Los animales, nuevo sujeto de derechos

Posted on 17/04/2015

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The InfoVisual.info site uses images to explain objects.Hace unos pocos días, una señora en Cochabamba, vaya uno a saber por qué razones, mató a un perrito a pedradas, suceso que fue filmado por el vecino y difundido por las redes sociales y que ha desatado furibundas reacciones, llamando incluso al linchamiento de la señora en cuestión y a la quema de su casa.

Este giro hacia la violencia en la demanda social de mayor protección para los animales desnuda profundas taras en nuestra sociedad, que pasan por problemas muy serios como el racismo, la inversión de valores (paralelamente se desarrollaba en Sucre una manifestación en defensa de la democracia, muy afectada por desafortunadas decisiones del tribunal electoral de Chuquisaca, a la que se dio muy poca cobertura en los medios y en las redes sociales), la doble moral y la hipocresía.

Y es que es necesario hacer una reflexión profunda sobre el tema. Los bolivianos necesitamos reordenar nuestras prioridades, y dejar de actuar en masa. Vamos por partes.

Muy recientemente, esto es, hace unos pocos años, ha cobrado fuerza en el imaginario colectivo que tanto el planeta (o la Pachamama, según otras interpretaciones) como los seres vivos no humanos que lo habitan son sujetos de derecho. Esto tiene complicaciones jurídicas y filosóficas muy importantes, pues un sujeto de derechos es a la vez portador de obligaciones. ¿Qué deberes tiene el planeta? ¿Qué función social cumplen los animales? Son preguntas que todavía no tienen una respuesta definitiva. Aunque el principio parece a todas luces correcto (los humanos hemos causado enormes daños y es hora de tratar de enmendarlos), los alcances, implicaciones y, sobre todo, las obligaciones que esto implica para nosotros, no están para nada claros. El ser sujeto de derechos es un producto del humanismo, y por tanto otorgarle derechos a los animales es equipararlos a los seres humanos. Algunas personas, los animalistas, consideran que los daños provocados por los humanos a las otras especies deben ser sancionados con la misma radicalidad con la que se sancionan los daños hechos a otros seres humanos. O, como en el caso de Cochabamba, incluso con más radicalidad.

Pero hete aquí que bajo estas premisas, se esconden problemas muy serios. Primero, hay una profunda hipocresía en las pretensiones de muchos de estos movimientos de defensa a los animales. Penn & Teller denunciaron muy acertadamente a la organización PETA en Estados Unidos en un documental que muestra claramente cómo las mismas personas que ejercen incluso violencia física contra las personas e instituciones que usan animales para investigación médica, es decir, para salvar vidas, usan descaradamente esos medicamentos (la insulina, por ejemplo) para mantenerse vivos. Segundo, que muchas de las personas ligadas a estas organizaciones tienen una profunda doble moral, en la que se rasgan las vestiduras en defensa de los animales “bonitos”, más domésticos, casi siempre mamíferos, y que son más cercanos al humano, ya sea por afinidad (perros, gatos), ya sea por parecido (monos, simios), pero no sienten ninguna compasión por animales menos atractivos y tiernos. Nunca he visto una marcha en defensa de las víboras, por ejemplo, o de las arañas. ¿Hasta dónde consideramos a los animales como seres sensibles? ¿Dónde está el límite? ¿Un animal debe tener sangre caliente para ser sujeto de derechos? Así, por lo menos, pareciera. Tercero, muchos – aunque no todos – de estos defensores justicieros padecen de una profunda ignorancia, mexcaln conceptos y expresamente ignoran lo que la ciencia y la historia dicen sobre nuestra relación con el mundo animal, entre otras cosas que todos los animales de granja han sido creados por el hombre mediante lo que no puede definirse con otro término que el de ingeniería genética, con la intención de que nos sirvan de alimento, sólo por dar un ejemplo. Tal es la ignorancia de algunas de estas personas, que fui personalmente testigo de cómo una famosa líder animalista local negaba apasionadamente la existencia de fauna silvestre en la ciudad de La Paz. Por último, y creo que esto es lo más grave, las acciones de estas organizaciones muchas veces llegan a la violencia, a los absolutos inflexibles, a la intolerancia y, como hemos visto en Cochabamba, a la discriminación. Tanto, que estoy seguro que esta entrada de blog desatará enojos, insultos, “desamigadas” en el Facebook y otros resentimientos. Allá ellos.

Pero más allá de los animalistas y demás organizaciones defensoras de los animales, las percepciones sociales, en especial en las clases medias, se convierten también en un problema grave de inversión de valores. Hay problemas muy serios en nuestra sociedad, ligados a la violencia entre seres humanos, la opresión, el totalitarismo y la degradación severa de la calidad de nuestra democracia. Pero nosotros marchamos y protestamos por el perrito. Alguna amiga animalista me dijo una vez que quien no es capaz de luchar por los animales no es capaz de luchar por los humanos. Tal vez, pero yo sigo esperando el día en que los animalistas hagan la transición. A mí me parece más bien que quien no es capaz de luchar por los humanos tiene una excusa perfecta en la lucha (selectiva) por los animalitos (tiernos y regalones). Para probar mi punto, hice un pequeño experimento en mi perfil de Facebook. Puse la misma foto de la hermosa araña que adorna estas líneas, pidiendo, medio en broma medio en serio, marchar en defensa de sus derechos. La reacción fue de lo más interesante: de trece comentarios recibidos, ocho reflejaban asco, miedo o desprecio por el animal, a pesar de que es uno de los más beneficiosos e importantes aliados de la humanidad, que ayuda a contener plagas peligrosas. Al igual que los animalistas militantes, las clases medias identifican a los animales como sujetos de derechos solamente en la medida en que les provoquen sensaciones de ternura, es decir en la medida que nuestro instinto nos obligue a equiparar al animalito por pareidolia a un bebé humano. En el momento en el que el animalito tiene más de cuatro extremidades o más de dos ojos, esa ternura se acaba.

Quiero aclarar que entiendo plenamente la indignación que genera el maltrato a los animales. En parte, la comparto, en la medida en que ésta se ejerza por placer, vicio o una ilusión de poder, por oposición a los no pocos casos en que prima la necesidad y el instituto de supervivencia. Como toda persona normal, siento compasión por los animales. Pero creo que tenemos que ordenar nuestras prioridades. Creo que las reacciones desmesuradas, los llamados a la violencia física, las expresiones racistas y el tomarse tan personalmente este tema son todas síntoma de lo que este “movimiento” realmente es: una causa pequeñoburguesa y distraccionista, creada para evitar, a propósito o por accidente, confrontar los verdaderos problemas de la humanidad. Incluyendo, paradójicamente, la urgente necesidad de replantearnos nuestra relación con el planeta y los demás seres vivos con los que lo compartimos.

Esteban

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