El sagrado derecho a la mofa

Posted on 05/02/2015

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 “They began by controlling books of cartoons and then detective books and, of course, films, one way or another, one group or another, political bias, religious prejudice, union pressures; there was always a minority afraid of something, and a great majority afraid of the dark, afraid of the future, afraid of the past, afraid of the present, afraid of themselves and shadows of themselves.” – Ray Bradbury, ‘Usher II‘, The Martian Chronicles, 1950

Una vez que el polvo levantado a inicios de este año en las calles de París ha comenzado a asentarse un poco, el debate sobre los límites a la libertad de expresión, el respeto a las creencias ajenas, y el derecho a ofenderse puede continuar con algo más de serenidad, pero, o al menos así lo espero, sin llegar a apagarse la pasión que lo promovió.

Vamos por partes: La masacre ocurrida en París no ha sido justificada por nadie, excepto sus perpetradores. Al menos persiste un aprecio suficiente a la vida como para que la mayoría de la gente condene haber tomado una medida tan extrema como la violencia para hacer conocer los puntos de vista. El problema no ha sido, pues, ese.

El problema en el debate, en realidad, ha sido lo que algún comediante llamó el “but army” (el ejército de los “peros”, sólo que en español no funciona el chiste porque es un juego de palabras con la palabra “butt” – poto). Esa ola de personas, lideradas sobre todo por el clero (a la cabeza, al menos en occidente, un tal Bergoglio) y los sectores más conservadores, incluyendo pero no limitándose a ciertos gobiernos a los que les gusta usar la careta de socialistas para ocultar su rabiosa intolerancia fascistoide y que ahora prefiero no nombrar para no desviarme del tema.

En efecto, el but army no desaprovechó la ocasión para denunciar el “libertinaje”, el supuesto abuso que hacen los medios de comunicación de su libertad para insultar, denigrar y difamar impunemente a quien le plazca sin mayores consecuencias, y que cuando sí las hay (las consecuencias), el gremio periodística llora y se rasga las vestiduras. Vamos por partes, decía, porque esta postura es la que me parece desafortunada tanto por desinformación como por aferrarse a principios equivocados.

Como anarquista, no puedo concebir una libertad que tenga límites. Para mí, eso es un contrasentido absoluto, como decir que una mujer está embarazada pero no mucho. Como decía Bakunin, mi libertad no se limita con la libertad de los demás, la libertad se basa en la libertad de los demás: en la medida en que los demás no sean libres, tampoco lo soy yo. La libertad es un absoluto, es como el silencio, el momento que hay un solo sonido deja de ser silencio.

Debido a su naturaleza absoluta, la libertad es un ideal, es decir, no existe en la realidad hasta tanto no se cumpla ese absoluto. Ese ideal, ese sueño de libertad real y efectiva para todos y todas, es el que nos empuja a ponernos principios republicanos tales como la libre expresión de las ideas. No son pues los excesos de libertad, sino la falta de ella, la amenaza que se cierne sobre ese principio. Por ejemplo, cuando los medios son manipulados por los poderes, políticos o económicos, o ambos, la libertad sufre, se restringe y, por tanto, desaparece. Juntar en una misma bolsa las bromas groseras de un folleto humorístico independiente y minúsculo con las manipulaciones de grandes cadenas informativas es un despropósito absoluto que, paradójicamente, solamente beneficia a estas corporaciones. Primer punto.

Segundo punto, la libertad de expresión no solamente es un principio, es también un derecho que asiste a todo ser humano. A diferencia de la libertad, que es un absoluto, el derecho no es un absoluto, sino un cúmulo de avances sociales logrados a través de las tensiones, conflictos y conquistas del pueblo frente al poder, que acaba por reconocer dichos derechos para no desaparecer. Como derecho, limitado entonces, entra en un sistema de tensiones sociales que el mismo sistema debe resolver. Estos son, o al menos así lo espero, los límites a los que hacen referencia los soldados del ejército de los “peros”. En efecto, el uso de este derecho se limita por la responsabilidad, que es un concepto que en Bolivia todavía no terminamos de entender del todo.

Pero entonces, ¿insultar a la gente no es un acto de irresponsabilidad? Aquí es donde lo relativo entra en escena. La respuesta es un rotundo “depende”. En el caso de Charlie Hebdo, y todas las demás formas de expresión humorística de ese estilo, se persigue un fin superior: el cuestionamiento, y en particular el cuestionamiento del poder. La sátira política, y por extensión la religiosa, pues la religión no es más que una forma dogmática de política, tiene la sagrada misión de recordarnos que los poderosos no son más que humanos, con las mismas miserias, con los mismos errores, con las mismas pasiones y con la misma ignorancia que todos los demás humanos. Aquí la burla no solamente es responsable, es además necesaria. La resolución de las tensiones sociales y los consecuentes avances de la humanidad dependen íntimamente de la capacidad de comprender la falibilidad de los poderosos. Lo contrario, justamente, es el dogma, que no es otra cosa que la creencia en una verdad absoluta e incontrovertible, tan incontrovertible que cualquier cuestionamiento a ese poder es sancionable incluso con la muerte. Poner esta idea de “respeto” al dogma, propio o ajeno, da igual, por encima del concepto de la sátira es, en otras palabras, justificar la violencia con la que se ha asesinado a 12 personas el 7 de enero de este año. El ejército del “pero” no hace otra cosa.

“I’m being ironic. Don’t interrupt a man in the midst of being ironic, it’s not polite.” – Ray Bradbury, ‘Usher II‘, The Martian Chronicles, 1950

Esteban

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