidente es cualquier cosa menos democracia. Estados Unidos jamás pensó en establecer una institucionalidad iraquí, una ciudadanía iraquí plena, la libertad de expresión y el derecho al disenso, ni el Estado de Derecho.

Pero aún más grave, el gobierno de Estados Unidos, liderado por el que probablemente fue uno de los peores presidentes de su historia, no entendió que el problema era matemático: los musulmanes, independientemente de su denominación, sin importar si son moderados o fundamentalistas, son casi la cuarta parte de la población mundial. Entre mil cuatrocientos millones de personas, incluso un porcentaje minúsculo (digamos, 0,01%) de locos fanáticos significa cientos de miles de locos fanáticos. ¡No podían esperar que tras décadas de humillación real mezclada con las más descabelladas teorías de conspiración, que tras décadas de apoyar abiertamente a varios regímenes violadores de los derechos humanos (en especial Israel, pero también Arabia Saudita, Bahrein, Egipto, Pakistán), estos cientos de miles de locos fanáticos se volvieran inofensivos hippies mariguanos!

Evidentemente, el monstruo lo crearon ellos. Quizás no tanto en sentido de haber entrenado y preparado a los que ahora combaten, cosa que sí hicieron en algunos casos (los Talibanes, por ejemplo), pero no en todos, mucho menos con la intención de poco después invadir ese país (teoría que me parece tan absurda como estúpida), pero sí en sentido de haber creado, voluntariamente o por ineptitud (me inclino a pensar que más por lo segundo) las condiciones, el caldo de cultivo si quieren, para el surgimiento de organizaciones violentas, salvajes y genocidas, y para que esas organizaciones sean atractivas para cientos de miles de jóvenes perdidos que lo único que quieren es vengarse de los que consideran son los culpables de su desgracia.

¿Por qué tendría que importarnos?

Todo esto que les cuento ocurre en lo que básicamente son nuestras antípodas en el globo terráqueo, a más de veinte mil kilómetros de aquí. ¿Por qué, entonces, nos tendría que importar lo que pase al otro lado del mundo? Más allá de la obvia respuesta de sensibilidad humanitaria, el fenómeno del Estado Islámico debería importarnos por tres razones elementales. La primera, es que debemos comprender con este ejemplo que la democracia no puede existir sin institucionalidad, entendida como un acuerdo básico de convivencia entre seres diversos, a veces sin nada más en común que un cierto sentido de pertenencia. Esto se ha demostrado históricamente una y otra y otra vez, pero no parecemos estar entendiendo la lección. No es un gobernante fuerte, ni leyes draconianas, ni los ejércitos lo que hacen a un país, es la gente. Y a un país que existe sólo por su clase gobernante, la hace falta muy, muy poco para que rápidamente caiga en la autodestrucción.

Segundo, que si a las estructuras de poder se las reemplaza por algo tan vago e insustentable como una religión (o cualquier otro fanatismo irreflexivo, como ocurre por ejemplo en Corea del Norte), rápidamente las relaciones humanas se degradan a un nosotros/los otros (o los enemigos), donde la vida y la dignidad humana no valen nada. Hoy son los musulmanes, pero antes fueron los cristianos, o los Khmer Rojo, o los Nazis. Las personas que no son capaces de pensar por sí mismas son las que fácilmente pueden manipularse para que roben, maten o torturen en nombre de su fe. Todos o casi todos los genocidios de la historia se han producido por escenarios similares.

Tres, Estados Unidos tiene que dejar de creerse con el derecho de “imponer” las leyes internacionales sobre los otros países. Nadie los eligió Sheriff. No hubo una votación mundial donde los seres humanos hayamos decidido que queremos que el país más rico y más poderoso militarmente sea el que decida quién cumple y quién no las reglas del concierto internacional, mucho menos hemos decidido que ellos puedan atacar a quien les venga en gana en nombre de la “civilización”. Si tal elección tuviera lugar, yo por lo menos, no votaría por ellos, pues no tienen autoridad moral para “civilizar” a nadie, no con su 48% de habitantes semianalfabetos, sus enormes brechas sociales, su fundamentalismo religioso, su racismo y su desigualdad. Para exigir el cumplimiento del derecho internacional, es necesario cumplirlo uno mismo. Es cierto que IS debe ser detenido, pero ésta no es la manera. Díganme ingenuo, pero yo creo que solamente las Naciones Unidas, esas tan venidas a menos Naciones Unidas, tienen la facultad legal de intervenir en estos casos. Si Estados Unidos quiere bombardear al IS, por lo menos que tenga la decencia de ponerles cascos y boinas de color azul a sus soldados.

Esteban

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